CAPITULO 5. Conclusión: no hay que bromear con la reforma educativa
El sistema educativo no solo distribuye los bienes sociales. También configura el tipo de sociedad por venir. Que la sociedad futura sea justa depende, en parte, del uso que se haga del sistema educativo. Educar es un "trabajo moral" (Connell, School and Social Justice , 1993). Este carácter moral de la educación afecta directamente a la calidad moral de las instituciones que educan. Si los sistemas escolares tratan consistentemente de forma injusta a muchos de sus alumnos, éstos no serán los únicos que sufran.
También se degrada la calidad de educación de todos los demás. Una educación que privilegia a un niño sobre otro está dando al privilegiado una educación corrupta, aunque le beneficie desde un punto de vista económico. En el proceso de crear al individuo psicológico, individual, la educación casi ha perdido todo sentido serio de las estructuras sociales y de las relaciones de raza, género, clase social y religión que tienen gran fuerza para configurar a los individuos. Es necesario comprender como se distribuyen de forma desigual las oportunidades, el papel que desempeña la educación en esa estratificación, y reivindicar una reforma educativa cuyo objetivo sea la creación de un orden social más justo. De otra manera se reproducirá el ciclo sin esperanzas. Detrás de cada historia que contamos sobre la educación hay una teoría sobre lo que es la realidad social y sobre lo que los educadores y otras personas tienen que hacer para poderla modificar. Para los neoconservadores la educación es una actividad práctica encaminada a preparar al sujeto para el mundo del trabajo. Pero -como ha insistido Dewey- lo "práctico" nunca podría divorciarse del conocimiento histórico, ético o político, sin perder nada en el proceso. La escolarización nunca debería considerarse como mero entrenamiento para satisfacer las necesidades de la industria. Debe capacitar a las personas para que tengan un mayor control de sus trabajos y de su vida laboral, para que aprendan más cosas acerca de los derechos individuales y colectivos. Pero las escuelas no son lugares aislados, aunque esto no quiere decir que si no se transforman las estructuras económicas y sociales nada puede hacerse. Luchar en las escuelas es luchar en la sociedad. Es posible crear una educación que ilumine y se oponga en la práctica a las desigualdades sociales. Se pueden llevar a cabo cambios, a pesar del triunfalismo conservador. Pero hay que reconstruir el discurso sobre la pobreza y el bienestar para recuperar el sentido de la ética y de la comunidad. Esa reconstrucción, según Katz y Connell tiene que basarse en cinco premisas generales: 1) reavivar nuestro sentido de ofensa moral ante la persistencia de la falta de vivienda, el hambre, la carencia o insuficiencia de la asistencia sanitaria y demás formas de privación. 2) Defender y ampliar los principios de la dignidad humana, la comunidad y la realización de la democracia en los hechos concretos de la vida cotidiana. 3) Redescubrir formas de insistir en que las personas pobres no son "ellos", sino "nosotros". 4) Restringir los modelos de mercado a sus limitadas esferas, de manera que la justicia social constituya la lente dominante a través de la cual examinar las políticas sociales y educativas. y 5) Conectar estratégicamente estas premisas progresistas con otros valores aceptados por la mayoría, como la libertad, poniendo de manifiesto que la pobreza destruye familias, comunidades, la economía y muchas cosas más. Porque al fin y al cabo estamos hablando del futuro de nuestros niños.