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Banco Bibliográfico > HANDBOOK OF FAMILY COMMUNICATION > Capitulo 14 : Los orígenes evolutivos de la comunicación: los sistemas de interacción en la primera infancia.

La comunicación relacional de los miembros de la familia.

CAPITULO 14. Los orígenes evolutivos de la comunicación: los sistemas de interacción en la primera infancia.

Las primeras interacciones entre los padres y el recién nacido proporcionan la base esencial del desarrollo emocional, cognitivo y social. A las interacciones comunicativas tempranas (prelingüísticas) subyacen procesos lingüístico-cognitivos, de auto-regulación, de competencia, de formación de relaciones y de socialización en las reglas de la cultura de origen.

Se utilizan tres métodos primarios de cuantificación de las observaciones de la comunicación en la primera infancia: (1) mediciones de la sensibilidad del cuidador que proporcionan un índice general de responsividad a las claves del niño y de estimulación didáctica, (2) conjuntos de comportamientos asociados con intercambios positivos, neutrales o negativos o con comunicación diádica simétrica, asimétrica o unilateral, (3) aproximaciones micro-analíticas, que proporcionan la información más específica porque permiten analizar procesos de interacción momento a momento en varias modalidades (visual, táctil, auditiva, movimiento).

Bases teóricas de la comunicación niño pequeño-cuidador: Tradicionalmente se ha centrado la atención en el papel del adulto, especialmente de la madre (teoría del aprendizaje social, principios de condicionamiento operante, teorías psicodinámicas, perspectiva etológica y del vínculo). Sin embargo actualmente se considera importante el papel del niño en la regulación mútua de las interacciones de comunicación.

Teoría de los sistemas dinámicos (Fogel, 1993; Thelen y Fogel, 1989): Identifica y cuantifica patrones de sistemas complejos. El sistema de comunicación entre el niño y el cuidador surge principalmente de las limitaciones de los participantes. Las investigaciones se centran en los cambios que se producen en el comportamiento del adulto y en las múltiples adaptaciones de los niños en respuesta a las claves de los adultos. Se atiende a los efectos bidireccionales entre el comportamiento del niño y del adulto. Los patrones de comunicación a los que tienden estos sistemas niño-cuidador varían poco dentro de un mismo momento evolutivo y se denominan “estados de atracción” (attractor states), éstos pueden caracterizarse en función del grado de participación de cada uno, por la calidad de la emoción expresada o por las formas en las que los participantes se responden entre sí. Cuando uno o más de los parámetros que limitan la interacción sobrepasa un cierto nivel, el sistema se hace inestable y en este periodo las nuevas adaptaciones por parte de cada participante dan lugar a nuevos “estados de atracción”. Esta reorganización puede producir cambios lineales y cuantitativos (p.e. más vocalizaciones) o cambios no lineales y cualitativos (p.e. otro tipo de vocalizaciones). Estos últimos se pueden considerar un “cambio de estado”.

Expertos y principiantes (novices). ¿Qué aportan los padres a la interacción?. Aunque los padres son comunicadores más expertos que los niños recién nacidos, cuando se estudian los procesos de atención, percepción, comprensión y respuesta de ambos, los niveles de influencia se equiparan, ya que los mensajes del adulto al niño pueden ser tan difíciles de comprender como los del niño al adulto. Para determinar los parámetros que definen los límites de las primeras fases de la comunicación es necesario examinar las capacidades básicas que los niños y los adultos aportan a la interacción.



Niños (infants, durante el primer año de vida): Los niños recién nacidos tienen capacidades sensoriales que aunque son rudimentarias les preparan para integrarse de forma inmediata en el sistema de comunicación. Las capacidades perceptivas del niño parecen estar adaptadas a las situaciones típicas de cuidado: ven mejor a la distancia a la que suele estar la cabeza de la persona que les coge en brazos, prefieren atender a patrones visuales y movimientos en los que hay contrastes (lo que sucede cuando se mira una cara, especialmente cuando hace gestos expresivos muy marcados) y reconocen este tipo de estímulos cuando se los han presentado sólo unas pocas veces, por lo que rápidamente prefieren la cara de su madre. La sensibilidad a los olores es casi la misma que tiene un adulto, aunque su limitación para integrar los estímulos disminuye las asociaciones que pueden hacer. Los niños alimentados del pecho reconocen y prefieren el olor de la madre. Tienen una tendencia a atender a los sonidos del habla, capacidad de discriminar sonidos desde recién nacidos (especialmente sonidos de baja frecuencia), distinguen entre sonidos de habla y otros sonidos, entre voces de hombre y de mujer y entre voces de los padres y de extraños, prefieren el sonido de la voz humana a otros sonidos y prefieren la voz de su madre a la voz de una mujer desconocida. Tienen una capacidad de reconocer pequeñas diferencias entre sonidos del habla que mejora en los primeros meses y son sensibles a los tonos que aumentan y disminuyen, los cuales proporcionan información relacionada con el afecto y la seguridad.

Los comportamientos de los niños que pueden actuar como señales en la interacción son: vocalizaciones (en situación normal y en situación de malestar), mirada, movimientos y sonrisa. En este capítulo se estudian los dos primeros comportamientos.

Vocalizaciones en situación normal (nondistress vocalizations): Las vocalizaciones son la señal y la respuesta más frecuente del niño y del adulto. Al principio los niños tienen poco control pero entre las 6 y las 8 semanas empiezan a controlar su aparato fonatorio y su respiración, produciendo sonidos silábicos que se aproximan a los sonidos de las vocales. A los 2-3 meses de edad empiezan a producir sonidos que llaman la atención del adulto, hacia la mitad del primer año empiezan a balbucear y aumentan su repertorio de sonidos. Estas vocalizaciones son el fundamento de las verbalizaciones del niño del segundo y tercer año. Cuando el sistema fonatorio madura (durante el segundo año) se producen vocalizaciones intencionales que representan estados afectivos relativamente concretos. Los juegos de vocalizaciones en presencia de adultos dan paso a vocalizaciones más consistentes con el habla adulta. Hsy y Fogel (2001) identificaron tres “estados de atracción” frecuentes en las primeras etapas de la comunicación adulto-niño: simétrico (participación mútua de los dos), asimétrico (el adulto participa y el niño está interesado pero inactivo) y unilateral (el adulto participa y el niño no participa y no está interesado).

Vocalizaciones en situación de malestar (distress vocalizations): En los primeros 4 a 5 meses se produce el llanto más frecuente e intenso. Los patrones de llanto individuales son bastante estables durante el primer año. El llanto es una señal muy potente y activadora para los cuidadores. Las madres interpretan mejor que los padres el llanto de los niños (distinguen el llanto que indica hambre del llanto que indica dolor). Las respuestas de los padres son similares en todas las culturas: los padres calman al niño cogiéndole, le balancean, cantan o le hablan con frases que melódicamente bajan de tono al final. Cuando el niño está fuera de su alcance los padres utilizan verbalizaciones agudas y rápidas, lo que aparemente está dirigido a equipararse con el llanto.

Mirada y atención compartida: El contacto visual es una forma potente de comunicación entre los niños y sus cuidadores en la etapa prelingüística. En todas las culturas, los niños producen vocalizaciones positivas con más frecuencia cuando mantienen la mirada con el adulto. La responsividad vocal de ambos aumenta cuando se miran, especialmente la del adulto. A los tres meses aproximadamente los niños pueden señalar con el dedo índice, aunque no intencionalmente a un objeto particular. A los 10-11 meses utilizan gestos para indicar deseos, intereses y la necesidad de asistencia. A los 12 meses pueden redirigir la atención a un objeto por el gesto de señalar de un adulto. La comunicación no verbal de intereses y necesidades permite que los adultos y el niño miren al mismo objeto. A los tres meses de edad, cuando el niño está señalando emite sonidos de sílabas similares a las del habla en mayor proporción que sonidos vocálicos indiferenciados. Los niños que empiezan a señalar relativamente pronto posteriormente utilizan más gestos y tienen mejor comprensión del habla. Junto con la responsividad de los padres, la atención compartida mantenida parece ser un importante mediador de las relaciones entre la interacción diádica y el desarrollo del lenguaje. (Tomasello y Farrar, 1986).

Adultos: Los adultos entran en la paternidad intuitivamente preparados para comunicarse directamente con los niños. Los procesos evolutivos parecen haber promovido que los adultos estén innatamente atraídos hacia los bebés. Los sistemas biológicos y las hormonas pueden ser factores importantes en la capacidad de los adultos de hablar a los bebés, especialmente para favorecer comportamientos que regulan el contacto entre el niño y el adulto. Parece que únicamente los sistemas biológicos de respuesta al estrés de las madres se activan ante señales leves de malestar de los niños. A los pocos días del nacimiento las madres pueden identificar a su hijo por el olor. La sensibilidad de los adultos a las señales de sus hijos no es solamente fisiológica sino también emocional; a través de diferentes culturas los padres y las madres reconocen inmediatamente las señales de sus hijos.

Por otra parte, aunque pocos padres consideran que les enseñan a sus hijos cuando les hablan, esto es así en la mayoría de los comportamientos de los padres, que pueden ir desde los más explícitos: “dí, mamá”, hasta los indirectos, por ejemplo, adaptar el habla con los niños, reduciéndola a sus componentes elementales. Los padres hacen muchos ajustes en la interacción con el niño para mantener la función didáctica. Estos ajustes parecen ser intuitivos.

La base de la comunicación temprana: el habla dirigida al niño. La primera tarea del adulto para desarrollar el sistema de comunicación con el niño es atraer su atención. Los padres modifican su forma de hablar para que llame la atención del niño, estos patrones de habla (denominados por Bruner “motheresse”) forman el “habla dirigida al niño”. Esta forma de habla tiene características similares en todas las culturas e idiomas: el tono de voz es más alto, más intenso, repleto de palabras cortas y empáticas, de exclamaciones, de ruidos y de suspiros. Las marcas melódicas ayudan a mantener la atención del niño, señalan las separaciones entre palabras y frases. Este habla suele ir acompañada de gestos o de acciones. En cualquier idioma, los niños atienden mejor al habla de este tipo que al habla normal. Estas preferencias parecen ser innatas, ya que los hijos de personas sordas prefieren las canciones dirigidas a niños que las canciones normales. La investigación reciente (Trainor, Austin y Desjardins, 2000) sugiere que las propiedades especiales del habla dirigida a los niños están relacionadas con altos niveles de expresividad emocional.

¿Cómo se desarrolla la comunicación padres-hijo? La preparación del niño para captar las señales de los padres y la capacidad intuitiva de los padres de emitir las señales adecuadas necesita además de un contexto óptimo: los niños en los primeros meses están mejor dispuestos a interactuar cuando están alerta y en situación de responder a la comunicación, cuando hay pocas distracciones y cuando el adulto responde y produce mensajes repetitivos, distintivos y compuestos de características que aprovechan las capacidades perceptivas y los intereses de los niños. Los “microcontextos” que son importantes en la relación de comunicación incluyen la forma de coger al niño, la postura y la presencia de un objeto.

Respuestas contingentes y “conversaciones” tempranas. Las respuestas contingentes son inmediatas y cualitativamente apropiadas a las claves que da el niño. Al principio las madres son más sensibles a las claves del niño que el niño a las de la madre. Sin embargo, los niños responden contingentemente a las madres a los 4 meses. Por otra parte, los cuidadores suelen sobreestimar las capacidades de comunicación del niño. La madre interpreta los significados de las acciones del niño y así tiende a tratar al niño como un comunicador activo, lo que anticipa capacidades que se desarrollarán posteriormente. Cuando los adultos consideran las interacciones con el niño como un contexto de comunicación con significado introducen los ritmos de la conversación en la interacción, mediante el habla, los gestos o las canciones. Las pausas constituyen la forma más común de introducir los turnos en la comunicación diádica, lo que da lugar a “cadenas de comunicación” que se van alargando. Estos son componentes pragmáticos de comunicación que proporcionan un prototipo de reglas conversacionales para el niño.

Regulación mútua. Las investigaciones sugieren que los procesos de comunicación los inicia el niño más que el adulto. Las madres tienden a mirar al niño constantemente, hasta que el niño establece un contacto visual, lo que parece activar las vocalizaciones, la sonrisa y las caricias de la madre (Stern, 1974). Si el niño responde la cadena de comunicación continúa y se hace más intensa hasta que el niño rompe el ciclo. Estas primeras interacciones están dominadas por el niño, porque es el que activa las respuestas de la madre. La respuesta de los padres es necesaria para la comunicación, así como la adaptación a las capacidades del niño. Cuando no produce esta respuesta el niño continúa buscando establecer contacto. La interacción se regula de forma mútua entre los padres y el niño, mediante el “habla dirigida al niño”, los turnos y el refuerzo de los actos de comunicación.

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