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CAPITULO 1. El nacimiento del cerebro femenino

El cerebro configura nuestra manera de percibir el mundo, por lo que diferencias en su estructura afectarán a la interpretación de la realidad. Es lo que ocurre en el caso de los cerebros masculino y femenino. Aunque los cerebros de los animales empiezan a desarrollarse de manera diferente en el útero, se pensaba que las diferencias de género en el caso del ser humano eran de carácter cultural y educativo. Sin embargo, se ha demostrado que esos cambios producidos en los animales suceden también a los humanos. Hasta las ocho semanas todo cerebro fetal es femenino. Tras ese tiempo, la afluencia de testosterona convierte ese cerebro en masculino, eliminando células de ciertos centros (por ejemplo, comunicativos) y aumentando su número en otros (agresivos, sexuales). Si no se produce esta llegada de testosterona, el feto se desarrollará como niña.
Y ¿qué supone esto? La autora expone una serie de rasgos que, ya desde los primeros meses de vida exhiben las niñas en una proporción apabullante sobre los niños. Siempre aporta datos de estudios realizados. Estas características aluden a los ya mencionados circuitos más desarrollados del cerebro femenino. Al no experimentar la irrupción de testosterona, sus centros de comunicación no se ven mermados. Las niñas, mucho más que los chicos, poseen circuitos específicos para la observación mutua: precisión para detectar expresiones y matices en los tonos de voz. Se ha comprobado que, de bebés, los niños prefieren fijar su mirada en elementos del entorno, mientras que las niñas buscan constantemente el contacto visual y, además, necesitan rostros expresivos; necesitan una interacción, una respuesta, ya que de lo contrario interpretan que son ellas las que están llevando a cabo mal el proceso de comunicación. Un poco más mayores, los chicos apenas buscan contacto visual con las madres en busca de señales de aprobación o censura en sus acciones, y se dedican a la exploración del entorno sin preocuparse por ello. Las niñas requieren aprobación; escuchan y requieren ser escuchadas y tenidas en cuenta, son empáticas y huyen de los conflictos porque amenazan su mayor prioridad: las relaciones. Por ello, precisamente, utilizan más el diálogo y la comunicación -a parte de otros medios más sutiles- para conseguir lo que quieren. Además, el lenguaje se desarrolla en ellas más rápidamente que en los niños, quienes, por el contrario, de pequeños son “brutos”, destructivos y agresivos.

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