The female brain 
El cerebro femenino 
Louann Brizendine
RBA, 2007
Nº de páginas: 286

Resumen y traducción: Mariola Lorente Arroyo
 

COMENTARIO

Louann Brizendine es una neuropsiquatra que nos ofrece una colección documentada de las diferencias estructurales, químicas, genéticas, hormonales y funcionales que existen entre los cerebros masculino y femenino. Más del 99% del código genético es igual para hombres y mujeres. De los aproximadamente 30 mil genes que tenemos, sólo hay una diferencia de menos del 1%, pero esta, como se verá, es importante. Aunque el cerebro masculino es un 9% más grande, se da el mismo número de células cerebrales. Ambos sexos cuentan con las mismas funciones cognitivas, mismos objetivos y tareas, pero utilizan circuitos cerebrales distintos. En el cerebro femenino destacan los circuitos dedicados a la observación, la comunicación, la atención y la crianza.
La premisa de la autora es que el cerebro actual apenas ha cambiado desde que apareció el Homo Sapiens -lo que ella denomina “nuestro Cerebro de la Edad de Piedra”-, por lo que sigue estando centrado en la supervivencia y la reproducción. A causa de este escaso refinamiento cerebral, todos los comportamientos tratan de explicarse desde una perspectiva evolucionista.
Este libro recoge avances en genética, neurociencia molecular, endocrinología fetal y pediátrica, desarrollo neurohormonal, neuropsicología, neurociencia cognoscitiva, desarrollo infantil, representación por imagen del cerebro y psiconeuroendocrinología, y se apoya en la primatología, estudios con animales y la observación infantil.
Su estructura sigue el desarrollo vital de la mujer desde la infancia hasta la posmenopausia. La autora fundó en 1994 la Women´s Mood and Hormone Clinic, un centro pionero dedicado al estudio de los estados del cerebro femenino y cómo estos se ven condicionados por la neuroquímica y las hormonas. Diversos casos extraídos de su experiencia profesional sirven para organizar la exposición de los contenidos en cada capítulo. El estilo es sencillo, muy asequible, con un lenguaje (quizás demasiado) popular y en ocasiones revestido de cierto toque de humor.

INDICE

CAPITULO 1. El nacimiento del cerebro femenino

El cerebro configura nuestra manera de percibir el mundo, por lo que diferencias en su estructura afectarán a la interpretación de la realidad. Es lo que ocurre en el caso de los cerebros masculino y femenino. Aunque los cerebros de los animales empiezan a desarrollarse de manera diferente en el útero, se pensaba que las diferencias de género en el caso del ser humano eran de carácter cultural y educativo. Sin embargo, se ha demostrado que esos cambios producidos en los animales suceden también a los humanos. Hasta las ocho semanas todo cerebro fetal es femenino. Tras ese tiempo, la afluencia de testosterona convierte ese cerebro en masculino, eliminando células de ciertos centros (por ejemplo, comunicativos) y aumentando su número en otros (agresivos, sexuales). Si no se produce esta llegada de testosterona, el feto se desarrollará como niña.
Y ¿qué supone esto? La autora expone una serie de rasgos que, ya desde los primeros meses de vida exhiben las niñas en una proporción apabullante sobre los niños. Siempre aporta datos de estudios realizados. Estas características aluden a los ya mencionados circuitos más desarrollados del cerebro femenino. Al no experimentar la irrupción de testosterona, sus centros de comunicación no se ven mermados. Las niñas, mucho más que los chicos, poseen circuitos específicos para la observación mutua: precisión para detectar expresiones y matices en los tonos de voz. Se ha comprobado que, de bebés, los niños prefieren fijar su mirada en elementos del entorno, mientras que las niñas buscan constantemente el contacto visual y, además, necesitan rostros expresivos; necesitan una interacción, una respuesta, ya que de lo contrario interpretan que son ellas las que están llevando a cabo mal el proceso de comunicación. Un poco más mayores, los chicos apenas buscan contacto visual con las madres en busca de señales de aprobación o censura en sus acciones, y se dedican a la exploración del entorno sin preocuparse por ello. Las niñas requieren aprobación; escuchan y requieren ser escuchadas y tenidas en cuenta, son empáticas y huyen de los conflictos porque amenazan su mayor prioridad: las relaciones. Por ello, precisamente, utilizan más el diálogo y la comunicación -a parte de otros medios más sutiles- para conseguir lo que quieren. Además, el lenguaje se desarrolla en ellas más rápidamente que en los niños, quienes, por el contrario, de pequeños son “brutos”, destructivos y agresivos.


CAPITULO 2. El cerebro de la adolescente

Tras la calma y estabilidad hormonal de la infancia, comienza una época turbulenta en la que el cerebro de la adolescente crece rápidamente, se reorganiza, activa y desactiva circuitos neuronales que dirigen su modo de pensar, sentir y actuar. “Durante la pubertad, toda la razón de ser biológica de una muchacha es sentirse sexualmente deseable”, afirma la autora. Se sabe que, por término medio, el cerebro femenino madura dos o tres años antes que el masculino. Se desarrollan fundamentalmente los rasgos que las convierten en mujeres: la comunicación y los lazos sociales se vuelven necesidades imperiosas, por lo que su privación es interpretada como un drama absoluto.
Sucede que el cerebro de las adolescentes comienza a inundarse de altos niveles de estrógeno y progesterona, enviados en ondas mensuales desde sus ovarios. Por eso puede decirse que, desde este momento y hasta la menopausia, el cerebro femenino ha de enfrentar cambios semanales e incluso diarios y reajustarse continuamente, lo que da lugar a impulsos emocionales rápidos y aparatosos.
Desde luego, una simple hormona no es responsable por sí sola de un determinado comportamiento, pero sí que tienen un enorme influjo sobre áreas del cerebro como la amígdala o el hipocampo, por lo que muchas veces una adolescente responderá de diferente manera al mismo estímulo en función de su carga hormonal, tendrá reacciones desmedidas o será incapaz de ver las consecuencias de sus actos. Es decir, que el ciclo hormonal marca su ritmo vital y de comportamiento.


CAPITULO 3. Amor y confianza

En este capítulo se analizan, desde la perspectiva biológica y psicológica que enmarca toda la obra, las fases del enamoramiento. La autora insiste en que tenemos “cerebros de la Edad de Piedra”, que poco han cambiado a lo largo de la evolución. Tanto los cerebros masculino como femenino están programados para la supervivencia y la procreación, y los procesos de enamoramiento son descritos como mecanismos adaptativos.
Enamorarse, “una de las conductas o estados cerebrales más irracionales que cabe imaginar tanto entre los hombres como entre las mujeres”. El cerebro se vuelve “ilógico”; es un estado involuntario. ¿Por qué? porque se trata de un proceso controlado por las hormonas. Durante el enamoramiento inicial se activan los circuitos de recompensa-placer, y cuando se pasa a la fase de emparejamiento, algunos de ellos se reducen y ceden su sitio a otros. “Añadidas a las sustancias químicas excitantes de placer del sistema de recompensas –como la dopamina-, el sistema de la adhesión y la vinculación de pareja generan regularmente más cantidad de la sustancia química del emparejamiento –la oxitocina-, logrando que los dos busquen el placer en la compañía del otro. Los circuitos cerebrales del compromiso se vuelven más activos”.


CAPITULO 4. Sexo: el cerebro por debajo de la cintura

Siguiendo la línea del capítulo anterior, se estudia el sexo desde un punto de vista psicológico y fisiológico. En el cerebro masculino los centros dedicados al sexo son el doble de grandes. En el caso de la mujer, el interés sexual está condicionado a nivel hormonal: aumenta y disminuye de acuerdo con sus ciclos mensuales de testosterona. Junto con las feromonas, la testosterona andrógena dispara el deseo sexual (en ambos sexos), mientras que la hormona progesterona lo reduce. Ambas dependen del ciclo menstrual.
Por otro lado, se habla del orgasmo. Considerado desde varias perspectivas evolucionistas ¿cuál es el fin del orgasmo femenino? Mientras que los mecanismos excitatorios del hombre están ampliamente estudiados, no sucede lo mismo con los femeninos, para los que hay diversas aproximaciones que aquí se mencionan. En cualquier caso, parece facilitar la concepción, que sería el motivo biológico último de las relaciones sexuales.


CAPITULO 5. El cerebro de mamá

Apartado contundente: “la maternidad te cambia, porque transforma el cerebro de una mujer, estructural, funcional, y en muchas formas, irreversiblemente”. Desde la pubertad no ocurren tantos cambios simultáneos en el cerebro femenino. Durante el embarazo, no sólo cambia el cuerpo, sino que se modifican el tamaño y la estructura del cerebro. No se sabe a ciencia cierta porqué ocurre, pero entre los seis meses y el final del embarazo, los escáneres MRI muestran que el cerebro de una mujer gestante se encoge (Oatridge). Puede deberse a que algunas partes crecen mientras otras se reducen, estado que vuelve a la normalidad a los seis meses aproximadamente del parto (Furuta).
Se describen los cambios que afectan a las mujeres, determinados por las hormonas, durante el embarazo y varios meses después del parto. También los padres acusan ciertos síntomas, como el aumento de la prolactina y el cortisol. En las primeras semanas tras el parto, se les reduce un tercio de lo habitual el nivel de testosterona y les sube el de estrógeno.
A nivel hormonal, el amor maternal es muy parecido al amor romántico (liberación de dopamina, etc.). En ello influye mucho la lactancia, a pesar de que junto con los beneficios que produce, tiene también efectos negativos: el cerebro queda como embotado, “se pierden facultades”. Recordemos que, además, hasta unos seis meses después del parto el cerebro no vuelve a su normalidad. La lactancia afecta neurológicamente. “Las hormonas liberadas por esta y por el contacto piel con piel excitan el cerebro maternal para crear nuevas conexiones”.
Las relaciones de una madre con sus descendientes están muy determinadas por las que ella tuvo con su madre, lo que a su vez condiciona el desarrollo y el futuro del niño. Es decir, que la conducta maternal, para bien o para mal, se transmite generacionalmente. Pese a que el comportamiento en sí no puede ser trasmitido genéticamente, investigaciones recientes demuestran que la capacidad de crianza en mamíferos sí se transmite de manera epigenética.
Por último la autora habla de la dificultad de conciliar el cuidado de los niños y la vida laboral y doméstica, y la importancia de la “alomaternidad” o maternidad compartida: hay que dejarse ayudar por otras personas (este comportamiento se ha registrado también en grupos de primates). El desarrollo emocional y mental de una madre depende en gran medida del contexto en que se ejerza la maternidad, por eso es clave saber que se puede necesitar ayuda exterior, beneficiosa tanto para la madre como para el pequeño. “Si podemos crear un entorno fiable y seguro para el cerebro maternal, detendremos el efecto dominó de las madres estresadas y los hijos no menos estresados e inseguros”.


CAPITULO 6. Emoción: el cerebro de los sentimientos

Cuando un “cerebro femenino” se empareja con uno masculino, los dos habitarán realidades diferentes, por lo que, cuanto más sepan dos acerca de estas diferencias, más probablemente entablarán relaciones familiares satisfactorias. Este apartado se centra en la exposición de las principales diferencias emocionales, y funciona a modo de recopilación de los episodios precedentes.
En primer lugar, la respuesta ante las emociones: a los hombres les cuesta mucho más identificarlas y tienden a evitarlas, porque no saben cómo enfrentarse a ellas. Pero las mujeres, dada su alta capacidad para percibir todo tipo de indicios y señales, son mucho más emocionales, pueden predecir el comportamiento o adivinar el estado de ánimo de quienes la rodean, y son más capaces de comprender y consolar. Resulta corriente que los hombres piensen que su pareja femenina es “adivina”. Los problemas surgen cuando, ignorando estas diferencias, que según la autora son puramente estructurales, las mujeres exigen respuestas que los hombres no pueden darles, y estos se abruman ante dichas exigencias. No cabe duda de que las mujeres tienen diferentes percepciones emocionales, reacciones y recuerdos que los hombres; diferencias basadas en los circuitos y funciones cerebrales y que son la causa de muchos desencuentros entre sexos.
Por otro lado, las mujeres, como ya se ha dicho, cuentan con un mayor desarrollo de las áreas destinadas al lenguaje y a la comunicación, y por ello son “expertas en relaciones”. A su vez, esto influye en su respuesta a los conflictos. La mujer siempre tratará de evitarlos y empleará todos los medios a su alcance para ello. Hembras de diferentes especies de primates exhiben idénticos comportamientos.
Por último, las mujeres poseen una memoria mayor para detalles que los hombres suelen olvidar, a menos que estos tengan que ver con algún tipo de amenaza o peligro. Esto se debe a que la amígdala femenina se activa más por factores emotivos. La amígdala, junto con el hipotálamo y el córtex, son los encargados cerebrales de recibir, analizar y procesar la información sensorial y emocional. El córtex prefrontal decide cómo responder. Todos los cerebros, con independencia del sexo, poseen los mismos mecanismos, pero estos son activados de diferente manera o por distintas vías en función del sexo.
En definitiva, parece que las mujeres son mucho más sensitivas que los hombres, pero “esta intensa sensibilidad, tanto de las mujeres adultas como de las adolescentes, significa que son casi el doble de propensas que los hombres en cuanto a sufrir depresiones y angustias, especialmente en el curso de sus años fértiles” (Madden). Cada vez más neurólogos están descubriendo que el miedo, el estrés, los genes, el estrógeno, la progesterona y la biología cerebral innata, desempeñan un papel decisivo. Numerosos eventos hormonales como el embarazo, el SPM, la depresión postparto, etc., pueden también alterar el equilibrio emocional femenino hasta el punto de requerir medicación.


CAPITULO 7. El cerebro de la mujer madura

Se ha hablado de la etapa fértil de la mujer como la época de mayores altibajos hormonales y emocionales, sin embargo, tras ella aún debe enfrentarse a un nuevo periodo de alteraciones. Se trata de la menopausia. Esta fase de cambios ha sido considerada como una de las etapas del desarrollo psicológico, pero a juicio de la autora, puede que también esté impulsado probablemente por “una nueva realidad biológica que tiene su base en el cerebro femenino cuando este emprende su último cambio hormonal en la vida”.
Donde antes todo era vértigo y confusión, subidas y bajadas incontrolables, poco a poco va reinando la calma y la constancia. Desciende el nivel de estrógeno y, con él, el de la oxitocina. Todo aquello que había acaparado el interés femenino a lo largo de su vida, a saber, la conexión social, la aprobación, los hijos y la seguridad o estabilidad familiar, dejan de ser la preocupación primordial de su mente. “La cambiante química de los cerebros femeninos es la causa de la modificación de la visión del mundo que se registra en sus vidas”. Por ejemplo, se mencionó la importancia del contacto físico con los hijos para activar y mantener los circuitos cerebrales de la maternidad, y segregar oxitocina y dopamina. Pues bien, cuando las mujeres entran en la menopausia, por regla general, sus hijos ya son mayores, puede que se hayan marchado de casa, y este vínculo físico ya no se da. Esto hace que la extremada preocupación por ellos y su cuidado se vea reducida, lo que da lugar a mayor independencia. La autora realiza un llamamiento al disfrute de este periodo vital, en que las mujeres tienen ocasión de centrarse más en sí mismas, desarrollar sus propios intereses y enriquecer su autoconocimiento.


CAPITULO 8. Epílogo: El futuro del cerebro femenino

El propósito de este libro ha sido ayudar a las mujeres a entenderse mejor a sí mismas a lo largo de su curso vital. Entenderse de una manera biológica y alejada de mitos y cánones sociales. Un conocimiento profundo respaldado por la ciencia.
La autora habla de lo que podríamos llamar “falacia feminista”: en la década de los 70, la consigna era abolir la diferencia de sexos; igualdad a toda costa. Pero no existe el cerebro unisex, y tener que igualarse al hombre hace un flaco favor a las cualidades femeninas. La pretensión de que mujeres y hombres sean lo mismo, aparte de biológicamente desacertada, acaba dañando a las mujeres. Sin ir más lejos, desconocer las diferencias biológicas de las mujeres, afectaría al conocimiento y tratamiento de muchas enfermedades.
Aunque el cerebro no haya cambiado desde esa “Edad de Piedra” que tanto gusta a la autora, sí lo ha hecho la sociedad, la demografía y las condiciones de vida. Ahora las mujeres dedican más tiempo a prepararse académicamente, quizá cuando tendrían que dedicarse a buscar pareja y tener hijos. Luego están más centradas en su carrera profesional, de ahí la dificultad de conciliar la vida laboral y familiar. Finalmente, el aumento de la esperanza de vida hace que las mujeres puedan seguir viviendo activa y satisfactoriamente años después de dejar de ser fértiles. Todos estos cambios, junto con las claves biológicas que los acompañan, han de ser conocidos y tenidos en cuenta por las mujeres para que puedan desarrollar una vida más plena y satisfactoria.


CAPITULO 9. Apéndice 1: El cerebro femenino y la terapia hormonal

Estudios de la Women´s Health Iniciative (WHI) y de la Women´s Health Iniciative Memory Studies (WHIMS) sobre el efecto de la terapia hormonal femenina ¿es conveniente tomar hormonas después de la menopausia? ¿Superan los beneficios a los riesgos? Parece que el descenso del estrógeno podría tener efectos sobre ciertas funciones cerebrales como la memoria, pero por otro lado, los citados estudios indican que el tratamiento con hormonas puede aumentar el riesgo de apoplejía, cáncer de mama y demencia.
El apéndice recoge investigaciones diversas al respecto y una especie de guía informativa sobre la menopausia y su relación con una posible medicación.


CAPITULO 10. Apéndice 2: El cerebro femenino y la depresión postparto

Afecta al 10% de las mujeres durante el primer año tras dar a luz. Parece que las mujeres que lo padecen sufren un aumento de la susceptibilidad genética a la depresión. De modo que puede haber genes que influyen en el riesgo de depresión, y que afectarían a las mujeres pero no a los varones, ya que ellos no sufren cambios hormonales significativos. Se describen los principales síntomas y características de esta transtorno, y se proponen soluciones como la lactancia y, en general, un tratamiento combinado de medicación y terapia.


CAPITULO 11. Apéndice 3: El cerebro femenino y la orientación sexual

¿Cómo se implanta la orientación sexual en el cerebro femenino?, se pregunta la autora. En primer lugar influyen las variaciones genéticas y las hormonas durante el desarrollo fetal, y más tarde, las experiencias y el entorno intervienen para reforzar las diferencias individuales. Entre un 5 y un 10% de la población femenina siente atracción por su mismo sexo. Parece que el cerebro femenino tiene la mitad de probabilidades de encontrar circuitos de atracción por el mismo sexo que el masculino; Brizendine sostiene que “la orientación sexual no parece ser una cuestión de autodefinición consciente, sino de circuitos cerebrales”.