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CAPITULO 5. El cerebro de mamá

Apartado contundente: “la maternidad te cambia, porque transforma el cerebro de una mujer, estructural, funcional, y en muchas formas, irreversiblemente”. Desde la pubertad no ocurren tantos cambios simultáneos en el cerebro femenino. Durante el embarazo, no sólo cambia el cuerpo, sino que se modifican el tamaño y la estructura del cerebro. No se sabe a ciencia cierta porqué ocurre, pero entre los seis meses y el final del embarazo, los escáneres MRI muestran que el cerebro de una mujer gestante se encoge (Oatridge). Puede deberse a que algunas partes crecen mientras otras se reducen, estado que vuelve a la normalidad a los seis meses aproximadamente del parto (Furuta).
Se describen los cambios que afectan a las mujeres, determinados por las hormonas, durante el embarazo y varios meses después del parto. También los padres acusan ciertos síntomas, como el aumento de la prolactina y el cortisol. En las primeras semanas tras el parto, se les reduce un tercio de lo habitual el nivel de testosterona y les sube el de estrógeno.
A nivel hormonal, el amor maternal es muy parecido al amor romántico (liberación de dopamina, etc.). En ello influye mucho la lactancia, a pesar de que junto con los beneficios que produce, tiene también efectos negativos: el cerebro queda como embotado, “se pierden facultades”. Recordemos que, además, hasta unos seis meses después del parto el cerebro no vuelve a su normalidad. La lactancia afecta neurológicamente. “Las hormonas liberadas por esta y por el contacto piel con piel excitan el cerebro maternal para crear nuevas conexiones”.
Las relaciones de una madre con sus descendientes están muy determinadas por las que ella tuvo con su madre, lo que a su vez condiciona el desarrollo y el futuro del niño. Es decir, que la conducta maternal, para bien o para mal, se transmite generacionalmente. Pese a que el comportamiento en sí no puede ser trasmitido genéticamente, investigaciones recientes demuestran que la capacidad de crianza en mamíferos sí se transmite de manera epigenética.
Por último la autora habla de la dificultad de conciliar el cuidado de los niños y la vida laboral y doméstica, y la importancia de la “alomaternidad” o maternidad compartida: hay que dejarse ayudar por otras personas (este comportamiento se ha registrado también en grupos de primates). El desarrollo emocional y mental de una madre depende en gran medida del contexto en que se ejerza la maternidad, por eso es clave saber que se puede necesitar ayuda exterior, beneficiosa tanto para la madre como para el pequeño. “Si podemos crear un entorno fiable y seguro para el cerebro maternal, detendremos el efecto dominó de las madres estresadas y los hijos no menos estresados e inseguros”.

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