The male brain 
El cerebro masculino 
Las claves científicas de cómo piensan y actúan los hombres y los niños
Louann Brizendine
RBA, 2010
Nº de páginas: 346

Resumen y traducción: Mariola Lorente Arroyo
 

COMENTARIO

Continuación de su anterior obra sobre el cerebro femenino. Al igual que en esta, se nos ofrece un recorrido por las etapas vitales del hombre, y los capítulos siguen un hilo conductor basado en casos reales adaptados de su experiencia profesional. Si bien ambos libros comparten estructura y ciertos contenidos, la neuropsicóloga no se limita a establecer comparaciones simplistas del tipo “los niños hacen A y las niñas B”, o “los hombres piensan X y las mujeres Y”. Explica las diferencias fisiológicas (estructurales y hormonales) y sus consecuencias sobre los distintos comportamientos y actitudes. Brizendine huye del tópico según el cual lo masculino es “simple” y lo femenino “complejo”. Es cierto que hormonas y estructuras cerebrales diferentes crean una realidad masculina distinta de la femenina, lo que suele ser distorsionado o simplificado por la cultura popular. Para la autora es evidente que existe un total desconocimiento entre ambos sexos, que no se comprenden entre sí, lo que “complica tanto las cosas que ni las mujeres ni los hombres tienen una idea clara de lo que el cerebro o el cuerpo del otro van a hacer de un momento a otro”. No obstante, la Biología no explica ni es responsable de todo; las arquitecturas cerebrales son cambiantes, la principal y más asombrosa característica del cerebro es su plasticidad. De modo que la cultura y la educación, los principios conductuales que recibimos, influyen en la modelación y remodelación del cerebro.
INDICE

CAPITULO 1. El cerebro del niño

Se sabe que, en un primer momento, todos los fetos (en animales y humanos) son hembra. Hasta las ocho semanas todo cerebro fetal es femenino. Si tras ese tiempo se produce una afluencia de testosterona, dicha hormona convertirá ese cerebro en masculino, eliminando células de ciertos centros (por ejemplo, comunicativos) y aumentando su número en otros (agresivos, sexuales). Acaban de salir a relucir dos elementos constitutivos de la masculinidad.
Los bebés varones se muestran principalmente atraídos por el movimiento. Sus circuitos visuales no se interesan por las caras, como los de las niñas, sino por formas geométricas y movimientos. Durante el desarrollo fetal, junto con la llegada de testosterona se incorpora la Sustancia Inhibidora Mülneriana (SIM), que contribuye a construir los órganos reproductivos y los circuitos cerebrales masculinos, anulando los de las conductas “típicamente femeninas”. Desde el nacimiento hasta el primer año de edad, se produce lo que los científicos denominan “pubertad infantil”, un periodo caracterizado por altos niveles de testosterona, equiparables con los de un adulto. Luego este nivel decae, pero el de SIM permanece alto. De ahí las clásicas particularidades de los niños pequeños: llevados por su afán exploratorio, no perciben las señales o advertencias de peligro. Necesitan moverse, y es probable que esta inquietud favorezca el aprendizaje. Por ejemplo, les confiere mayor capacidad de manipulación espacial. Su fijación por la acción y el movimiento se manifiesta en juegos y en la elección de juguetes, incluso en la forma de dibujar. Se aprecia una necesidad de expansión del propio cuerpo, de implicar los músculos. Los niños corren, se pelean y se pegan, intentan ganar y dominar. Importancia de la jerarquía. Son competitivos, mientras que las niñas se muestran cooperativas. Rechazo radical a las niñas y a su mundo, a cualquier conducta que pueda ser tachada de femenina. En torno a los once años, la llamada “pausa juvenil” de los niños toca a su fin. La testosterona comienza a aumentar y todos los rasgos aparecidos en la infancia (acción, riesgo, fuerza, etc.) se descontrolan. “Mientras la testosterona impulsa su realidad, se siente fuerte, valiente e invencible”; ciego y sordo a las advertencias de peligro.


CAPITULO 2. El cerebro adolescente

Los cambios entre el cerebro preadolescente y adolescente son notables. El cerebro está regulado por dos sistemas: activación e inhibición. Este último no se desarrolla hasta la veintena, por lo que se acelera mucho su conducta de riesgo sin ningún tipo de freno o reflexión. Algunas áreas cerebrales crecen desmesuradamente y otras se recortan o se redirigen. El cerebro tarda 8 ó 9 años en completar la remodelación, así que durante esta etapa los chicos se enfrentan a numerosos cambios. Dificultad de mantener la concentración en los estudios. Aparece la somnolencia, porque el ciclo de sueño empieza a cambiar. Los receptores de testosterona reprograman las células horarias del cerebro –en el núcleo supraquiasmático, o NSC- , de modo que necesita dormir más. Aumenta el aburrimiento, ya que el centro del placer a estas edades está como entumecido, se vuelve muy difícil de activar, no es lo bastante sensible para percibir los niveles normales de estimulación. Necesitan mayores dosis de riesgo, aventura, etc. También emerge la vasopresina, que vuelve al adolescente muy territorial con su habitación.
Uno de los objetivos fundamentales de las hormonas es inducir nuevas conductas mediante la modificación de las percepciones cerebrales. La testosterona y la vasopresina son las que alteran la percepción de la realidad del adolescente chico, al igual que hacen la oxcitocina y el estrógeno en las chicas. Propician las conductas agresivas y territoriales. Amígdala e hipotálamo se vuelven hipersensibles a las amenazas potenciales. Aunque no se note, la aceptación social se convierte en algo fundamental. La Zona Cingulada Rostral (una especie de medidor de aprobación-desaprobación), se encuentra en proceso de reajuste, por lo que pueden ser muy susceptibles. Esta ZCR puede responder a una habilidad adaptativa para integrarse y evitar la exclusión del grupo (lo que en su momento equivaldría a la muerte). Disminuye la comunicación. Barreras físicas sobre todo contra la madre, aversión al contacto físico. Intensa necesidad de independencia y separación de los progenitores y de adhesión al grupo de pares.
La llegada torrencial de testosterona dispara el desarrollo de los circuitos cerebrales masculinos configurados desde antes de nacer. Y este incremento afecta, fundamentalmente, a un ámbito: el sexual. La búsqueda sexual se instala en el centro de su mente, que parece interesada exclusivamente en la anatomía femenina.


CAPITULO 3. El cerebro del apareamiento: amor y deseo

Se estudia el proceso masculino de búsqueda de pareja, mediante el análisis de las señales de flirteo no verbales: impulsos de disponibilidad al contacto. Sin que exista conciencia de ello, una gran cantidad de elementos “en la sombra” (programados desde nuestros más remotos antepasados para detectar la máxima fertilidad) controlan la atracción por determinadas mujeres: feromonas, determinada figura, tono de voz, etc. Incluso el beso es un eficaz informador genético.
La autora indaga los mecanismos de la fidelidad masculina, que parece estar relacionada con los receptores de vasopresina. La testosterona y la vasopresina activan los centros de la amígdala y el hipotálamo y aparecen primitivos sentimientos de territorialidad y posesión, por lo que el temor a la pérdida o al rechazo puede intensificar el sentimiento de amor y el deseo de convivencia en pareja.


CAPITULO 4. El cerebro de las partes bajas

Un viaje por la sexualidad masculina. Investigaciones mediante PET demostraron que “aunque se observaban diferencias entre hombres y mujeres durante la estimulación, apenas se discernían diferencias cerebrales durante el orgasmo en sí”. Los circuitos cerebrales masculinos se saturan de noreprinefina, dopamina y oxitocina. Se activan intensamente las zonas del placer (área tegmental ventral, o ATV) y de inhibición del dolor (área gris periacueductal, o AGP).
En los hombres, la excitación sexual empieza en el cerebro y es muy visual. Se estudian aspectos relativos a este tema como la eyaculación precoz y la “narcolepsia poscoital”. Para lograr y mantener una erección, el hombre necesita que se produzca un equilibrio correcto entre el Sistema Nervioso Parasimpático y el Simpático. Un desequilibrio entre ambos sistemas sería una de las principales causas de eyaculación precoz. En cuanto a la “narcolepsia poscoital”, parece que la liberación de oxcitocina y dopamina posterior al orgasmo aporta cálidas y placenteras sensaciones de seguridad, que en los hombres se liberan en el hipocampo y pueden activar el centro de la somnolencia.


CAPITULO 5. El cerebro de papá

El cerebro del hombre cambia a medida que avanza la gestación de su hijo, pudiendo sufrir cambios físicos, emocionales y hormonales paralelos al embarazo de su pareja. Puede disminuir el nivel de testosterona y aumentar el de prolactina. Los científicos creen que los hombres quizá respondan a las feromonas procedentes de las glándulas sudoríparas y de la piel de la futura madre. Este cambio hormonal puede llegar a causar embarazo empático masculino, o síndrome de Couvade, documentado en futuros padres de todo el mundo.
Tras el nacimiento pueden darse muchos niveles diferentes de implicación en el cuidado de los hijos por parte de los padres. Parece que en los casos de mayor implicación los niveles de testosterona son más bajos. Lo que se ignora es si son los diferentes niveles hormonales los que producen la diferencia conductual, o si es la paternidad activa lo que reduce la testosterona. Se analiza la sincronía, el entendimiento padre-hijo. Aunque el cerebro de la madre está más alerta desde el primer día, el del padre pronto puede alcanzar el mismo nivel. Importancia de los juegos y el contacto con el padre para los bebés. “Los investigadores han observado que el juego paterno es más creativo e impredecible y, por tanto, más estimulante”. Igual ocurre con acciones tan dispares como las bromas y la severidad, claves del desarrollo y preparación para la vida de los niños.


CAPITULO 6. La virilidad: la vida emocional del hombre

Las distintas formas de sentir y expresar las emociones entre hombres y mujeres resultan obvias. Tradicionalmente, se solía atribuir esta diferencia solo a la educación. Si bien es cierto que esta tiene un gran peso en el refuerzo o inhibición de ciertas partes de nuestra biología cerebral, ahora se sabe que en realidad, el procesamiento de las emociones no sucede de igual manera en los cerebros masculinos que en los femeninos. Los estudios indican que el cerebro cuenta con dos sistemas emocionales que funcionan simultáneamente: el sistema neuronal especular (SNE) y el sistema de la unión témporo-parietal (UTP). Sencillamente, los hombres utilizan más un sistema (UTP), y las mujeres otro (SNE). El varón tiende a buscar soluciones prácticas a los problemas, y para ello debe ser “inmune” a las emociones del otro, que podrían empañar esta tarea. Esto puede ser percibido por las mujeres como incomprensión y falta de sensibilidad. De ahí la incompatibilidad de caracteres y la eterna queja: las mujeres son “demasiado” emocionales y reprochan a sus parejas que no las escuchan lo suficiente. Los hombres, para empezar, no saben identificar muy bien estados de ánimo en los rostros, y cuando una emoción estalla, se ven abrumados por la sorpresa y confundidos por la respuesta que de ellos se espera. Su forma de ayudar y ofrecer consuelo consiste en pensar soluciones.
Por otro lado, desde niños aprenden a ocultar emociones. Desde la perspectiva evolucionista que defiende la autora, parece más ventajosa la frialdad, no mostrar los sentimientos “al adversario”. En el resto del apartado se explican diferentes componentes del comportamiento masculino como el ego, la territorialidad o la mayor presencia de ira y agresividad.


CAPITULO 7. El cerebro masculino maduro

La llegada a cierta edad aporta al hombre un ritmo más lento, provocado por un cambio en la proporción de hormonas. “Hormonalmente, el cerebro masculino maduro se asemeja más al cerebro femenino maduro”. Por ejemplo, se vuelven menos territoriales, les importa menos mostrar sus emociones y expresan más afecto. Además siguen siendo fértiles durante mucho más tiempo que las mujeres, lo que puede traducirse en una “segunda” paternidad. Pero también pueden sufrir andropausia o menopausia masculina. El aumento de la esperanza de vida ha hecho que esta se de mucho más en nuestros días. En casos de gravedad, pueden aplicarse tratamientos de testosterona.
Por último se estudia “el cerebro del abuelo”, los beneficios de la relación y cuidado de nietos tanto para estos como para los abuelos.


CAPITULO 8. Epílogo: el futuro del cerebro masculino

El conocimiento de las particularidades del cerebro masculino puede ayudar tanto a hombres como a mujeres, sobre todo si son pareja, a mejorar su intimidad y comprensión mutua, contribuyendo a crear un auténtico equilibrio entre sexos. Este es el objetivo de la autora.


CAPITULO 9. Apéndice: el cerebro masculino y la orientación sexual

Ciertas investigaciones indican que la homosexualidad masculina podría deberse a diferencias estructurales. “Uno de los primeros estudios, de Dick Swaab, descubrió que una parte del hipotálamo, el núcleo supraquiasmático (NSC), es dos veces mayor en los varones homosexuales que en los heterosexuales. Esta diferencia posteriormente se ha demostrado que se debe a una diferencia en el modo en que reacciona la testosterona con el cerebro en desarrollo. Otros investigadores han observado que la comisura anterior –un haz de cables de alta velocidad que conecta los dos hemisferios del cerebro- es mayor en los varones homosexuales que en los heterosexuales”. Otros estudios señalan que “la asimetría anatómica en el tamaño de los dos hemisferios cerebrales, característica de los cerebros masculinos heterosexuales, no se observa en los cerebros masculinos homosexuales. Los estudios de resonancia magnética indican que, a este respecto, los cerebros masculinos homosexuales se asemejan más a los cerebros femeninos”. Por otro lado, también se aprecian diferencias en cuanto a los modelos de activación de la atracción sexual, siendo los homosexuales más sensibles a las feromonas masculinas.