CAPITULO 1. Hacia una teoría de la ciudadanía
En la década de los noventa se puso de moda un término tan antiguo como el de "ciudadanía" (Morals, para los anglosajones), un área del saber que tiene por objeto reflexionar tanto sobre la moral como sobre el derecho y la política. Ciudadanías política, trasnacional y cosmopolita. La autora ve la actualidad del término en la necesidad de generar entre los miembros de la sociedad un tipo de identidad en la que se reconozcan y que les haga sentirse pertenecientes a ella. Sin adhesión por parte de los ciudadanos al conjunto de la comunidad -sea esta nacional, trasnacional o cosmopolita- es imposible responder conjuntamente a los retos que se plantean. Daniel Bell señaló cómo en sociedades cuya clave moral es el individualismo hedonista, los individuos no están dispuestos a sacrificar sus intereses egoístas en aras del bien común. Hace falta una revolución cultural que asegure la civilidad, la disponibilidad de los ciudadanos a comprometerse en la cosa pública. Bell habló de promover la "religión civil", de fortalecer el hogar público, entendido como el sector de la administración de los ingresos y de los gastos del Estado, que satisface las necesidades y aspiraciones públicas. Para que la civilidad nazca y se desarrolle es necesario una sintonía entre la sociedad y cada uno de sus miembros. Reconocimiento de la sociedad hacia sus miembros y consecuente adhesión de éstos a los proyectos comunes, componen ese concepto de ciudadanía que constituye la razón de ser de la civilidad. John Rawls en su Liberalismo político, dice que hay que elaborar una teoría de la justicia distributiva que pueda ser compartida por todos los miembros de una sociedad con democracia liberal, e intentar encarnarla en las instituciones básicas de la sociedad. Una de las dificultades para ello es que en las sociedades pluralistas pueden existir grupos con diferentes cosmovisiones -lo que él llama distintas "doctrinas comprehensivas del bien", distintas concepciones de lo que es una vida digna de ser vivida, diferentes proyectos de vida feliz. Por ello es necesario buscar aquellos valores que todos comparten, los mínimos de justicia (frente a los que estarían los máximos de felicidad) a los que una sociedad no está dispuesta a renunciar. Cortina lo llama "ética de mínimos", como opuesta a una "ética de máximos", para los proyectos de vida feliz. Rousseau distinguía entre el hombre, cuya meta es la felicidad y el ciudadano, cuya meta es la justicia. Walzer y Mcintyre creen que pertenecer a una comunidad justa es esencial para sentirse ciudadano, implicado en ella. Pero estos autores, ambos comunitaristas, critican el liberalismo y su teoría de mínimos y dicen que hay que recuperar las ideas de bien y de virtud. Como dice Taylor, no basta la justicia procedimental para vivir, hacen falta el sentido y la felicidad que se encuentran en las comunidades. Además de diseñar modelos racionales de justicia, hay que reforzar en los individuos su sentido de pertenencia a una comunidad, principios que han de ir a la par. Ambos componen el concepto de ciudadanía, que une la racionalidad de la justicia con el calor del sentimiento de pertenencia. Pero para ello hay que encarar una serie de problemas que tienen que ver con distintas facetas de la ciudadanía:
1.- La Ciudadanía es un concepto antiguo de raíz griega (política) y romana (jurídica).
2.- Hoy día se habla de ciudadanía social, en el sentido del Estado del Bienestar.
3.- La noción de ciudadanía, restringida al ámbito político, parece ignorar la dimensión pública de la economía.
4.- La sociedad civil es la mejor escuela de civilidad. Es en los grupos de la sociedad civil, generados libre y espontáneamente, donde las personas aprenden a participar, ya que el ámbito político les está vedado ("argumento de la sociedad civil").
5.- La ciudadanía propia de un Estado nacional quiebra con la coexistencia de distintos grupos o culturas, dando lugar a una ciudadanía multicultural o intercultural (Cortina) o diferenciada (Joung).
6.- La nacional y la trasnacional.
7.- La ciudadanía es el resultado de un quehacer, de un proceso que empieza con la educación formal (escuela) e informal (familia, amigos, medios de comunicación, ambiente social), porque a ser ciudadano se aprende.