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Banco Bibliográfico > APRENDER A VIVIR > Capitulo 2 : La aventura de crecer

LA TEORÍA

CAPITULO 2. La aventura de crecer

La vida del ser humano comienza con una vertiginosa mezcla de sensaciones que al principio solo son eso, ya que están indiferenciadas del niño en sí mismo en su experiencia. El primer paso es situarse a sí mismo “en el centro del paisaje”, lo que permite comenzar a identificar las cosas y las personas que dan lugar a las sensaciones, así como ir elaborando las emociones que surgen de los estados corporales y en la comunicación. La reflexión es importante, porque significa verse a sí mismo viendo y experimentando el mundo, es un lugar desde el que construir. El bebé, a pesar de su fragilidad, crece de manera tenaz, activa, creadora y constante, desde que nace hacia su futuro. El crecimiento de su organismo es muy veloz, tanto antes como después del nacimiento. La fuerza de las impresiones que le producen sus sentidos va en aumento progresivamente a medida que entra en relación con su entorno y con las personas. Luego, sienten el deseo de tocar, mover, probar, en definitiva jugar. Y juegan también con las palabras desde que comienzan a utilizarlas. El crecimiento del niño se orienta hacia cuatro capacidades de la acción: moverse, comunicarse, hablar y jugar. Ninguno de estos actos sencillos tiene para el niño la misma significación que para nosotros. Para él son siempre emocionantes y a medida que los experimenta siente mayores deseos de repetirlos una y otra vez, siempre modificándolos. El impulso hacia el movimiento es espontáneo e instantáneo en el niño. La comunicación es una capacidad que desarrolla activamente desde que nace, construyendo un diálogo compartido con su madre que muchos autores han considerado históricamente una de las claves primordiales del desarrollo afectivo y social de la personalidad. Esta comunicación es muy sutil y el bebé es un receptor y emisor muy preciso de estados emocionales propios y de la madre, o del padre. Esta corriente comunicativa da lugar al lenguaje. Es innegable que de una forma u otra nacemos preparados para adquirirlo. El lenguaje va naciendo del mundo en el que vive el bebé, ya que los significados que otorga a los objetos y sujetos de su mundo, así como a los acontecimientos, se van trasladando a palabras, lo que supone una nueva posibilidad de jugar con ellos. El habla es la expresión del lenguaje, pero desde que comienza a utilizarse, el lenguaje está presente continuamente. Aunque puede parecer un proceso rápido, y en cierto sentido lo es, la adquisición de un lenguaje dura años, inicialmente de los 18 meses a los 6 años, período en el que el niño adquiere un léxico de unas 10.000 palabras, y un uso amplio de las estructuras lingüísticas. Todos estos aprendizajes el niño los hace jugando. Hay que tener en cuenta que durante el inicio de su vida, el niño está aún en una fase de maduración de su sistema nervioso, sobre todo en los primeros 18 meses. Esto tiene la consecuencia de que su regulación afectiva sea complicada y esté llena de desequilibrios. Pero dentro de esta desorganización aparente, el niño en este período progresa a través de muchos estados diferentes con un sentido y unas metas muy claras que le llevan a niveles cada vez mayores de autonomía y de organización tanto motriz, como afectiva y cognitiva. Sin “parar un momento”, los niños avanzan diariamente en sus capacidades, en un proceso que supone crear las bases de su propia persona para el resto de su vida. Todo se produce en relación, por lo que no todas las emociones y acciones son armoniosas, hay llanto, enfado, rebeldía, y hay también imaginación, miedo, juicios. El niño lo que va logrando con su aprendizaje es una autonomía cada vez mayor. Va transformando aquellas estructuras cotidianas y afectivas que dan forma a sus estados y a sus emociones en algo propio, las hace internas y comienza a regularse a sí mismo, a establecer sus propios equilibrios en las relaciones con su mundo. Este es un proceso que implica una transformación de lo externo y lo inmediato en lo interno y duradero, lo que tiene una naturaleza al mismo tiempo cognitiva y afectiva. En este sentido, el niño aprende las relaciones de autoridad, el inicio de las normas y la elaboración social del comportamiento. A pesar de lo que podría parecer, el niño siente como una manifestación de amor que sus padres construyan alrededor suyo un mundo con dimensión moral. Aunque puede parecer que lo moral no es aplicable a la infancia, por su naturalidad y su inocencia, la verdad es que es un elemento básico e importantísimo en la vida del niño. El niño puede vivir lo moral como un instrumento heredado ( cultura) y eficaz para distinguir lo bueno de lo malo, algo que importa mucho emocionalmente al niño. El niño crece en un dinamismo generado por dos motivaciones a veces contrarias: el placer ( calma, bienestar, seguridad ) y la estimulación ( agitación, desequilibrio, cambio). Crecer significa estar cambiando constantemente el peso de esos dos elementos y decidir. Por último, el niño vive en un mundo tan plástico, de experiencias tan globales e impactantes, que la realidad aún no tiene límites precisos, y tarda algunos años en definir y conocer algunas de sus propiedades. Su identidad se construye entre la imaginación y lo real, entre sí mismo y los otros. El niño puede mantener un equilibrio interno dentro de un mundo que para cualquier adulto sería “demasiado”.

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