Setting Limits 
Poner límites 
Cómo educar a niños responsables e independientes con límites claros
Robert J. MacKenzie
Ediciones Medici , 2006
Nº de páginas: 368

Resumen y traducción: Mariola Lorente Arroyo
 

COMENTARIO

Libro imprescindible que nos enseña cómo acabar con las eternas luchas y “escenas” que se producen a diario en casi todos los hogares con hijos. El autor reclama la importancia de los límites para niños y adolescentes, no como algo punitivo, sino como un elemento indispensable para su crecimiento y desarrollo. Los niños son investigadores natos. Exploran los límites, su firmeza, hasta dónde pueden llegar, intentan ir más lejos, etc. La mayoría de los problemas de comportamiento radican en que los padres no saben comunicar los límites con claridad. Los niños los cuestionan para clarificar normas que están poco claras.
Robert MacKenzie es psicopedagogo y terapeuta familiar. En esta obra ofrece técnicas y procedimientos de probada eficacia que no sólo corrigen las malas conductas, sino que ayudar a hacer que los hijos colaboren y se comporten adecuadamente, sentando unas bases positivas, respetuosas e instructivas.

INDICE

CAPITULO 1. Por qué son importantes los límites

No cabe duda de que los niños necesitan límites. Quieren y necesitan comprender las normas que rigen su mundo. Quieren saber qué se espera de ellos, a qué atenerse con los demás, hasta dónde pueden llegar y qué sucede si van demasiado lejos. Los límites desempeñan un papel fundamental en el proceso de aprendizaje y descubrimiento. Por eso es tan importante que las señales que se transmiten a los hijos sean claras. Los límites ayudan a los niños a investigar; definen las conductas aceptables, definen las relaciones, son puntos de referencia para el grado de desarrollo y procuran seguridad.
Poner límites es un proceso dinámico. Los niños crecen y cambian, y al hacerlo se van preparando para tener más libertad, privilegios y responsabilidad. Los niños necesitan oportunidades para explorar su mundo, practicar sus habilidades y desarrollar su competencia e independencia. Los límites deben respaldar, no obstaculizar, este proceso normal de desarrollo. Por ello hay que adaptar los límites cuando los hijos demuestran que están preparados para asumir más libertad y responsabilidad. Los límites deben ser lo suficientemente firmes y, a la vez, flexibles para permitir este crecimiento y desarrollo.
Modelos de límites:
- control excesivo (límites demasiado restrictivos): libertad insuficiente para probar y explorar. Resultados: inhibe el aprendizaje y la responsabilidad. Incita a rebelarse.
- control insuficiente (límites demasiado amplios): libertad excesiva. Resultados: inhibe el aprendizaje y la responsabilidad. Incita a cuestionar los límites de una forma excesiva.
- Control ambiguo (límites incongruentes): libertad incongruente. Resultados: inhibe el aprendizaje y la responsabilidad. Incita a cuestionar los límites y a rebelarse.
- Control y límites equilibrados: libertad basada en la responsabilidad. Resultados: fomenta el aprendizaje y la responsabilidad. Incita a colaborar.


CAPITULO 2. Cómo enseñan sus normas los padres

Es conveniente que los padres conozcan su estilo de enseñanza, para que sean conscientes de sus errores.
Se explican las características de los enfoques punitivo, permisivo, combinado y democrático: las creencias de los padres, el mensaje que reciben los niños, sus reacciones, quién ostenta el poder y quién resuelve los problemas. Como siempre, la clave está en el equilibrio. En este caso, entre firmeza y respeto. El enfoque denominado democrático, proporciona libertad y la posibilidad de elegir dentro de unos límites bien definidos. Es colaborador, no confrontador. Además, exige mucho menos gasto de energía por parte de los padres.


CAPITULO 3. Cómo aprenden las normas sus hijos

Las palabras tienen que coincidir con los actos. Los problemas surgen cuando se intenta enseñar con palabras, ya que los niños aprenden a partir de actos.
Gran parte de lo que los padres interpretan como malas conductas, son en realidad las formas de sus hijos de comprobar si los límites son firmes. O de buscar la respuesta a preguntas como ¿qué está bien?, ¿quién manda?, obedecer las normas, ¿es opcional u obligatorio?
De manera que todos los niños cuestionan los límites para ver a dónde pueden llegar. Pero no todos lo hacen de la misma manera. Existen diferentes estilos de investigación y distintos temperamentos. Los niños obedientes no cuestionan los límites muy a menudo ni necesitan muchos datos para extraer la conclusión adecuada. Los obstinados, en cambio, son investigadores agresivos. Necesitan experimentar los límites de forma reiterada antes de convencerse de su firmeza. Necesitan muchos datos antes de convencerse de que deben obedecer las normas.
Los niños reciben las normas de sus padres a través de dos canales: las palabras (normas en la teoría) y los actos (normas en la práctica). Si ambas se contradicen, el niño hará lo que le dé la gana. Si la palabra es “no”, pero no hay consecuencias, la acción transmite que no pasa nada por persistir en el mal comportamiento. Los niños necesitan normas concretas. Y sólo los actos son concretos, no las palabras. Los actos definen las normas.


CAPITULO 4. La danza de la familia

El autor denomina “danzas” a las pautas familiares de resolución de conflictos. Pautas destructivas e ineficaces. Todas se inician con mensajes poco claros sobre las normas. La ira, la resistencia o la ignorancia, las avivan. Así se intensifica el conflicto y se transforma en una lucha de poder. Con el paso del tiempo, estas danzas se convierten en el hábito de la familia. Se repiten de continuo para resolver cualquier problema, y los miembros de la familia ni siquiera son conscientes de este patrón. Reconocer la danza es el primer paso para librarse de ella. La mejor forma de ponerla fin, es no iniciándola. Estas danzas son agotadoras e interminables. Peticiones, razonamientos, amenazas, repeticiones, gritos, amenazas, castigos… al final, no sirven para nada, pues la conducta en cuestión vuelve a repetirse, se inicia de nuevo la danza, etc. La forma de evitar las danzas está en manos de los padres. Deben transmitir mensajes sencillos sobre las normas y respaldarlos con actuaciones efectivas.


CAPITULO 5. ¿Son sus límites firmes o blandos?

Existen dos clases fundamentales de límites: firmes y blandos. Ambos difieren en su eficacia para transmitir el mensaje deseado.
Los límites blandos son normas en la teoría, no en la práctica. Desde una perspectiva educativa, este tipo de límites es del todo inefectivo, puesto que no logra ningún objetivo. No pone fin a la mala conducta, no fomenta la conducta aceptable, ni promueve el aprendizaje positivo de normas o expectativas de comportamiento. Y lo que es peor, produce el efecto contrario. Inducen a cuestionarlos, conducen a luchas de poder e intensifican las malas conductas. De hecho, son la causa de casi todas las danzas de familia.
Formas:
- peticiones poco firmes
- repeticiones y avisos
- discursos, lecciones y sermones
- ignorar la mala conducta
- instrucciones poco claras
- dar mal ejemplo
- pactos
- discutir
- premios
- falta de coherencia entre los padres
- quedarse a medias

Por su parte, los límites firmes transmiten señales claras sobre las normas y sobre qué se espera de los hijos. Las palabras concuerdan con los actos. Los chicos aprenden a tomarse en serio lo que se les dice y a colaborar. La comunicación mejora, y no se baila danza alguna. Son herramientas educativas muy efectivas.
¿Cómo definir unos límites firmes?
- centrarse en el mensaje sobre la conducta
- ir al grano
- emplear un tono de voz normal
- especificar, si es necesario, las consecuencias (no significa amenazar)
- respaldar las palabras con actos


CAPITULO 6. Cómo abandonar la pista de baile

Reúne una serie de técnicas para que los padres no inicien danzas familiares:
- Verificación: consiste en asegurarse de que el hijo ha escuchado y entendido lo que se le pide que haga. Si es así, y persiste sin hacer nada al respecto, se aplica la consecuencia.
- Corte: como indica su nombre, consiste en cortar la discusión antes de que se produzca, estipulando consecuencias si el hijo se obstina en el tema.
- Tregua: tomarse unos minutos para calmarse, antes de seguir hablando, en habitaciones separadas.


CAPITULO 7. La motivación: el idioma de la colaboración

A la hora de pedir colaboración a los hijos, es muy importante la manera en que se hace. Mensajes alentadores y desalentadores surten efectos muy distintos en la conducta. Los primeros inducen a colaborar y los segundos inducen previsiblemente a oponer resistencia. Los mensajes desalentadores suelen ir unidos a límites blandos, y los alentadores a límites firmes.
Se explican ambos tipos de mensajes, que a su vez se transmiten de manera verbal y a través de las acciones.
Ejemplos de mensajes desalentadores:
- verbales: ¿sería pedir demasiado que me trates con respeto?, ¡Vaya! Has hecho los deberes, para variar, sabía que no te podía dejar sólo sin que pasara algo, ¿es que no puedes colaborar, aunque sólo sea de vez en cuando?, ahora sí que te has cubierto de gloria. Estos mensajes, en realidad, transmiten al niño que lo que se espera de él es el mal comportamiento. Los mensajes los culpan, los humillan, los desafían, los avergüenzan, los hacen de menos… además, culpan al niño por su forma de ser y no por su acción, lo que constituye un grave error.
- acciones: por ejemplo, ayudar a los niños a hacer cosas que ellos ya saben hacer. Les quita la confianza en sí mismos y les transmite el mensaje de que son incapaces, a pesar de la buena intención de los padres.
Mensajes alentadores:
Hacen sentir bien y motivan para colaborar. Colman la necesidad de ser tenidos en cuenta, reafirman la sensación de ser competentes e infunden confianza en la capacidad para resolver problemas. Son una poderosa fuerza motivadora. Saber qué hay que motivar es la clave para utilizar estos mensajes de un modo efectivo.
¿Qué es lo que se quiere motivar/transmitir?:
- tomar mejores decisiones
- motivar conductas aceptables
- motivar la colaboración: no hay que esperar a que los niños se porten mal, hay que valorar siempre las buenas conductas espontáneas. Así, será más probable que las repitan en el futuro.
- Motivar la independencia: hay que dejar margen y dar opciones para que puedan resolver algunos problemas ellos mismos.
- Motivar los progresos


CAPITULO 8. Cómo enseñar habilidades para resolver problemas

Los niños no aprenden sólo con lo que sus padres les dicen; necesitan practicar y que les sigan instruyendo. En este apartado se enseñan técnicas que, aplicadas de manera sistemática, resultan muy eficaces para enseñar a los niños a tomar decisiones y resolver problemas.
- A veces, la información no basta. No sólo hay que saber qué hacer, sino cómo hacerlo.
- Representar la conducta correctiva: enseñar los pasos para hacer algo (enseñar alguna habilidad sin que haya mala conducta), animar a repetir, etc.
- “Vuelve a intentarlo”: después de una mala conducta poco importante, expresar un límite firme y animar al hijo a que muestre la conducta correcta animándole a que lo vuelva a intentar.
- Explorar opciones: pensar alternativas y animar a escoger la mejor.
- Opciones limitadas (dos o tres, incluyendo alguna consecuencia lógica). Siempre, después de plantearlas, preguntar ¿qué quieres hacer? Esta pregunta achaca la responsabilidad al niño.


CAPITULO 9. Cómo respaldar sus normas con consecuencias

Las consecuencias son poderosas herramientas en el proceso de instrucción y aprendizaje. Ponen fin a las malas conductas, transmiten mensajes inequívocos sobre cuáles son las normas y enseña a los hijos a responsabilizarse de sus decisiones y de su conducta. La forma de aplicar las consecuencias determina la efectividad. Consejos:
- inmediatez
- congruencia
- conexión: la consecuencia tiene que estar relacionada con la mala conducta.
- Dar buen ejemplo
- Limitar el tiempo: una consecuencia no es más efectiva porque dure más, al contrario. Se debe establecer un tiempo concreto, entre 5 y 20 minutos, y comunicárselo al niño. Siempre especificar la duración, en vez de decir “hasta nueva orden”, o “el resto de la tarde”. Otra opción es un minuto por cada año de edad, y duplicar o triplicar el tiempo ante casos puntuales extremadamente graves.
- Hacer borrón y cuenta nueva: cuando ha cesado la conducta, no estar constantemente recordándolo si ha cambiado de actitud. Dar oportunidades.

Se establecen cuatro tipos de consecuencias: naturales, lógicas, pausa obligada e imposición física.
- Consecuencias Naturales: simplemente, dejar que ocurra lo que tiene que ocurrir. Si se está jugando con un helado y se cae al suelo, se ha acabado el helado, no hay más. O si se rompe un juguete por maltratarlo.
Situaciones:
o cuando juguetes, ropa u objetos favoritos se pierden, dañan o son robados por descuido, mal uso o falta de responsabilidad.
o Cuando los niños convierten el olvido en una costumbre.
o Cuando no ponen de su parte.

- Consecuencias Lógicas: a diferencia de las naturales, las consecuencias lógicas están determinadas por los padres. Están lógicamente relacionadas con la situación o la mala conducta. Cómo utilizarlas:
o Utilizando un tono de voz normal.
o Pensando de forma simple. En la mayoría de las ocasiones, basta con separar al niño del objeto, persona, actividad o privilegio con el que se está portando mal.
o Antes de la mala conducta, plantear opciones limitadas.
o Después de la mala conducta, aplicar las consecuencias lógicas inmediatamente.
o Utilizar un reloj (alarma) cuando el niño remolonea y lo deja todo para el último momento.
o Emplear estas consecuencias tan a menudo como sea necesario.

Cuándo utilizarlas:
1. mal uso de juguetes u objetos personales
2. dejar algo sin recoger
3. conductas destructivas
4. mal uso o abuso de privilegios

- Pausa Obligada: enviar al niño a algún cuarto tranquilo de la casa durante un periodo breve. No malinterpretar como el clásico “vete a tu habitación”, que no sirve para nada. Este método da óptimos resultados en todas las edades, siempre que se plantee con firmeza como una consecuencia lógica.
1. explicar en qué consiste antes de utilizarla
2. escoger una zona apropiada para la pausa obligada
3. utilizar reloj y precisar la duración
4. cuando el niño cuestione los límites, plantear la pausa obligada como una de las opciones limitadas
5. cuando se han incumplido las normas, aplicar directamente la pausa
6. después de ella, hacer borrón y cuenta nueva
7. aplicarla siempre que haga falta.

Cuándo utilizar la pausa obligada:
o conductas que cuestionan los límites
o conductas irrespetuosas
o conductas desafiantes
o conductas hostiles y ofensivas
o conductas violentas o agresivas
o rabietas

- Imponerse físicamente: el último recurso. No confundir con pegar ni lastimar. Por ejemplo, llevar en brazos o de la mano a la zona de pausa obligada, sujetar del brazo si intentan salir, o cerrar la puerta.


CAPITULO 10. Cómo poner límites a los adolescentes

Los adolescentes alcanzan un mayor desarrollo intelectual, pueden razonar de manera abstracta y se interesan por el futuro. Son más conscientes de sí mismos y de su conducta, pueden hacer planes a largo plazo y explorar las consecuencias de posibles acciones o decisiones. Por tanto, pueden empezar también a cuestionar límites con su intelecto además de con su conducta.
Por otro lado, necesitan experimentar. La exploración es un componente esencial del proceso de descubrimiento de uno mismo. Los adolescentes necesitan explorar las normas que atañen a tener más libertad e independencia. Cuando cuestionan a sus padres, los adolescentes necesitan respuestas claras a sus preguntas, no límites blandos ni danzas. No podemos ayudarlos si estamos inmersos en una lucha de poder. La forma de hacerlo es mediante unos límites que les guíen en su exploración. Los límites respaldan el proceso de autodescubrimiento.
De manera que los principios básicos que se han ido exponiendo continúan siendo válidos. Siguen necesitando límites firmes, orientación, motivación y consecuencias instructivas. No obstante, habría que adaptar los métodos en algunos aspectos, ya que ahora se dirigen hacia personas mayores y más capaces:
- límites más flexibles (no confundir con blandos)
- más participación en la toma de decisiones
- más ayuda para explorar opciones
- consecuencias de mayor duración
- redefinir las normas básicas


CAPITULO 11. Cómo ayudar a niños con hiperactividad e inatención

Los niños con déficit de atención plantean algunos de los problemas de conducta más difíciles de abordar a los que se enfrentan padres y profesores. Necesitan mucha estructura y apoyo y una orientación sistemática para mantenerlos bien encauzados y ayudarles a aprovechar al máximo sus capacidades.

El TDA o el TDAH (trastorno por déficit de atención e hiperactividad) tiene rasgos tanto neurológicos como conductuales y se caracteriza por un deterioro en tres áreas específicas: capacidad de concentración, control de los impulsos y nivel de actividad. Aunque casi todos los niños con este trastorno muestran los síntomas combinados de inatención, impulsividad e hiperactividad, algunos muestran preponderancia de síntomas en un área específica. La hiperactividad no es indispensable para el diagnóstico. Es un trastorno infantil bastante frecuente. La mayoría de niños es diagnosticado al entrar en la escuela primaria y, al contrario de lo que suele creerse, los síntomas no desaparecen durante la adolescencia.

Los principales síntomas de la inatención consisten en gran facilidad para distraerse, dificultades para escuchar instrucciones y seguirlas, para concentrarse en una tarea y terminarla, dificultades para no rezagarse en la lectura de libros y entrega de trabajos y la tendencia a saltar de una tarea a otra sin terminarlas. Muchos de estos niños se frustran y abruman fácilmente con la cantidad o la dificultad de los ejercicios de clase, por lo que optan por no hacerlos; y cuanto más los evitan, más se rezagan y más se frustran y desaniman. Algunas de estas conductas sintomáticas son propias de los niños alguna vez. Los niños con TDA las muestran mucho más a menudo y, sobre todo, para ellos surten un efecto perjudicial en su rendimiento académico, sus relaciones con los compañeros y adultos y su equilibrio socio-emocional.

El TDA se puede tratar, pero si no se hace a tiempo, los niños corren el riesgo de desarrollar diversidad de problemas: fracaso escolar, falta de autoestima, desadaptación, problemas emocionales y conductuales, etc. De ahí la importancia de una rápida intervención. El tratamiento más efectivo es un enfoque múltiple que combina una serie de terapias: tratamiento médico, adaptaciones del aula, control de conducta y ayuda psicopedagógica y psicológica.

Los niños con TDA aprenden mejor a partir de lo visual y la experiencia. Necesitan mensajes de acción o consecuencias frecuentes y congruentes para aprender las normas y necesitan que se les presenten estos datos de una forma clara, firme y respetuosa.


CAPITULO 12. Cómo abordar las tareas

Ayudar en las tareas del hogar es una excelente manera de enseñar a un niño a ser responsable y contribuir a que se sienta como un miembro útil de la familia. Pero las tareas pueden ser también fuente de conflictos y luchas de poder. ¿Cómo lograr que los hijos hagan sus tareas porque saben que son responsabilidad suya y no por obligación? Por otro lado, ¿qué tipo de tareas pueden hacer los niños? ¿A qué edad deberían empezar?
Normalmente los padres hacen muchas cosas por sus hijos que en realidad ellos son capaces de hacer solos. No están seguros de que tengan edad o capacidad suficiente, es más fácil y rápido si lo hacen los padres, etc. Sin embargo, así no hacen ningún favor a sus hijos, ni tampoco a sí mismos.
Cuanto antes se empiece a hacer que los niños recojan su ropa y juguetes o los restos de su merienda, mejor. ¿Qué pasa cuando los padres lo demoran hasta que tienen 8, 10 o más años? En esos casos no es demasiado tarde, pero sí más difícil. Se tendrá que recurrir más a los límites firmes y a las consecuencias lógicas. Empezar tarde es sin duda preferible a no empezar nunca.
Hay que explicar claramente qué se espera de ellos (hacer su cama, recoger la habitación, poner y quitar la mesa, poner el lavavajillas…), y mostrárselo con el ejemplo. Hay que especificar cuándo deben hacerlo. No sirve ser laxo (durante el fin de semana), porque entonces lo irán postergando hasta no hacerlo. Se pueden dar opciones limitadas: pueden hacerlo antes o después de los deberes, o antes de comer; según la tarea que sea. Hay que asegurarse de que han entendido lo que les pedimos, y fijar la consecuencia lógica de que no lo hagan. No podrán salir a jugar, o ver la tele, etc. Y, por supuesto, hay que ser firme en este punto. Siempre es mejor programar las tareas para que tengan que hacerse antes de una actividad gratificante. De esta forma, no hacer la tarea va seguido directamente de la consecuencia.
El autor ofrece unos consejos sobre cómo organizar y recordar las tares de los niños y propone un listado de tareas que los niños pueden hacer, por edades.


CAPITULO 13. La danza de los deberes

Los deberes escolares para casa, incluyen tres participantes: los profesores, los niños y los padres. Para que el sistema funcione, cada uno de sus componentes debería desempeñar su cometido. Pero ¿cuál es el propósito de los deberes? Por un lado, es evidente que su misión es hacer a los niños practicar para mejorar sus habilidades; la práctica es indispensable para dominar una habilidad. Por otro, los deberes enseñan otras lecciones más importantes que las notas no pueden medir: responsabilidad, autodiscipina, independencia, perseverancia y organización del tiempo. A la larga, estas son las habilidades más valiosas. En general, padres y profesores tienden a centrarse en las primeras, dejando estas últimas de lado.
Muchos padres se implican demasiado en los deberes de sus hijos, anulando la posibilidad de que estos aprendan responsabilidad. Estos sistemas son desequilibrados. Un sistema equilibrado de deberes, incluye:
- un momento para hacer los deberes (siempre el mismo)
- un lugar (siempre el mismo)
- ayuda limitada (durante un momento estipulado)
- aplicar consecuencias lógicas si no se cumple con el deber
Los deberes deben ser un hábito, una rutina. Los padres deben limitar su intervención en los deberes. Deben clarificar los cometidos y responsabilizar a sus hijos.


CAPITULO 14. Cómo prepararse para el cambio

La mayoría de métodos de este libro son claros y fáciles de aplicar. Los problemas vienen de la resistencia que suelen provocar: de los hijos, de otros miembros de la familia e incluso de los propios padres. Es difícil abandonar “la pista de baile”. Vencer viejos hábitos no es un proceso fácil. Tras años de convivencia, resulta difícil introducir y acostumbrarse a un nuevo modo de hacer las cosas, aunque este sea mejor que el anterior.
En primer lugar, para que los demás acepten el cambio, hay que demostrar congruencia. No hay que ceder a la resistencia de los hijos ni a sus intentos por minar los nuevos sistemas que se introduzcan –comentarios del estilo “eres malo, te odio”, serán habituales-. Las cosas incluso pueden empeorar durante un tiempo antes de comenzar a mejorar. Hay que vencer la tentación de caer en sermones, amenazas, repeticiones… Las consecuencias jugarán un papel importante, sobre todo al principio. Es probable que haya que utilizarlas con frecuencia para respaldar las nuevas normas, poner fin a las malas conductas y responsabilizar a los hijos de sus decisiones inaceptables. Cuanta más coherencia se consiga entre lo que se dice y lo que se hace, antes aprenderán los niños a escuchar, a cuestionar menos y a colaborar sin necesidad de consecuencias. Por supuesto, los cambios no ocurren de la noche a la mañana. Hay que ser firme y esperar.
Es posible que si se empleaba un enfoque permisivo, el nuevo método parezca demasiado duro. Y si el enfoque era punitivo, resulte demasiado blando. Hay que tener paciencia y perseverar. Parte de la resistencia con que se topan los padres está creada por sus expectativas poco realistas respecto al proceso de cambio. Por ello el autor propone un decálogo de falsas creencias sobre el cambio.
Para concluir, tenemos unas sugerencias sobre cómo empezar, distribuidas en función de las edades, desde los dos años a la adolescencia.