CUANDO LOS PADRES SE SEPARAN 
Françoise Dolto
Guías para padres – Paidós, 0
Nº de páginas: 151

Resumen y traducción: Mercedes Delicado Escudero
 

COMENTARIO

En este libro Françoise Dolto analiza, junto a algunos padres, la represión de la infancia ligada a la separación de los padres y el silencio impuesto en aquellos trances. También, en cierto modo, el libro va dirigido a quienes administran los procedimientos judiciales de separación y divorcio. Aunque el libro está dividido en 8 capítulos diferenciados, la autora desarrolla el tema contestando a preguntas que le va haciendo Inés Angelino, por lo que a veces no sigue un orden claro demasiado claro en la exposición.
INDICE

CAPITULO 1. LA SEPARACIÓN DE LOS PADRES Y EL INCONSCIENTE DEL NIÑO

Las continuas disputas entre los padres ¿no perturban al niño tan profundamente como la separación o el divorcio? Lógicamente, en un hogar donde el padre y la madre viven en permanente desacuerdo, el niño experimenta una sensación de amenaza sobre su propia estabilidad. Los niños sienten angustia ante un posible divorcio de los padres. Sin embargo, los niños son seres muy lógicos y los padres deberían explicarles que la rotura el compromiso entre marido y mujer no les exime del compromiso adquirido respecto al cuidado de los hijos. El divorcio muchas veces es una situación legal que también para los hijos aporta una solución; normalmente el divorcio sirve para clarificar al niño una situación anterior que le resultaba incomprensible y estresante, siempre y cuando la nueva situación le sea explicada abiertamente. ¿Cómo vive el niño las disociaciones provocadas por el divorcio? En la vida del niño hay tres continuidades: la continuidad del cuerpo, la continuidad de la afectividad y la continuidad social. Lo que es continuo en el propio niño es su cuerpo y su afectividad. Su cuerpo se construyó en cierto espacio, con sus padres que estaban allí; si cuando los padres se separan el espacio donde vive ya no es el mismo, el niño deja incluso de reencontrarse en su propio cuerpo, es decir, en sus referentes espaciales y temporales. Por el contrario, si cuando la pareja se separa el niño permanece en el espacio en el que sus padres han estado unidos, hay continuidad y el trance del divorcio resulta menos duro para él. Comprender que el divorcio en la mayoría de los casos es un acto responsable de los padres, es un trabajo afectivo que el niño, si es muy pequeño, sólo puede realizar cuando permanece en el mismo espacio. Tanto es así que si los padres tienen esta posibilidad, lo mejor sería que la vivienda quedara para los hijos y que los padres fueran a cumplir allí alternativamente con sus “deberes paternos”. El lugar de residencia habitual de los hijos debería continuar siendo el mismo. Lo mismo ocurre en relación con el colegio. En caso de divorcio está contraindicado que el niño cambie de colegio; de lo contrario, el niño sufriría en la mayoría de los casos un retraso escolar de aproximadamente dos años. También es importante que al niño se le informe sobre el hecho del divorcio y no que se le den explicaciones del tipo “tu padre (o tu madre) se ha ido de viaje”. Hay que decirles la verdad sobre el nuevo modo de vida de sus padres, ahora separados. De lo contrario, el niño se volverá taciturno, no jugará en clase, estará en la luna sumido en sus pensamientos y reflexiones. Este comportamiento expresa un trastorno profundo que el niño no puede expresar con palabras; tendría que haber hablado primeramente con sus padres sobre el problema.

CAPITULO 2. ¿DECIR O NO DECIR?

¿Cuándo y cómo debe anunciarse al niño el divorcio? Lo esencial es que los niños estén al corriente de lo que se prepara al comienzo del trámite y de lo que se decide al final del mismo, aunque se trate de niños que aun no caminen. Asimismo, deben conocer que, el hecho de que la justicia haya reconocido como válido el divorcio de sus padres, no supone que éstos estén eximidos de sus deberes hacia los hijos. Debemos partir de que un divorcio es algo tan “honorable” como un matrimonio, si bien el silencio que normalmente se produce alrededor de aquél lo convierte para los niños en algo malo en una “cochinada”. Sin embargo, es evidente que no es fácil para los padres hablar a sus hijos abiertamente sobre el divorcio. También los padres necesitan ayuda para poder humanizar su separación, explicarla con palabras y no guardársela para sí mismos en forma de una angustia inexplicable. En los divorcios, hay quienes no necesitan de la ayuda de una tercera persona, pero son pocos. En las situaciones pasionales, si no hay un tercero, no se puede dialogar. Por eso sería deseable que, antes de presentar la demanda de divorcio, los cónyuges tuvieran la posibilidad de expresar, en presencia de un tercero, las razones por las que no ven otra salida que la separación. Es en ese momento cuando podrán anunciar a los hijos que el desacuerdo es realmente muy serio y no tiene otra solución. En tal momento, los hijos deberán soportar el trance junto a los padres. ¿Deben los padres manifestar, en el momento de comunicar el divorcio a sus hijos, que no lamentan haber tenido tal hijo? En efecto, es muy importante, pues de lo contrario el niño puede creer que no sólo anulan sus propios acuerdos, sino también el amor que tienen por él. El niño necesita que cada uno de sus padres le diga: “no lamento haberme casado, aunque divorciarse sea difícil, porque tu naciste y es porque a los dos nos hace falta tu existencia, por lo que peleamos por poseerte más”. Algunos autores opinan que es necesario explicar al niño los motivos del divorcio: “tu padre bebe”, “tu madre...”, “nos peleamos...” Françoise Dolto opina que cualquiera de estas razones, alegadas por cada uno de los padres por separado, son siempre falsas razones. Hay que tener en cuenta que el niño ve simplemente que sus padres se pelean, pero al contrario de lo que mucha gente cree, las peleas no son razón de divorcio; lo que es motivo de divorcio es que cada cual quiera recobrar su libertad, sin tener que escuchar las críticas del otro; ya no hay amor y, sobre todo, ya no existe el deseo que hace que dos seres, a pesar de los frecuentes desacuerdos, permanezcan juntos. Todas las justificaciones del divorcio son, como hemos dicho anteriormente, falsas justificaciones. Pero lo que se puede decir a un niño, es que cada uno de sus padres ha asumido su responsabilidad por separado. No obstante, hay que tener en cuenta que después del divorcio a los niños les resulta difícil ver a sus padres en sosegada charla en restaurantes o cafés donde se encuentran, en reuniones familiares, donde los padres parecen, como ellos dicen “quererse bien”. Por tanto hay que darles respuestas concretas para que comprendan este sentido de la responsabilidad asumida por cada uno de los padres con posterioridad al divorcio, aun cuando todavía no puedan comprender esta responsabilidad en toda su dimensión. En todo caso, el anuncio del divorcio siempre debe realizarse por los dos padres y dando tiempo a los niños a que asuman la nueva situación. También es importante que el niño sepa que el divorcio es siempre un mal menor. ¿Hay un momento particularmente delicado de la vida del niño en el que los padres tendrían que aplazar cualquier trámite de divorcio? Con carácter general sí, durante la etapa de la primera infancia hasta los cuatro años cumplidos; pero en determinadas situaciones este período puede prolongarse hasta los 11 ó 12 años. En estos casos es importante que los padres acepten convivir en situación “socioamistosa”, que es lo contrario de la hostilidad; ello no implica obligatoriamente que duerman juntos y que ambos estén siempre presentes en el hogar, pero sí que ambos se interesen por cada uno de sus hijos y no dejar que su papel sea desempeñado por otros.

CAPITULO 3. FUNCION POSITIVA DE LOS DEBERES

¿No tenderá el niño a creer que el progenitor a quien se asigna la tutela (progenitor continuo) fue mejor considerado por el juez o que este padre es el que tiene razón y el otro (progenitor discontinuo) no y por eso se le castiga? El juez debería recibir a los niños y explicarles el por qué de su decisión, que a veces puede suscitar interpretaciones falsas tanto en los padres como en los hijos. En el niño menor de 4 años hay una tendencia a asignarlo a la madre, sobre todo si ha sido ella la que se ha ocupado del niño desde que nació. Pero, como ya se ha señalado, lo que el niño más necesita es el sitio en el que ha vivido hasta entonces, pues este lugar es para él una especie de “mamá”, una especie de envoltura de su seguridad. Cuando el otro cónyuge quiere ver al niño pequeño, debería hacerlo en el mismo marco donde el niño vive habitualmente. En principio, a partir de los 5 años sería mejor que el padre y la madre tuviesen, cada uno por su lado, su propia vida afectiva y sexual, con el fin de que el hijo no se vea obligado a considerarse a la vez como el hijo y el cónyuge de su padre o de su madre, lo cual bloquea su estructura dinámica. Pero en el caso en que padre y madre permanezcan solos, sería preferible que el varón, a partir de los 5 ó 7 años, si sufre de algún retraso afectivo, fuera a vivir con su padre; en cuanto a la niña, debería vivir con su madre, pero a condición de que ésta no se aboque por entero en su hija, ofreciéndole una imagen de mujer víctima, pues tal imagen dificultaría la evolución de la niña. De todas maneras, sería preferible que, después de la separación, hubiese en casa un adulto de cada sexo; de lo contrario puede producirse en el niño un tipo de hemiplejía simbólica. No obstante, esta situación puede compensarse si el niño dispone de una familia amiga cuya casa puede frecuentar y de los que la madre o el padre no se sientan celosos. ¿Es preferible confiar todos los hijos al mismo progenitor o separarlos? Hay que ver cada caso pero, en general, cuando los niños son pequeños, lo legítimo es no separarlos. Cuando crecen, no siempre es cierto que necesiten vivir juntos. Incluso en algunos momentos puede resultar beneficioso para su propio desarrollo que unos vivan con el padre y otros con la madre. ¿Cómo deben articularse las visitas? Después de una separación es evidente que el niño tiene necesidad de estar con sus dos progenitores. Es evidente que el padre “continuo” es el que más tiempo pasa con el hijo, pero en ningún caso aquél puede decidir sobre las visitas que el padre “discontinuo” haga a su hijo. Hay que tener en cuenta que aunque normalmente hablemos del “derecho” de visita del otro progenitor, visitar a su hijo es un “deber” absoluto, por lo que nadie puede interponerse ante el deber de otro. Si se evita la relación con el otro progenitor, se producirá en el niño una enorme inseguridad en el futuro. Hay veces que en el niño se producen reacciones psicosomáticas en el momento de las visitas del progenitor discontinuo. La emoción al ver al padre a quien no ve habitualmente, puede hacer al niño vomitar; esto es una reacción psicosomática. Se trata de una forma de lenguaje y en absoluto tiene que ser un rechazo al progenitor discontinuo; este fenómeno no es atribuible a las personas en concreto, sino a la peculiaridad de la situación (la situación se puede producir de igual forma tanto con el padre como con la madre, si es ésta la progenitora discontinua). En todo caso, parece importante que cuando un niño tenga una reacción de este tipo, el progenitor con quien habitualmente convive, ese día le diga: “hoy no puedo estar contigo porque es el día en que te debes a tu padre (o a tu madre)”. El padre continuo debe respetar ese momento y ese espacio no estando junto al niño ese día, aunque éste se niegue a ver a su otro progenitor o aunque sea éste el que no se presente. No se trata de liberar al padre continuo, sino de que el propio hijo cumpla con su “deber” de hijo de una pareja”. ¿Pierde el niño sus puntos de referencia si el padre discontinuo no cumple con su deber de visita en días establecidos y conocidos por él? No es claro si es necesario que haya días fijados, pero en todo caso, deben ser días que el niño conozca previamente. El debe saberlo por anticipado y la fecha debe ser respetada. Todos los niños necesitan seguridad de espacio y tiempo, que son los referentes de un ser humano vivo. Si los padres no van a verles en la ocasión prevista, tal hecho debe explicarse al niño mediante palabras. Hay veces que las visitas físicas resultan difíciles por diferentes motivos (el trabajo de los padres, las obligaciones escolares de los niños o la distancia física por vivir en ciudades diferentes). Debe tenerse en cuenta que también puede utilizarse el teléfono aun con niños muy pequeños. Sería conveniente que el padre continuo tolerase comunicaciones telefónicas entre su hijo y el otro progenitor, cualquiera que sea la edad del primero; de lo contrario, el niño podría sentirse desgarrado. Es conveniente que el padre y la madre se pongan de acuerdo acerca del valor de las comunicaciones con el niño y su frecuencia. La regularidad es más importante que la frecuencia. Si el padre incumple lo acordado, el niño permanece a la espera de algo que no se produce y, para un niño, nada es más terrible que una promesa incumplida. ¿Cómo puede un niño reaccionar ante la custodia alterna (se le confía por igual a cada uno de los padres)? Cuando el niño es pequeño no puede soportar la custodia alterna sin que su estructura se resienta. La reacción más común es el desarrollo de un temperamento pasivo. El niño pierde el gusto por la iniciativa, tanto en su actividad escolar como en el juego. Así pues, hasta los 12 ó 13 años, la tutela alternada es nefasta para los niños; y a partir de esta edad, damos por supuesto que dicha alternancia nunca debe suponer un cambio de colegio. Esto sería extremadamente nocivo, porque no hay entonces ni continuidad afectiva, ni espacial, ni continuidad social. Respecto a las guardas alternas, también hay que tener en cuenta que los padres pueden tener principios educativos muy diferentes, aunque en niños de 12 ó 13 años esto ya plantea muchos menos problema, ya que su base educativa ya está formada. En todo caso, siempre hay que valorar cada una de las situaciones, no se puede generalizar.

CAPITULO 4. LA RELACION CON LOS NUEVOS COMPAÑEROS DE LOS PADRES

Es importante para el desarrollo del niño la existencia de un adulto al lado de su progenitor, que le impida mantener una intimidad total con éste. La mayoría de las veces los problemas en la relación del padrastro o madrastra con el niño, no están causados por el niño; las dificultades pueden proceder de su madre (sus celos, por ejemplo ante lo fructífero del segundo matrimonio de su ex marido y ante el afecto de su hijo por la rival vencedora, incluso aunque la madre se haya vuelto a casar). A veces el problema también puede derivar del cambio de actitud del padre cuando su nueva mujer tiene con él otro hijo; el hijo del primer matrimonio puede recordarle la dolorosa atmósfera de los años que le obligaron a la ruptura. En todo caso, la nueva vida de pareja de los padres después de una separación, generalmente tiene efectos positivos sobre los hijos. En general el niño tiene necesidad de que varios adultos de sexo diferente se ocupen de él; aunque sea muy pequeño, le alegra la presencia de varias imágenes de hombres y de varias imágenes de mujeres. Ciertos niños dicen a su madre: “mi hermana y yo no queremos que te vuelvas a casar”. La madre nunca debe ceder ante este chantaje y debe explicarles que si se casa es porque lo necesita ella, independientemente de su relación con ellos. Si la madre les obedece, siempre existe el riesgo de que en algún momento les diga: “yo me sacrifiqué por vosotros y no me volví a casar”. La vida de estos niños queda como paralizada a consecuencia de la culpa; de hecho, tendrán que hacerse cargo de su madre por el resto de su vida, aunque ellos mismos evolucionen y se casen. En todo caso, para que haya una buena relación con los nuevos compañeros de los padres, éstos deben dejar claro pero con cariño, cuál es la situación de su nuevo cónyuge o compañero. Si el padre por ejemplo da a la madrastra su apoyo simbólico, ésta pasa a ser una persona creíble para el niño: A veces vemos a padres que dicen a sus nuevos cónyuges. “no es tu hijo, así que déjalo tranquilo”; a partir de ahí, el padrastro o madrastra no es creíble, porque la madre o el padre no lo hacen creíble. En todo caso, hay que dejarles claro que es tu nuevo compañero-a y que si no está a gusto deberá hablar con el otro progenitor para ir a vivir con él, pero sin mayores traumas.

CAPITULO 5. LA RELACION CON SUS DOS LINAJES Y HASTA CON SUS DOS GRUPOS ÉTNICOS

El niño necesita saber que pertenece a las familias de los dos linajes, el de su padre y el de su madre. El mestizaje es bueno, es una riqueza enorme, siempre y cuando se admita y se cultive; hay que defender al niño mestizo en sus potencialidades, en lugar de dejarlo paralizado de un lado por no aceptar y no desarrollar en él mas que una sola faz de su genealogía. Sucede cada vez con más frecuencia que, en caso de divorcio, una de las dos familias o incluso ambas, desaparezcan de la vista del niño. El linaje que normalmente desaparece es el del progenitor discontinuo. Este hecho que durante la infancia parece no dejar secuelas, sin embargo se paga caro cuando los hijos son a su vez padres, que es cuando notan las carencias. Sin embargo, tampoco es bueno que tras un divorcio uno de los cónyuges vuelva a casa de su padre o de su madre, pues entonces el hijo de este adulto ve convertirse a su padre o a su madre otra vez en niños y a dejarse dominar por sus propios progenitores. Para los hijos es importante que sus padres se conduzcan como ciudadanos adultos. En general, el retorno a casa de “papá y mamá” después del divorcio es una regresión, pero no solo para los padres, sino también para los hijos, quienes de pronto se encuentran con que sus padres han pasado a ser, artificialmente, sus hermanos mayores, unos hermanos golpeados por la vida y que ya no representan modelos adultos. No obstante, los abuelos pueden prestar ayuda momentánea después del divorcio, dando amparo a los niños en una situación crítica, pero lo que siempre es perjudicial es que los abuelos se conviertan en los padres que quieren intervenir en su educación.

CAPITULO 6. EL TRABAJO DE LA CASTRACIÓN

Podríamos decir que el término desorientación para definir la situación de un niño cuyos padres están divorciados, es un término muy acertado; los niños no saben cómo orientarse de cara a su futuro. Por otra parte, el hijo de padres divorciados es fácil que se sienta culpable. El niño se siente el centro del mundo; cuando ocurre algo que le hace sufrir o que hace sufrir a alguien, cree ser él el agente desencadenante. Si se tienen ocasión de escuchar a un niño que se siente responsable del divorcio de sus padres, habría que decirle: “No es cierto que tus padres se hayan separado por tu culpa; tu no eres la causa; tu cumplías tu rol de hijo comportándote como tal, pero ellos no eran lo suficientemente maduros como para tener un hijo entre ambos o, simplemente, no supieron cumplir su rol de padres”. Sin embargo, también el divorcio puede ser un factor de maduración. Cuando los padres han asumido su divorcio de forma responsable y ellos mismos han madurado, el niño, a pesar de estas difíciles pruebas, puede conservar el afecto por su padre y por su madre. Es notable observar hasta qué punto ciertos hijos de divorciados avanzaron en su maduración social y en su autonomía. En la actualidad, dos tercios de los divorcios son solicitados por las mujeres y los motivos frecuentemente aducidos son el alcoholismo y la violencia del marido. Según Françoise Dolto, muchos divorcios a causa del alcoholismo del hombre provienen, en gran medida, de que la mujer quedó capturada en la maternidad. Cuando el hijo nace, el hombre se siente abandonado de los tratos maternales inconscientes que encontraba antes en su mujer; por su parte, la mujer abandona a su hombre, quien se pone a beber porque le es necesario algún consuelo. Por esto, piensa la autora que son las mujeres quienes hacen alcohólico al hombre. También opina que las madres que continuamente se quejan de sus hijos pueden contribuir a convertirlos progresivamente en alcohólicos. Son madres que durante la infancia estuvieron muy apegadas a sus hijos, siendo casi sus esclavas y sirvientas; al final, el hijo varón se convierte en el verdugo de su madre; sin embargo, es ella la que le volvió así. Ciertos tipos de divorcio con conflicto modifican en el hijo el valor de modelo y de credibilidad del adulto. Por ello, hay veces que cuando un divorcio se convierte en algo muy conflictivo, la mejor solución sea confiar al hijo durante un ciclo lectivo a una familia sustituta o, incluso, llevarlo a un internado hasta que se calmen los encendidos ánimos de los cónyuges. Naturalmente, es necesario conversar con el niño y explicarle que, de todas formas, esa atmósfera de crisis aguda no le conviene y que es por ello por lo que han tomado esa decisión. Es importante que los hijos de padres divorciados, antes de lanzarse a vivir su propia vida fuera de la casa de ambos progenitores, no sólo hayan vivido con el progenitor continuo; es necesario que pasen largas temporadas, incluso hasta 1 ó 2 años con el otro progenitor. Es indispensable que el adolescente haga su propio juicio sobre la persona de su padre (normalmente progenitor discontinuo), considerándolo como un adulto con respecto a su relación con otro adulto. Sin embargo, es una lástima que el progenitor continuo (normalmente la madre) a veces considere esta búsqueda del hijo una censura respecto de él. Al el contrario, esta búsqueda es señal de que este progenitor le educó bien y le preparó para vivir las emociones y la búsqueda de la adolescencia y de la edad adulta.

CAPITULO 7. EL NIÑO Y LA ESCUELA

Es frecuente que los niños no hablen de su nueva situación de hijos de divorciados, ni con sus profesores ni con sus compañeros. Esto normalmente es consecuencia de que no se habla con los niños sobre el divorcio en la propia casa. Los niños consideran que el divorcio es algo de lo que los padres parecen avergonzarse, como si se tratara de un acto delictivo, no legalizable y no reconocido por la sociedad. Sin embargo, si se hablara con el niño del divorcio, podría sentirlo como algo evidentemente triste, pero ya no como un hecho del que tenga que avergonzarse. Ciertos niños intentan confiarse a su interlocutora privilegiada, la maestra. Lo importante es que el niño reciba una respuesta verdadera y no una respuesta de compromiso y, sobre todo, que esta persona no intente desviar la conversación cuando es requerida para hablar. Al haber podido manifestar a alguien su tristeza, el niño se siente menos solo. Françoise Dolto opina que sería bueno que los colegios fomentaran entre los niños el estudio de las diversas situaciones familiares. Así, cada niño podría expresar de una forma desinhibida las dificultades que atraviesan con sus padres naturales, sus padres adoptivos o con los padres divorciados. Introducir los casos particulares en una conversación general permitiría en muchos niños desactivar la afrenta de no ser como precisamente les gusta ser a los niños: “todos iguales”. Respecto al control de los estudios y la educación del hijo por parte del progenitor discontinuo, es evidente que no es que tenga derecho a ser informado sobre el desarrollo del mismo; lo que tiene precisamente es el “deber” de informarse. Es una lástima que el envío de boletines escolares a ambos padres (cuando éstos están divorciados) no sea automático y obligatorio.

CAPITULO 8. EL NIÑO FRENTE A LA JUSTICIA

Françoise Dolto apunta que ella sería partidaria de lo que ella llama el “divorcio administrativo”. Es decir, si hay acuerdo entre los cónyuges, el trámite sería gratuito y automático: se inscribiría el divorcio de la misma manera y con la misma facilidad con que se inscribe en el registro un matrimonio. Sólo si aparecen desacuerdos en algún punto se haría necesario apelar al tribunal y tomar abogados. En los juicios por divorcio se habla mucho de “derechos” y “deberes”, términos que normalmente se refieren a los padres. Sin embargo, estar ligado a la sociedad por derechos y deberes es algo inherente al sujeto, sea hijo o padre. Pero los juicios de divorcio provocan el que los niños crean que sólo tienen derechos, imaginan que son el centro de la vida de los padres; el padre y la madre no hacen mas que girar en círculo en torno a sus pretendidos derechos, que pasan a ser el centro de su obsesión. La ley prevé que las decisiones tomadas en un juicio de divorcio sean susceptibles de ser revisadas y con la frecuencia necesaria. Pero jamás se informa al niño de que puede acudir tantas veces como necesite al juez de asuntos matrimoniales. Según la autora, a partir de 8 años, cualquier niño está capacitado para poder comunicarse con el juez tantas veces como quiera. Los niños y adolescentes ignoran casi siempre las disposiciones de la sentencia de divorcio y nadie les informa al respecto. Pues bien, no sólo hay que informarles, sino que la decisión debe serle explicada: el juez elige atribuir la custodia al que considera más apto para llevar a cabo las tareas cotidianas, exigidas para el mantenimiento y educación de un niño que todavía no es autónomo. Pero es bueno que sea el juez quien hable con el niño, haciéndole saber que ha tomado la decisión que sea en función de lo que ha considerado menos malo para él, recordando al niño que él mismo está sometido a la ley y que no hace otra cosa que aplicarla. En definitiva, la labor del juez y de su equipo de psicólogos y otros especialistas, es tan importante que a veces de ellos depende que el niño consiga ser escuchado y exprese todos sus sentimientos y dudas en relación con el divorcio de sus padres.