CAPITULO 6. Ciudadanía intercultural. Miseria del etnocentrismo
Un concepto pleno de ciudadanía integra un estatus legal (un conjunto de derechos), un status moral (un conjunto de responsabilidades) y una identidad (sentimiento de pertenencia a una sociedad). Es difícil encarnar esa ciudadanía plena en grupos humanos con grandes desigualdades materiales, por eso el concepto de "ciudadanía social" pretendía al menos proporcionar a todos los ciudadanos un mínimo de bienes materiales y el de "ciudadanía económica", hacerles activamente participantes de los bienes sociales. Pero, además, se plantean otros problemas en las sociedades donde hay diferentes culturas. El ideal sería una ciudadanía multicultural, capaz de integrar las diferentes culturas de una comunidad política de tal modo que todos sus miembros se sientan "ciudadanos de primera". Los procedimientos para organizar las diferencias culturales han sido muchos, desde un multiculturalismo radical, con un sistema de apartheid, en el que cada grupo está separado del resto y mantiene su propia cultura a un melting pot en el que no se da una auténtica mezcla, sino una asimilación de las culturas relegadas a la dominante. "Dilucidar cuales deben ser las relaciones entre las diferentes culturas, tanto a nivel nacional como mundial, es una cuestión de justicia", dice Cortina. Y no son sólo problemas de justicia, sino de riqueza humana. Hay que adentrarse en un diálogo intercultural que descubra aportaciones valiosas de cada cultura. Hay que tomar conciencia de que ninguna cultura tienen soluciones para todos los problemas y que, cada una, puede aprender de las demás. Una ética intercultural debe invitar a un diálogo entre culturas a través del cual puedan llegar a ver lo que es irrenunciable para construir entre todas una convivencia justa y feliz. Para ello hay que afrontar problemas antropológicos, psicológicos, éticos, jurídicos y políticos. El interculturalismo -con su diálogo entre culturas- es un proyecto ético y político. Para que realmente lo sea tiene que contar con cuatro elementos: 2) No se trata de asimilar el resto a la cultura dominante. 2) Tampoco es la meta recrearse en la diferencia por la diferencia. Hay diferencias que son respetables y otras que no lo son (Amy Gutman). 3) El respeto que una cultura diferente merece tiene sus raíces en el respeto a la identidad de las personas (aunque la identidad se puede elegir, al menos en parte). 4) comprender otras culturas es indispensable para comprender la propia. Las diferencias culturales son diferencias en el modo de concebir el sentido de la vida y de la muerte, que justifican la existencia de diferentes normas y valores morales. Pero no toda diferencia es cultural ni plantea conflictos. Kymlicka distingue los siguientes grupos: 1) grupos tradicionalmente desfavorecidos (mujeres, homosexuales, discapacitados), 2) minorias nacionales que reclaman el autogobierno o mayores transferencias de poder, 3) grupos étnicos o religiosos que piden apoyo y respeto para su forma de vida. Desde una perspectiva jurídico política no todos reclaman lo mismo. Unos querrán tener los mismos derechos que la mayoría, otros querrán distintas transferencias de poder (autonomías, federalismo, confederación) y otros un respeto y reconocimiento. Defender una lengua o una cultura no es lo mismo que defender una nación. Para A. Cortina los auténticos problemas multiculturales se producen en sociedades poliétnicas, cuyos problemas no son solo políticos o jurídicos, sino morales y metafísicos. Se plantea si es necesario la protección de derechos colectivos, frente al liberalismo y el socialismo clásico que defienden universalmente derechos individuales. Kymlicka afirma que lo que nunca puede permitirse es que un colectivo, por minoritario que sea restrinja las libertades individuales de sus miembros, que les fuerce a mantener una forma de vida que no desean. Las identidades colectivas dependen de que los individuos que las componen posean un fuerte sentido de pertenencia, pero se puede poseer esa cualidad sin darle el mismo peso que otros. En ese sentido es en el que se habla de identidad elegida. Cada persona puede optar autónomamente por los valores que más le importan. La forma ética propia del Estado debería ser, a juicio de A.C., la de un "liberalismo radical" dispuesto a defender, como irrenunciable para una convivencia pluralista, la autonomía de los ciudadanos. ¿Cómo se determina lo que es aceptable y lo que es rechazable? Dentro de la tradición kantiana podríamos afirmar que no podemos considerar justa una norma si no podemos presumir que todos los afectados por ella estarían dispuestos a darla por buena tras un diálogo celebrado en condiciones de simetría. No serian justas las normas que favorecen intereses grupales en detrimento de las restantes personas. Mínimos de justicia serian aquellos que necesitamos potenciar para que los interlocutores puedan dialogar en régimen de igualdad, y cualquier rasgo cultural que ponga en peligro la defensa de esos mínimos pertenece al ámbito de lo rechazable y renunciable.