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CAPITULO 0. Introducción. Cuestiones olvidadas.

Un régimen liberal – en EEUU “liberal” significa democrático, de derechos y libertades – necesita de las virtudes generales que requiere toda comunidad política (valor, obediencia a la ley, lealtad), pero además requiere otras virtudes específicas: debido a que enfatiza la libertad individual, requiere ciudadanos que sean independientes, que sean moderados en sus demandas, y que sean capaces de comprender y de respetar los derechos de otros. La gran diversidad social de EEUU requiere tolerancia, su sistema económico se basa en la ética del trabajo y en la capacidad de postponer las recompensas. ¿Cómo se generan las virtudes liberales? (Galston, c. 2) tres hipótesis: la política liberal es suficiente para habituar a los ciudadanos a las virtudes liberales, las virtudes liberales deben ser activamente promovidas por las instituciones de la sociedad liberal, y la cultura liberal puede de hecho tender a destruir las mismas virtudes que requiere. Los intentos crecientes de regular legalmente áreas que han estado reguladas por los sistemas de normas sociales no es sólo ineficaz para recuperar el civismo, sino que es en sí mismo un síntoma de desorden en el cuerpo social. La familia, que es el principal “semillero de virtudes”, necesita, para ser fuerte, un entorno propio que le proporcione apoyo (Popenoe, c. 4). Las comunidades que tienen a las familias como sus elementos básicos pueden ser la oportunidad de mejorar las condiciones de crianza de los niños actualmente, en pequeñas comunidades del tipo de los pueblos (village like), formando una estructura tradicional y “tribal” de familia y comunidad. Por otra parte, la forma de gobierno basada en la ciudad (township form of government) ha quedado reducida a una relativa ineficacia. Los “semilleros” de virtudes como el carácter, la competencia y la ciudadanía – que son las familias, los colegios, las comunidades, las organizaciones religiosas, el lugar de trabajo y un conjunto de asociaciones de pequeña escala – parecen estar en una condición precaria.

El análisis económico y político estándar, al concentrarse en el individuo, en el mercado y en el Estado, tiende a bloquear los semilleros de virtud cívica. Los autores de este libro asumen que lo que es valioso en las sociedades humanas no es probable que sea duradero a no ser que sea favorecido y cuidado. A medida que la conciencia de la necesidad de una base cultural para el liberalismo se pierde, los pensadores sociales en los regímenes liberales empiezan a reevaluar la relación del Estado con la sociedad civil. El “experimento” democrático puede depender de preservar dentro de la política liberal ciertas instituciones, como la familia, que no son necesariamente democráticas, igualitarias, o liberales, y cuya lealtad fundamental no es para con el Estado. El buen juicio con respecto al problema de las virtudes y los vicios debe buscarse en último término en la semilla más que en el semillero: la persona humana; esencialmente individual pero también necesariamente social; de pasiones sin norma pero que sin embargo posee habilidades para trascender y transformar las pasiones; que conoce y que elige, que se constituye a sí mismo a través de su conocimiento y de sus elecciones. A este respecto, la autora considera llamativo que en un país en el que la ley y la ética se han convertido en áreas de estudio muy sofisticadas, se haya prestado poca atención sistemática a la ética de la vida cotidiana. Las familias, ahora más que en otros momentos, necesitan ayuda para transmitir los hábitos y las habilidades necesarios para convivir en la sociedad, y este conocimiento no puede improvisarse o inventarse de nuevo en cada familia, de lo que resulta la importancia de la lectura y de los cuentos (Benestad, c. 10), como forma de conservar, manejar y revivir los aprendizajes de generaciones anteriores. Con el declive de la lectura, se pierde una herencia moral rica y variada. Los principales fallos de virtud en la vida de muchos adultos no son malas acciones espectaculares, sino malos hábitos cotidianos, que a menudo afectan a las personas más cercanas. Las virtudes, se defiende en este libro, no son ni inherentes ni contrarias a la naturaleza humana, surgen, en su caso, de la capacidad de las personas de reflexionar sobre su existencia y de elaborar juicios sobre qué es una buena vida y sobre cómo vivirla.

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