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Banco Bibliográfico > The male brain > Capitulo 1 : El cerebro del niño

CAPITULO 1. El cerebro del niño

Se sabe que, en un primer momento, todos los fetos (en animales y humanos) son hembra. Hasta las ocho semanas todo cerebro fetal es femenino. Si tras ese tiempo se produce una afluencia de testosterona, dicha hormona convertirá ese cerebro en masculino, eliminando células de ciertos centros (por ejemplo, comunicativos) y aumentando su número en otros (agresivos, sexuales). Acaban de salir a relucir dos elementos constitutivos de la masculinidad.
Los bebés varones se muestran principalmente atraídos por el movimiento. Sus circuitos visuales no se interesan por las caras, como los de las niñas, sino por formas geométricas y movimientos. Durante el desarrollo fetal, junto con la llegada de testosterona se incorpora la Sustancia Inhibidora Mülneriana (SIM), que contribuye a construir los órganos reproductivos y los circuitos cerebrales masculinos, anulando los de las conductas “típicamente femeninas”. Desde el nacimiento hasta el primer año de edad, se produce lo que los científicos denominan “pubertad infantil”, un periodo caracterizado por altos niveles de testosterona, equiparables con los de un adulto. Luego este nivel decae, pero el de SIM permanece alto. De ahí las clásicas particularidades de los niños pequeños: llevados por su afán exploratorio, no perciben las señales o advertencias de peligro. Necesitan moverse, y es probable que esta inquietud favorezca el aprendizaje. Por ejemplo, les confiere mayor capacidad de manipulación espacial. Su fijación por la acción y el movimiento se manifiesta en juegos y en la elección de juguetes, incluso en la forma de dibujar. Se aprecia una necesidad de expansión del propio cuerpo, de implicar los músculos. Los niños corren, se pelean y se pegan, intentan ganar y dominar. Importancia de la jerarquía. Son competitivos, mientras que las niñas se muestran cooperativas. Rechazo radical a las niñas y a su mundo, a cualquier conducta que pueda ser tachada de femenina. En torno a los once años, la llamada “pausa juvenil” de los niños toca a su fin. La testosterona comienza a aumentar y todos los rasgos aparecidos en la infancia (acción, riesgo, fuerza, etc.) se descontrolan. “Mientras la testosterona impulsa su realidad, se siente fuerte, valiente e invencible”; ciego y sordo a las advertencias de peligro.

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