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Banco Bibliográfico > EL NIÑO Y LA FAMILIA > Capitulo 4 : LA EDAD DE LOS PADRES

CAPITULO 4. LA EDAD DE LOS PADRES

La edad de los padres es un tema muy amplio, ya que en realidad, hay padres de todas las edades. Lo realmente cierto es que los niños necesitan protección, seguridad y, por otra parte, independencia. Desde este punto de vista plantearse la pregunta de la mejor edad de los padres en función de la fecha de calendario no tiene mucho sentido. Los hijos pueden desarrollarse con total plenitud tanto con padres jóvenes como con padres mayores. Lo realmente importante es que tanto unos como otros les proporcionen lo que realmente necesitan y que hemos apuntado anteriormente, protección, seguridad e independencia. El único caso en el que podrían plantearse ciertos problemas es el del hijo único de padres mayores: este niño se siente el punto de mira y la esperanza total de sus padres, lo que puede suponerle ciertos problemas en el curso de su desarrollo. Pues bien, esta es una dificultad que puede no obstante volverse en provecho del niño, cuando los padres son lo suficientemente comprensivos para hacer que conviva mucho con jóvenes de su edad. Pues bien, visto que en la mayor parte de los casos la edad que figura en el carné de identidad de los padres no tiene importancia, hablaremos del tipo de amor que los niños necesitan para desarrollarse. En todo caso, partimos de que no existen verdades absolutas. Por ejemplo, el niño necesita unos padres que no sean posesivos, que no jueguen con él como con un objeto; en cambio, sufre mucho si le parece que no son nada posesivos. El niño debe sentir que sus padres consideran que él les pertenece (sobre todo hasta los 7 u 8 años), pero debe sentir también que no les pertenece sólo a ellos y que los padres aceptan “prestarlo” a los demás. Otro tipo de amor muy vulnerante para el niño es el amor de identificación. Hay que saber hablar el lenguaje del niño identificándonos con él, pero sólo debe hacerse de modo pasajero: los padres no deben identificarse totalmente con su hijo, ya que cuando la identificación es constante, el niño puede sentirse paralizado y frenarse en su desarrollo. Parece, por tanto, bastante difícil encontrar el término medio. Pero el punto más delicado en la educación es lo que llamamos el “amor de acoplamiento”, cuyas consecuencias vemos constantemente en los niños aquejados de problemas afectivos. Cuando hablamos de amor de acoplamiento, hacemos alusión al hecho de que los niños han servido a sus padres de objeto de complemento, de centro de interés afectivo; cuando un adulto no puede prescindir, afectivamente hablando, de uno de sus hijos, en la mayor parte de los casos se trata de un fenómeno inconsciente. Ocurre a veces en madres que se acoplan a su bebé desde que nace; sucede, tanto en matrimonios jóvenes como en los menos jóvenes, que la madre pierde todo el interés por su cónyuge y el niño acapara todo su afecto. Ella no se da cuenta de que hay un intercambio sexual, ya que desde la llegada del niño, ha dejado de buscar a su cónyuge. Pues bien, este niño tendrá dificultades en el porvenir. Normalmente, cuando los padres son advertidos de este hecho, consiguen reaccionar. Entonces, ¿qué tipo de afecto es el que conviene al niño? Los padres tienen necesidades de sentimientos y el niño también, pero ¿bajo qué forma son provechosos para el niño? Los sentimientos que necesitan los niños son de cooperación: necesitan sentir que cuando están tristes, los padres cooperan y comparten su pena con ellos. Igual que cuando los padres tiene una pena o una alegría, los niños necesitan compartirla con ellos. Se trata pues de crear en el hogar un clima de confianza, de tal forma que todos puedan hablar de sus propias penas cuando quieran. Y es importante hacerlo desde que el niño tiene 3 ó 4 años. No obstante, hay asuntos que conviene no abordar con los niño: en particular, los conflictos conyugales. Nunca un cónyuge debe hablar mal del otro a su hijo cuando existen problemas con el otro cónyuge .Por tanto, de una manera general, con excepción de las quejas conyugales, los padres deben confiar sus dificultades a los hijos. Este amor de cooperación se hace más importante cuando se inicia la vida sentimental del joven, cualquiera que sea su sexo. Lo más normal es que el joven no hable de sus amoríos cuando las cosas van bien, pero que experimente la necesidad de hacerlo cuando las cosas no marchan. Pero hemos debido preparar esa situación cuando el niño es pequeño para que cuando tenga 15 ó 16 años sea capaz de confidencias. Hay que cooperar con el niño en su nivel, ayudándole a soportar el sufrimiento o a salir de él a su manera; no se trata de darle una solución ya hecha, que sería una solución de identificación, sino de apoyarle durante algún tiempo y permitir su desarrollo tan pronto como haya pasado la crisis. Esta cooperación de apoyo es absolutamente indispensable.

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