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Banco Bibliográfico > APRENDER A VIVIR > Capitulo 7 : El carácter: Los hábitos afectivos

DESCENDIENDO A LA REALIDAD CONCRETA

CAPITULO 7. El carácter: Los hábitos afectivos

Carácter es el nivel aprendido de la personalidad, el conjunto de pautas de pensar, de sentir y de actuar adquiridas, que forman un núcleo de hábitos muy estable. La importancia que tienen los hábitos para el desarrollo de la personalidad radica en que son en sí mismos una fuerza, que surge de la repetición de la experiencia y la acción, lo que produce una liberación de la atención y al mismo tiempo una automatización de las funciones del comportamiento. La conjunción de la matriz personal y los hábitos configuran el carácter de un individuo. Los hábitos tienen el riesgo de convertirse en destructivos de la personalidad, en lugar de constructivos, y la dificultad que existe al intentar educarlos es que se originan en buena medida al margen de la voluntad y no son por tanto elegidos, aunque sí pueden ser educados. Esta realidad indica la importancia de lo que un individuo recibe de otros a lo largo de su desarrollo, ya que de ellos depende que sus hábitos se conviertan en recursos de la personalidad. En el contexto educativo, es necesario saber qué hábitos quieren favorecerse, en todas sus dimensiones – afectivos, cognoscitivos y operativos. El ejemplo de las drogas es paradigmático de una educación incorrecta de los hábitos. El hábito, como elemento configurador del carácter, apunta a la complejidad del concepto de libertad y a la idea de que solo a través de la educación – un esfuerzo compartido y bienintencionado- es posible acceder a la libertad responsable. La experiencia afectiva es siempre múltiple, pero puede organizarse en tres grupos: impulsos, sentimientos y apegos. El nivel impulsivo incluye los deseos, las necesidades, las tendencias y los móviles. Dan lugar a la motivación, a un dinamismo que conduce a los valores y aleja de los contravalores. Son impulsos la sed, el hambre, el deseo sexual, el afán de poder, la necesidad de amor. En el nivel sentimental se encuentran los sentimientos, que son el balance consciente de nuestra situación, de cómo están funcionando nuestros deseos o proyectos en el contacto con la realidad. La satisfacción, la calma, la alegría, indican la conquista de nuestras metas. El miedo nos indica que nuestras expectativas están amenazadas, la furia, que algo obstaculiza nuestro progreso, la tristeza, que hemos perdido algo, la decepción o la frustración, que lo que esperábamos no se ha cumplido. En el tercer nivel están los apegos, que son relaciones psicológicas que enlazan profundamente a un sujeto con otra persona o con determinado tipo de experiencias o de objetos. El apego infantil, los hábitos, las adicciones, los condicionamientos, los distintos tipos de dependencia, la costumbre, el amor, el odio, las relaciones de objeto, son fenómenos de este tipo o pueden serlo. Los fenómenos afectivos están genéticamente programados y aparecen básicamente iguales en todas las sociedades humanas. Hay seis sentimientos universales: miedo, alegría, tristeza, sorpresa, furia y asco. Los sentimientos más complejos se construirían a partir de estos y se modulan culturalmente. La intervención de las culturas sobre estos sentimientos universales es muy decisiva, sobre todo en cuanto a su forma y posibilidad de expresión. Las creencias son muy importantes porque influyen fuertemente sobre la forma en que sentimos, e incluso sobre lo que sentimos. Psicólogos cognitivos como Ellis, Beck o Bandura han llevado al extremo esta idea. En todo caso, tanto el sentimiento como el pensamiento se integran en la experiencia consciente afectiva del individuo, formando parte de un mismo fenómeno. El niño, a partir de su matriz personal, va adquiriendo hábitos afectivos, que se acompañan o se refuerzan con hábitos cognitivos, y que además se conjugan con las estrategias que el niño construye para no ser desbordado por sus emociones. El apego básico es el que se inicia desde el nacimiento y se fortalece durante toda la infancia. Es un hábito elemental que atañe al aprendizaje de la seguridad y la inseguridad. El apego es la posibilidad que el bebé imagina tener de ser protegido cuando se sienta amenazado, y nace tanto de la confianza del bebé en sus padres como de las posibilidades reales que observa en ellos de que podrán cuidar de él adecuadamente. El concepto de “sensibilidad” es determinante, porque para sentirse protegido, el bebé y el niño necesitan ser entendidos y cuidados con delicadeza. El apego es un factor relevante para el desarrollo del temperamento y la emergencia de la personalidad, porque: 1) crea expectativas sobre relaciones futuras, 2) crea representaciones internas de uno mismo, y 3) da acceso o bloquea el desarrollo posterior del yo y de las relaciones con los otros. Otra función del apego es proporcionar el sentido de la permanencia afectiva de las personas y además da inicio al recuerdo de uno mismo y la narración interna de las experiencias y de las transformaciones vitales. En momentos tan tempranos del desarrollo las experiencias pueden a veces resultar excesivamente impactantes y construir espacios no conscientes en la personalidad del niño en los que se recuerden esas experiencias y se dé lugar al miedo, que puede ejercer grandes influencias sobre el comportamiento durante largo tiempo. A pesar de dejarnos algo desprotegidos, este fenómeno es natural – en parte se debe al modo en que se desarrollan las áreas cerebrales encargadas de la memoria- y la presencia del adulto puede ayudar, evitando al niño tales experiencias. Una vez analizados los apegos, el siguiente elemento del mundo afectivo son las motivaciones. La motivación es querer hacer algo, y pese a su sencillez, es un problema constante, sobre todo para los educadores, que no encuentran con facilidad la forma de que los niños quieran aprender ciertos temas. Se ha planteado si existe una pereza o vagancia natural, pero parece más sensato pensar que el hombre está más preparado para la acción y el aprendizaje que para la apatía. Es muy posible que la holgazanería se aprenda, debido a un sistema de recompensas – premios- de fácil obtención, que debilitan el carácter en su dimensión motivacional, anulando los deseos. La motivación puede ser interna o externa. Cuando un niño está internamente motivado busca la satisfacción en la propia actividad, en llevarla a cabo, en superar la dificultad, en repetirla y dominarla. Un ejemplo es el juego. Cuando está motivado externamente, busca las satisfacciones, en este caso recompensas, fuera de la propia actividad. Un ejemplo es todo lo que un niño hace sin querer hacerlo porque a cambio obtendrá un premio o evitará un castigo. La motivación interna es el ideal de la educación actual. También la motivación del ser humano se divide entre el placer y la seguridad, por un lado, y la creación, la exploración y el riesgo, por otro. La felicidad nace de la relación armónica de esas dos inquietudes y las dos son una fuente de posibilidades muy a tener en cuenta para la educación. El tercer elemento de los hábitos afectivos configuradores del carácter son los sentimientos o hábitos sentimentales. Son una evaluación de lo que nos sucede y son una interpretación de la realidad. Los hábitos o estilos sentimentales son pautas bastante estables de respuesta afectiva. Al ser hábitos, son estructuras activas de la memoria, producen ocurrencias, seleccionan la información, animan a la acción o la disuaden. Tienen tres ingredientes fundamentales: 1- El sistema de deseos y proyectos: Los deseos básicos se prolongan en proyectos, por lo que son vectores dinámicos que intervienen en el balance emocional. Orientan hacia el futuro. 2- Las creencias sobre el funcionamiento del mundo y sobre lo que podemos esperar de él: Están muy vinculadas a la cultura y a la identificación con un grupo y sus sistemas de creencias y valores. 3- Las creencias sobre uno mismo y sobre la capacidad personal para enfrentarse a los problemas: El comportamiento cotidiano es muy dependiente de la idea de la propia eficacia. Volviendo al problema de la violencia con el que se terminaba el capítulo anterior, ¿ qué habrá sucedido con Julián, el niño que había nacido predispuesto a ser violento, cómo habrán influido en su carácter los hábitos afectivos? Julián 1 nació en un barrio pobre y fue educado con frialdad y dureza, aprendió el odio. Julián 2 nació en el mismo barrio, pero fue educado con afecto, se preocuparon por su educación y ha aprendido la solidaridad. Julián 3 nació en una familia rica y fue educado en la disciplina y la rigidez, no conoce la compasión y la soberbia es su forma de ser violento. Un Julián 4 nació en una sociedad organizada para el odio y basada en el rencor y la humillación, es una pieza de un sistema inhumano, como por ejemplo, la Alemania nazi.

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