APRENDER A VIVIR 
Jose Antonio Marina
Ariel, 2004
Nº de páginas: 206

Resumen y traducción: Rafael Bernabeu
 

COMENTARIO

Creo que este libro contiene cuatro niveles. El primero es una teoría de la emergencia de la personalidad dividida en tres etapas, que da lugar a una personalidad compuesta por lo recibido, lo aprendido y lo elegido. Dentro de esta estructura hay cuatro elementos centrales: el temperamento, el carácter, la acción y la identidad. Hay también otros elementos, más externos a la personalidad, más sociales, que son los valores y los proyectos fundamentales. Y hay muchos otros elementos, interrelacionados, que aportan el contenido de la personalidad, que constituyen a la persona. Las relaciones entre todos estos factores están descritas y forman un conjunto, pero sus influencias son a veces conflictivas, hay dualidades y relaciones más complejas. En el segundo nivel, contiene una teoría educativa, un modelo nuevo que propone educar para la vida, educar todo lo que es posible en un niño, generar en vez de coartar sus posibilidades, como factores de futuro, y educar en colaboración. Es una teoría educativa que comprende el desarrollo biológico, cognitivo, afectivo, social y moral del niño y del adolescente. En un tercer nivel, surgen los problemas concretos, como el miedo aprendido, la violencia, las dificultades de atención, las dependencias, entre otros. Y finalmente, en un cuarto nivel, hay un recorrido por las aportaciones teóricas y experimentales de la psicología sobre diferentes cuestiones del desarrollo de la personalidad, desde perspectivas diversas y con referencias bibliográficas.
INDICE
PARTE 1: LA TEORÍA

LA TEORÍA

CAPITULO 1. Aprender a vivir

No aprendemos a vivir biológicamente, porque todos los procesos que lo hacen posible se producen en principio sin la intervención de nuestra voluntad. Sin embargo, según crecemos, comenzamos a tener que tomar decisiones sobre cómo queremos vivir. Así surge la diferenciación entre “vivir” y “vivir bien”, como anticipación consciente de lo que queremos ser. Para saber qué es “vivir bien” necesitamos tener en cuenta los valores, aquello que apreciamos como importante para la vida, que puede orientar nuestra voluntad hacia el logro de tres metas básicas: la salud, la felicidad y la dignidad. Estas tres cosas las deseamos para nosotros mismos, pero sobre todo las deseamos para los niños. Pero además, el niño por sí mismo – igual que el adulto- tiene una serie de deseos y de necesidades que se traducen en dos motivaciones básicas: el bienestar y la ampliación de las posibilidades, cuya consecución conjunta da lugar a la felicidad. Por lo tanto, la felicidad se convierte en el centro del aprendizaje de la vida, en el eje alrededor del que se ordenan los esfuerzos y los logros. Y dado que no es un solo sujeto aislado el que busca estas metas, sino muchos individuos que establecen entre sí relaciones en diferentes niveles, la felicidad solo es alcanzable cuando es un proyecto compartido socialmente. Como en toda actividad, la persona necesita disponer de una serie de recursos, unos de tipo personal y otros de tipo externo, que entre ambos forman el “capital” ( personal y social) que el niño en este caso puede heredar de los adultos, tanto de sus padres como de toda la sociedad. Esta “teoría de los recursos” es la base del modelo educativo que propone este libro. Desde esta perspectiva se puede estudiar el desarrollo del niño aplicando una psicología de los recursos, que puede dar lugar a la siguiente definición: “ Educar es ayudar a que el niño desarrolle sus capacidades, construya adecuadamente su memoria, produzca buenas ocurrencias y se comporte adecuadamente”. Cada elemento de esta definición contiene a su vez varios: - Capacidades son percibir, recordar, relacionar, anticipar, comprender, hablar, razonar, adquirir habilidades motoras y desarrollar buenos estilos afectivos. - Construir adecuadamente su memoria es asimilar los conocimientos, valores y destrezas convenientes ( acceder al lenguaje, a la ciencia y a la experiencia). - Ocurrencias son las ideas, deseos, sentimientos, proyectos, palabras, recuerdos, imágenes que aparecen en la conciencia. Las “buenas” ocurrencias serían inteligentes, adaptativas, felices, animosas, brillantes y adecuadas a la situación. - Comportamiento adecuado es la expresión de la inteligencia a través de la acción, consiguiendo evitar aquellas acciones que perjudicarían a otros o nos dañarían a nosotros mismos. Esta educación destinada a la felicidad se tiene que llevar a cabo en un mundo complejo de influencias y contradicciones, por lo que de entre todos los comportamientos posibles, es necesario educar al niño y al adolescente para que aprendan a saber por sí mismos cuáles de ellos pueden con mayor probabilidad conducirles a la felicidad o ponerles en ese camino.


LA TEORÍA

CAPITULO 2. La aventura de crecer

La vida del ser humano comienza con una vertiginosa mezcla de sensaciones que al principio solo son eso, ya que están indiferenciadas del niño en sí mismo en su experiencia. El primer paso es situarse a sí mismo “en el centro del paisaje”, lo que permite comenzar a identificar las cosas y las personas que dan lugar a las sensaciones, así como ir elaborando las emociones que surgen de los estados corporales y en la comunicación. La reflexión es importante, porque significa verse a sí mismo viendo y experimentando el mundo, es un lugar desde el que construir. El bebé, a pesar de su fragilidad, crece de manera tenaz, activa, creadora y constante, desde que nace hacia su futuro. El crecimiento de su organismo es muy veloz, tanto antes como después del nacimiento. La fuerza de las impresiones que le producen sus sentidos va en aumento progresivamente a medida que entra en relación con su entorno y con las personas. Luego, sienten el deseo de tocar, mover, probar, en definitiva jugar. Y juegan también con las palabras desde que comienzan a utilizarlas. El crecimiento del niño se orienta hacia cuatro capacidades de la acción: moverse, comunicarse, hablar y jugar. Ninguno de estos actos sencillos tiene para el niño la misma significación que para nosotros. Para él son siempre emocionantes y a medida que los experimenta siente mayores deseos de repetirlos una y otra vez, siempre modificándolos. El impulso hacia el movimiento es espontáneo e instantáneo en el niño. La comunicación es una capacidad que desarrolla activamente desde que nace, construyendo un diálogo compartido con su madre que muchos autores han considerado históricamente una de las claves primordiales del desarrollo afectivo y social de la personalidad. Esta comunicación es muy sutil y el bebé es un receptor y emisor muy preciso de estados emocionales propios y de la madre, o del padre. Esta corriente comunicativa da lugar al lenguaje. Es innegable que de una forma u otra nacemos preparados para adquirirlo. El lenguaje va naciendo del mundo en el que vive el bebé, ya que los significados que otorga a los objetos y sujetos de su mundo, así como a los acontecimientos, se van trasladando a palabras, lo que supone una nueva posibilidad de jugar con ellos. El habla es la expresión del lenguaje, pero desde que comienza a utilizarse, el lenguaje está presente continuamente. Aunque puede parecer un proceso rápido, y en cierto sentido lo es, la adquisición de un lenguaje dura años, inicialmente de los 18 meses a los 6 años, período en el que el niño adquiere un léxico de unas 10.000 palabras, y un uso amplio de las estructuras lingüísticas. Todos estos aprendizajes el niño los hace jugando. Hay que tener en cuenta que durante el inicio de su vida, el niño está aún en una fase de maduración de su sistema nervioso, sobre todo en los primeros 18 meses. Esto tiene la consecuencia de que su regulación afectiva sea complicada y esté llena de desequilibrios. Pero dentro de esta desorganización aparente, el niño en este período progresa a través de muchos estados diferentes con un sentido y unas metas muy claras que le llevan a niveles cada vez mayores de autonomía y de organización tanto motriz, como afectiva y cognitiva. Sin “parar un momento”, los niños avanzan diariamente en sus capacidades, en un proceso que supone crear las bases de su propia persona para el resto de su vida. Todo se produce en relación, por lo que no todas las emociones y acciones son armoniosas, hay llanto, enfado, rebeldía, y hay también imaginación, miedo, juicios. El niño lo que va logrando con su aprendizaje es una autonomía cada vez mayor. Va transformando aquellas estructuras cotidianas y afectivas que dan forma a sus estados y a sus emociones en algo propio, las hace internas y comienza a regularse a sí mismo, a establecer sus propios equilibrios en las relaciones con su mundo. Este es un proceso que implica una transformación de lo externo y lo inmediato en lo interno y duradero, lo que tiene una naturaleza al mismo tiempo cognitiva y afectiva. En este sentido, el niño aprende las relaciones de autoridad, el inicio de las normas y la elaboración social del comportamiento. A pesar de lo que podría parecer, el niño siente como una manifestación de amor que sus padres construyan alrededor suyo un mundo con dimensión moral. Aunque puede parecer que lo moral no es aplicable a la infancia, por su naturalidad y su inocencia, la verdad es que es un elemento básico e importantísimo en la vida del niño. El niño puede vivir lo moral como un instrumento heredado ( cultura) y eficaz para distinguir lo bueno de lo malo, algo que importa mucho emocionalmente al niño. El niño crece en un dinamismo generado por dos motivaciones a veces contrarias: el placer ( calma, bienestar, seguridad ) y la estimulación ( agitación, desequilibrio, cambio). Crecer significa estar cambiando constantemente el peso de esos dos elementos y decidir. Por último, el niño vive en un mundo tan plástico, de experiencias tan globales e impactantes, que la realidad aún no tiene límites precisos, y tarda algunos años en definir y conocer algunas de sus propiedades. Su identidad se construye entre la imaginación y lo real, entre sí mismo y los otros. El niño puede mantener un equilibrio interno dentro de un mundo que para cualquier adulto sería “demasiado”.


LA TEORÍA

CAPITULO 3. Una teoría educativa de la personalidad

A pesar de la individualidad que se manifiesta en el hecho de que cada persona es única, es posible plantearse una serie de rasgos de personalidad, que pueden ser compartidos, que deberían favorecerse y estimularse a través de la educación. La inteligencia, la autonomía, la tenacidad, la capacidad de amar, el poder de recuperación ante el fracaso, la energía para enfrentarse a los problemas, la valentía, el sentido del humor, la aptitud para disfrutar de las cosas, la delicadeza, el entendimiento con los demás, la creatividad, el sentido de la justicia, etc... pueden ser algunas propiedades de la personalidad deseables y necesarias. ¿ Por qué? Porque esas cualidades son necesarias para acercarse a la felicidad y para crear un mundo digno de convivencia. Pero, ¿ de dónde podemos obtener esos elementos de la personalidad? Podemos responder a esa pregunta con una teoría de la personalidad que describe cómo emerge, distinguiendo tres etapas: - Personalidad recibida: es la matriz personal, genéticamente condicionada. Sus elementos principales son las funciones intelectuales básicas, el temperamento y el sexo. - Personalidad aprendida: es el carácter. El conjunto de hábitos afectivos, cognitivos y operativos adquiridos a partir de la personalidad base. Siendo muy estables, son aprendidos. - Personalidad elegida: es el modo como una persona concreta en una situación concreta se enfrenta o acepta su carácter y juega sus cartas. Incluye el proyecto vital, el sistema de valores, el modo de desarrollar ese proyecto en esa circunstancia. Mientras que el temperamento y el carácter son manifestaciones de la inteligencia computacional, del yo ocurrente, la personalidad elegida incluiría la inteligencia ejecutiva, el yo ejecutivo. La personalidad sería el modo en que una persona aplica sus capacidades en su situación vital. Tiene un aspecto estructural ( capacidades y recursos), un aspecto coyuntural ( planes para una situación) y un aspecto circunstancial ( la propia situación). Lo que define una personalidad es el modo en que un individuo elige y realiza sus planes personales, aplicando sus recursos en una situación dada. Con un pensamiento sistémico, podría concluirse lo siguiente con respecto a las relaciones entre la personalidad y la situación a la hora de determinar el comportamiento: “ Hay predisposiciones personales que se actualizan en presencia de determinadas situaciones. La personalidad real se da siempre en situación, a la que puede someterse o contra la que puede rebelarse. Uno de los rasgos de la personalidad es su dependencia o independencia del contexto.” La educación de la personalidad es el esfuerzo por hacer que el mayor número de posibilidades inscritas en cada niño lleguen a hacerse reales de forma compartida con otros. Esta capacidad de hacer real lo posible es la personalidad inteligente. La consecución de la inteligencia, como principal propiedad de la personalidad ideal, es el desarrollo de acciones que encaminen hacia la felicidad y la dignidad, de uno mismo y de los otros. Es lo que desde la antigüedad se ha llamado sabiduría. El proyecto educativo sería pues el siguiente: La educación debe colaborar a la ampliación de los recursos de cada niño, para que él – que es el protagonista real- configure una personalidad inteligente. La inteligencia se despliega en la acción, en especial en la acción dirigida a la felicidad. Aplica sus recursos, que son innatos o aprendidos, cognitivos, afectivos u operativos, personales o sociales.


LA TEORÍA

CAPITULO 4. Los recursos personales

Los recursos personales o íntimos son aquellas capacidades, saberes, detrezas, rasgos de carácter, que facilitan el acceso de una persona a la felicidad, debido a que la hacen más posible, aunque no la aseguran, ya no son los únicos recursos necesarios. Hay una serie de actividades que el ser humano necesita aprender a realizar para tener mayores probabilidades de ser feliz: 1. Elegir las metas adecuadas: Al elegir nuestras metas vitales, nos acercamos a la felicidad a través de los proyectos que emprendemos para alcanzarlas. Son elecciones vitales también para el conjunto de la sociedad, porque no todas las metas son igualmente beneficiosas, y algunas son incluso destructivas o empobrecedoras. Además, en muchas ocasiones unas y otras metas parecen excluirse y nos obligan a hacer elecciones comprometidas. 2. Resolver problemas: Al querer alcanzar una meta, surgen en el camino los problemas, de muchos tipos, pero siempre precisan de la inteligencia para ser resueltos y poder seguir avanzando. 3. Soportar el esfuerzo y recuperarse de los fracasos: Todo proyecto requiere esfuerzo y muchas veces enfrentarse a fracasos más o menos serios, para lo que son necesarias cualidades como el valor, la constancia, la decisión, y otras más. 4. Valorar las cosas adecuadamente y disfrutar con las buenas: Saber distinguir lo importante de lo que no lo es resulta necesario para ser feliz, porque de ello depende nuestro equilibrio. Apreciar lo bueno y valioso y atreverse a disfrutar de ello, a vivirlo, es también una característica de la personalidad que debemos favorecer. 5. Tender lazos afectivos cordiales con los demás: Somos tan íntimamente sociales, que los lazos afectivos que desarrollamos son esenciales para vivir bien y para la felicidad. 6. Mantener la autonomía correcta respecto de la situación: El equilibrio entre la libertad del individuo y la vinculación a los proyectos sociales compartidos más valiosos es una adquisición complicada que sin embargo resulta un empeño imprescindible. Volviendo al niño y a nuestro intento de educarle con respecto a estas cualidades necesarias para la felicidad, hay que entender que este conjunto de capacidades no se puede adquirir por un acto de voluntad. Son capacidades aprendidas, elaboradas a partir de los recursos básicos que poseemos, y que no son los mismos en todas las personas. Los recursos serían las disposiciones que permiten configurar esas aptitudes, talantes o hábitos. Los recursos fundamentales pueden ser los siguientes: Recursos con clara influencia genética: - Orientación activa ante la realidad: Designa una actitud resuelta ante los problemas, un afán exploratorio, un modo de vivir productivo. - Sociabilidad: Es la preferencia por estar con otros en lugar de permanecer solo y por realizar actividades conjuntas. - Tono hedónico positivo: Es la aparición frecuente de emociones positivas. Parece que este recurso está muy influido por las características neurológicas de cada persona. - Funciones intelectuales eficaces: El niño va desarrollando funciones cognitivas que le permiten un mejor conocimiento del entorno y de sí mismo, y una mayor capacidad para resolver problemas y dirigir su comportamiento. La atención es un recurso especialmente importante y muy propio del ser humano, dentro del conjunto de los recursos de tipo intelectual. Recursos aprendidos: - Hábitos cognitivos: Enseñamos al niño modos de pensar, procesos lógicos, estilos cognitivos. Lo que el niño aprende son contenidos que al mismo tiempo son hábitos, por ejemplo, aprende reglas sintácticas y a la vez adquiere el hábito de hablar. Además, de entre todos los tipos de pensamiento, hay uno que influye mucho en el comportamiento y en el hábito: las creencias. - Hábitos afectivos: Aunque no todos los hábitos afectivos que desarrollamos a lo largo de la vida se pueden considerar recursos, sino más bien a veces antirrecursos, hay algunos que sí lo son y que deberíamos tratar de educar ( aunque el temperamento del niño decide las posibilidades y los límites), como son el sentimiento de seguridad básica, los sentimientos sobre la propia eficacia, la conciencia de la propia dignidad, o la esperanza. - Hábitos operativos: Son aquellos hábitos que determinan el modo de comportamiento. Se trata tanto del autocontrol como del ejercicio de actitudes morales. Suponen, en su vertiente más positiva y deseable, ejercitar unas formas de comportamiento reguladas que cuiden de lo que nos importa, que desvíen de lo valioso los efectos perjudiciales de nuestros malos impulsos.


LA TEORÍA

CAPITULO 5. Los recursos sociales

El individuo vive dentro de una sociedad determinada, que es el origen de una parte de los recursos que su personalidad necesita adquirir para que él pueda vivir de acuerdo con el principio de la felicidad y la dignidad. Estos son los recursos sociales. La personalidad se desarrolla muy influida por la cultura en la que lo hace. Algunos de los psicólogos más relevantes del siglo veinte, como es el caso de Vigotsky, han afirmado que todas las adquisiciones de tipo intelectual que tienen lugar durante el desarrollo del niño se producen en un primer momento en el contexto de una relación social significativa, para más adelante convertirse en capacidades individuales. El lenguaje, que es la clave de la naturaleza humana y de su evolución, es un ejemplo de ello, y nuestra inteligencia, en todas sus expresiones, es fundamentalmente lingüística. A pesar de la naturalidad con que el ser humano se desarrolla dentro de su cultura, las relaciones entre el individuo y la sociedad son conflictivas y provocan tensiones. Habría que fomentar una cultura del cuidado, del crecimiento, de la expansión vital, para que los niños pudiesen crecer bien y los adultos descubriésemos un modo más digno y noble de vivir. Los recursos sociales son siempre externos, pueden ser de tipo económico y físico, como el alimento, el calor, el aire, el agua, etc., o pueden ser también de tipo psicológico, como la información, la comunicación, los lazos afectivos, las actividades de colaboración, los juegos compartidos, etc. La primera persona con quien el niño establece una relación es con la madre. La madre le proporciona los dos tipos de recursos sociales que hemos señalado, y aunque pueda parecer que la relación del niño con la madre está libre de los parámetros de la realidad exterior, no es así, ya que la madre es una persona con una historia personal, familiar, social y económica que determina su presente en el momento en el que comienza su relación con su hijo o hija, y también antes, durante el embarazo. El padre, los hermanos, el resto de la familia, otros niños, los compañeros del colegio, los maestros, los amigos, son también personas con las que el niño establece una relación en la que tiene muchas posibilidades de obtener recursos importantes para su desarrollo. La medida en que este entorno físico y social es determinante en la vida de un niño ha sido percibida de diferentes maneras desde las distintas posiciones teóricas que se han ocupado del desarrollo humano a lo largo de la historia, pero lo que parece claro es que en el desarrollo las influencias son múltiples y complejas. Las primeras relaciones del niño con las personas que le cuidan configuran la vinculación afectiva, el apego, en términos psicológicos. La seguridad básica, la capacidad de relación social, y algunas competencias cognitivas resultan afectadas por esta relación primordial. Este sería el primer y más básico recurso social del que puede disponer un niño para desarrollarse. Hay muchos estudios que han comprobado cómo las circunstancias adversas en muchos casos impiden la formación correcta del apego, lo que conlleva un fracaso del desarrollo casi siempre inevitable. Aunque hay que señalar que en el establecimiento del vínculo de apego, el niño es un elemento activo, pero en todo caso, no puede vincularse afectivamente sin la participación adecuada de los padres u otras personas, dentro de unas condiciones mínimas de bienestar y seguridad. Todas las personas con las que el niño establece alguna relación significativa representan para él la posibilidad de emprender muchas actividades en las que los mayores o también los hermanos, primos, amigos o compañeros, le sirven como guías. Muchos de los juegos que los niños tienen a su alcance son de aprendizaje, y en esos juegos suele estar presente siempre alguna otra persona, con quien los comparte o de quien aprende. En estos aprendizajes a través del juego, las personas que acompañan al niño suelen desarrollar estrategias muy eficaces e intuitivas que al ser examinadas desde un punto de vista pedagógico, muestran su importancia y acierto. En el lenguaje ocurre un aprendizaje similar, en el que fundamentalmente a través de la madre, el niño recibe una serie de estrategias que le permiten aprender. Para el niño son también fundamentales las relaciones de amistad con otros niños, que desde muy pronto le son posibles. Las características de las relaciones del niño con otros niños varían a lo largo de su crecimiento. En la comprensión por parte del niño del mundo social, los amigos son una referencia fundamental, por lo que se suele decir que éstos ejercen grandes influencias sobre sus comportamientos. Además los amigos son un medio por el que acceder a unidades sociales más amplias y complejas con una perspectiva de colaboración y comunicación. Los recursos sociales tienen siempre también una dimensión cultural y política, que puede denominarse “capital social”, ya que es un bien imprescindible para el desarrollo completo de la persona. Son las creencias vigentes en una sociedad, las pautas de comportamiento, los modos de vida, las morales aceptadas, las instituciones políticas. Tradicionalmente, han sido las relaciones sociales más cercanas y los espacios de convivencia, como la calle, la plaza, o el parque, los que han proporcionado a los niños la protección y la estimulación que les permiten adquirir muy pronto este tipo de recursos. Parece que actualmente este entorno es menos frecuente, aunque sigue existiendo, y que el espacio del niño se ha hecho más complejo y menos controlable por las personas cercanas a él.

PARTE 2: DESCENDIENDO A LA REALIDAD CONCRETA

DESCENDIENDO A LA REALIDAD CONCRETA

CAPITULO 6. La matriz de la personalidad

La matriz de la personalidad es la personalidad recibida, compuesta por las funciones cognitivas básicas, el temperamento y el sexo. Cada niño que nace es distinto y único. En el nivel del yo ocurrente, a cada niño le ocurren una serie de experiencias diversas ante la realidad, porque, entre otras cosas, su organismo reacciona de forma característica. En el nivel del yo ejecutivo, moldeado por la educación, es en el que se manejan todas esas ocurrencias y se decide sobre ellas. La matriz personal es un conjunto de posibilidades con las que se nace y así mismo establece unos límites en cuanto a lo que uno puede llegar ser. El reconocimiento de las diferencias con que nacemos no es en ningún caso pretexto para la desigualdad social, ni de derechos ni de acceso a los recursos. Lo innato o genético siempre está en relación con el medio en el que se produce la vida. En el colegio es donde los niños se enfrentan a las dificultades intelectuales y sociales que significa aprender, poniendo en marcha sus funciones cognitivas básicas. Aproximadamente la mitad de sus destrezas dependerán de su herencia genética y la otra mitad depende de un conjunto de factores externos e internos que influyen en él. Además, en el caso de la inteligencia, aunque puede hablarse de la existencia de un nivel general de inteligencia cognitiva, las habilidades aplicadas a problemas concretos varían de unos tipos de problema a otros. Las funciones básicas que se ponen en juego en el aprendizaje son concentrar la atención, administrar la memoria, manejar el sistema lingüístico, ordenar su conducta en el espacio y el tiempo, usar su sistema motor, su pensamiento abstracto y su comportamiento social. Un aspecto cotidiano en el que se pueden observar las diferentes configuraciones de los sistemas mentales de los niños es el orden y el desorden. A veces hay niños que parecen seguir un orden ilógico, o no seguir ningún tipo de orden, al ordenar su habitación, al vestirse, en cuanto a la hora a la que tienen que estar en los sitios, de forma que los padres se sienten incapaces de organizar mínimamente su entorno. La educación no puede cambiar el factor de configuración mental que produce ese desorden, pero sí puede proporcionar hábitos que reorganicen el comportamiento. La atención es un elemento básico del aprendizaje, ya que para aprender es necesario dirigir la inteligencia hacia el objeto de aprendizaje, para lo que hay que dejar fuera muchos otros estímulos mentales o del entorno. La atención es una capacidad intelectual pero también afectiva, por lo que tiene una relación con el temperamento. El temperamento es un estilo de evaluar los estímulos y responder afectiva o activamente a ellos. Es una fuente primaria de ocurrencias, derivada de diferencias constitucionales en el modo de sentir, actuar o controlar la atención. Su influencia es bastante estable. Hay dos proposiciones que los investigadores consideran viables en relación al temperamento: 1. Cada bebé tiene un modo propio de reaccionar emocionalmente. 2. Cada bebé tiene un modo propio de actuar y controlar su acción. El sexo es el tercer componente de la matriz personal. Ser niño o niña es una diferenciación biológica, pero es también cultural. La identidad sexual tiene una gran importancia para el desarrollo afectivo y social. Sin embargo, las diferencias entre niños y niñas, entre hombres y mujeres, no tienen tanto un origen en sus diferencias biológicas, que no son tantas, sino más bien en cuanto a sus características temperamentales, que les favorecen unos hábitos cognitivos, afectivos y sociales propios. La igualdad social no significa la eliminación de las diferencias que nos identifican con un género masculino o femenino. Las funciones cognitivas básicas, el temperamento y el sexo forman la matriz de la personalidad, que para poder desarrollarse necesita ajustarse con su medio. El primer ajuste lo hacen posible los padres y más tarde el colegio. Lo cotidiano es el esquema en el que se integra socialmente la matriz personal. Un problema pertinente a este modelo de la personalidad es el de la violencia, en particular el origen de la personalidad violenta. Algunas características biológicas del organismo pueden hacer tender a la persona hacia la violencia, como pueden ser determinados niveles hormonales o de neurotransmisores o ciertas anatomías cerebrales. Además, factores sociales como las condiciones económicas, la estructura familiar – o desestructura-, la presencia de violencia en el entorno cercano, u otros, colaboran de manera importante en el desarrollo de los comportamientos violentos. La intervención de maestros, compañeros de colegio o amigos, en general la aceptación o el rechazo del entorno, por supuesto también de la familia, son decisivos para que estos niños lleguen a ser o no personas violentas. Un niño puede nacer con una matriz personal que le predisponga a la violencia, puede llamarse Julián. Más adelante, cuando disponga no solo de una personalidad recibida, sino también de una personalidad aprendida y de una personalidad elegida, sabremos si efectivamente se ha convertido, o no, en una persona violenta.


DESCENDIENDO A LA REALIDAD CONCRETA

CAPITULO 7. El carácter: Los hábitos afectivos

Carácter es el nivel aprendido de la personalidad, el conjunto de pautas de pensar, de sentir y de actuar adquiridas, que forman un núcleo de hábitos muy estable. La importancia que tienen los hábitos para el desarrollo de la personalidad radica en que son en sí mismos una fuerza, que surge de la repetición de la experiencia y la acción, lo que produce una liberación de la atención y al mismo tiempo una automatización de las funciones del comportamiento. La conjunción de la matriz personal y los hábitos configuran el carácter de un individuo. Los hábitos tienen el riesgo de convertirse en destructivos de la personalidad, en lugar de constructivos, y la dificultad que existe al intentar educarlos es que se originan en buena medida al margen de la voluntad y no son por tanto elegidos, aunque sí pueden ser educados. Esta realidad indica la importancia de lo que un individuo recibe de otros a lo largo de su desarrollo, ya que de ellos depende que sus hábitos se conviertan en recursos de la personalidad. En el contexto educativo, es necesario saber qué hábitos quieren favorecerse, en todas sus dimensiones – afectivos, cognoscitivos y operativos. El ejemplo de las drogas es paradigmático de una educación incorrecta de los hábitos. El hábito, como elemento configurador del carácter, apunta a la complejidad del concepto de libertad y a la idea de que solo a través de la educación – un esfuerzo compartido y bienintencionado- es posible acceder a la libertad responsable. La experiencia afectiva es siempre múltiple, pero puede organizarse en tres grupos: impulsos, sentimientos y apegos. El nivel impulsivo incluye los deseos, las necesidades, las tendencias y los móviles. Dan lugar a la motivación, a un dinamismo que conduce a los valores y aleja de los contravalores. Son impulsos la sed, el hambre, el deseo sexual, el afán de poder, la necesidad de amor. En el nivel sentimental se encuentran los sentimientos, que son el balance consciente de nuestra situación, de cómo están funcionando nuestros deseos o proyectos en el contacto con la realidad. La satisfacción, la calma, la alegría, indican la conquista de nuestras metas. El miedo nos indica que nuestras expectativas están amenazadas, la furia, que algo obstaculiza nuestro progreso, la tristeza, que hemos perdido algo, la decepción o la frustración, que lo que esperábamos no se ha cumplido. En el tercer nivel están los apegos, que son relaciones psicológicas que enlazan profundamente a un sujeto con otra persona o con determinado tipo de experiencias o de objetos. El apego infantil, los hábitos, las adicciones, los condicionamientos, los distintos tipos de dependencia, la costumbre, el amor, el odio, las relaciones de objeto, son fenómenos de este tipo o pueden serlo. Los fenómenos afectivos están genéticamente programados y aparecen básicamente iguales en todas las sociedades humanas. Hay seis sentimientos universales: miedo, alegría, tristeza, sorpresa, furia y asco. Los sentimientos más complejos se construirían a partir de estos y se modulan culturalmente. La intervención de las culturas sobre estos sentimientos universales es muy decisiva, sobre todo en cuanto a su forma y posibilidad de expresión. Las creencias son muy importantes porque influyen fuertemente sobre la forma en que sentimos, e incluso sobre lo que sentimos. Psicólogos cognitivos como Ellis, Beck o Bandura han llevado al extremo esta idea. En todo caso, tanto el sentimiento como el pensamiento se integran en la experiencia consciente afectiva del individuo, formando parte de un mismo fenómeno. El niño, a partir de su matriz personal, va adquiriendo hábitos afectivos, que se acompañan o se refuerzan con hábitos cognitivos, y que además se conjugan con las estrategias que el niño construye para no ser desbordado por sus emociones. El apego básico es el que se inicia desde el nacimiento y se fortalece durante toda la infancia. Es un hábito elemental que atañe al aprendizaje de la seguridad y la inseguridad. El apego es la posibilidad que el bebé imagina tener de ser protegido cuando se sienta amenazado, y nace tanto de la confianza del bebé en sus padres como de las posibilidades reales que observa en ellos de que podrán cuidar de él adecuadamente. El concepto de “sensibilidad” es determinante, porque para sentirse protegido, el bebé y el niño necesitan ser entendidos y cuidados con delicadeza. El apego es un factor relevante para el desarrollo del temperamento y la emergencia de la personalidad, porque: 1) crea expectativas sobre relaciones futuras, 2) crea representaciones internas de uno mismo, y 3) da acceso o bloquea el desarrollo posterior del yo y de las relaciones con los otros. Otra función del apego es proporcionar el sentido de la permanencia afectiva de las personas y además da inicio al recuerdo de uno mismo y la narración interna de las experiencias y de las transformaciones vitales. En momentos tan tempranos del desarrollo las experiencias pueden a veces resultar excesivamente impactantes y construir espacios no conscientes en la personalidad del niño en los que se recuerden esas experiencias y se dé lugar al miedo, que puede ejercer grandes influencias sobre el comportamiento durante largo tiempo. A pesar de dejarnos algo desprotegidos, este fenómeno es natural – en parte se debe al modo en que se desarrollan las áreas cerebrales encargadas de la memoria- y la presencia del adulto puede ayudar, evitando al niño tales experiencias. Una vez analizados los apegos, el siguiente elemento del mundo afectivo son las motivaciones. La motivación es querer hacer algo, y pese a su sencillez, es un problema constante, sobre todo para los educadores, que no encuentran con facilidad la forma de que los niños quieran aprender ciertos temas. Se ha planteado si existe una pereza o vagancia natural, pero parece más sensato pensar que el hombre está más preparado para la acción y el aprendizaje que para la apatía. Es muy posible que la holgazanería se aprenda, debido a un sistema de recompensas – premios- de fácil obtención, que debilitan el carácter en su dimensión motivacional, anulando los deseos. La motivación puede ser interna o externa. Cuando un niño está internamente motivado busca la satisfacción en la propia actividad, en llevarla a cabo, en superar la dificultad, en repetirla y dominarla. Un ejemplo es el juego. Cuando está motivado externamente, busca las satisfacciones, en este caso recompensas, fuera de la propia actividad. Un ejemplo es todo lo que un niño hace sin querer hacerlo porque a cambio obtendrá un premio o evitará un castigo. La motivación interna es el ideal de la educación actual. También la motivación del ser humano se divide entre el placer y la seguridad, por un lado, y la creación, la exploración y el riesgo, por otro. La felicidad nace de la relación armónica de esas dos inquietudes y las dos son una fuente de posibilidades muy a tener en cuenta para la educación. El tercer elemento de los hábitos afectivos configuradores del carácter son los sentimientos o hábitos sentimentales. Son una evaluación de lo que nos sucede y son una interpretación de la realidad. Los hábitos o estilos sentimentales son pautas bastante estables de respuesta afectiva. Al ser hábitos, son estructuras activas de la memoria, producen ocurrencias, seleccionan la información, animan a la acción o la disuaden. Tienen tres ingredientes fundamentales: 1- El sistema de deseos y proyectos: Los deseos básicos se prolongan en proyectos, por lo que son vectores dinámicos que intervienen en el balance emocional. Orientan hacia el futuro. 2- Las creencias sobre el funcionamiento del mundo y sobre lo que podemos esperar de él: Están muy vinculadas a la cultura y a la identificación con un grupo y sus sistemas de creencias y valores. 3- Las creencias sobre uno mismo y sobre la capacidad personal para enfrentarse a los problemas: El comportamiento cotidiano es muy dependiente de la idea de la propia eficacia. Volviendo al problema de la violencia con el que se terminaba el capítulo anterior, ¿ qué habrá sucedido con Julián, el niño que había nacido predispuesto a ser violento, cómo habrán influido en su carácter los hábitos afectivos? Julián 1 nació en un barrio pobre y fue educado con frialdad y dureza, aprendió el odio. Julián 2 nació en el mismo barrio, pero fue educado con afecto, se preocuparon por su educación y ha aprendido la solidaridad. Julián 3 nació en una familia rica y fue educado en la disciplina y la rigidez, no conoce la compasión y la soberbia es su forma de ser violento. Un Julián 4 nació en una sociedad organizada para el odio y basada en el rencor y la humillación, es una pieza de un sistema inhumano, como por ejemplo, la Alemania nazi.


DESCENDIENDO A LA REALIDAD CONCRETA

CAPITULO 8. El carácter: Los hábitos cognitivos

La inteligencia es la función de asimilación, almacenamiento, elaboración y producción de información. Esta definición comprende la inteligencia estructural, pero no atiende a los usos educativos, prácticos, éticos y políticos de esta capacidad humana, los cuales configuran la “personalidad inteligente”, que en su buen uso permite cumplir dos grandes metas: la felicidad y la convivencia digna. La inteligencia también está compuesta de hábitos, en este caso, cognitivos. El lenguaje es la adquisición básica de la inteligencia que se desarrolla durante la infancia, gracias a la existencia del lenguaje en el entorno de crecimiento del niño, que va configurando su uso como un hábito no solo cognitivo, sino también afectivo y social, como parte de la personalidad. La inteligencia tiene dos posibilidades, ser una inteligencia triunfante o ser una inteligencia malograda. Las inteligencias malogradas pueden ser dañadas (tienen una deficiencia inicial) o fracasadas (tiene capacidad operativa, pero un mal funcionamiento). La inteligencia implica también el uso cotidiano, la toma de decisiones, la acción y sus consecuencias. Tenemos un conjunto de representaciones mentales sobre el mundo y sobre nuestra manera de comportarnos en diferentes situaciones, son las creencias, los roles, los guiones y los modelos. Las creencias surgen en el desarrollo, a partir del autoconcepto, como una idea de lo que somos que cada uno elabora, pero también surgen de la cultura en la que crecemos, a través de las normas y costumbres sociales, de las leyes y las condiciones políticas y económicas, o a través de la religión. Las creencias son importantes determinantes de modos estables de comportamiento que pueden tener consecuencias positivas o negativas. Un ejemplo de conductas disfuncionales basado en creencias erróneas es la adicción a las drogas. Las personas que se hacen adictas a las drogas suelen creer en la perfección y en el poder, en el éxito fácil, en la ausencia de dolor y de esfuerzo, al mismo tiempo que creen que no tienen capacidad de influir en nada, que no valen nada y que el mundo no vale nada. Las creencias patógenas comparten una serie de elementos comunes, según Beck: 1) son inferencias arbitrarias: conclusiones firmes sin evidencias que las apoyen, 2) usan una abstracción selectiva: valoran una experiencia por un detalle, ignorando otros más importantes, 3) generalizan excesivamente: de lo particular extraen una creencia general, 4) magnifican o minimizan: lo perjudicial se agranda y lo digno de orgullo se reduce, 5) provocan pensamientos absolutistas o dicotómicos: clasifican todas las experiencias en categorías opuestas y absolutas, adjudicándose la categoría negativa. Estas creencias son hábitos contraídos que operan a escondidas desde la memoria, produciendo graves sesgos en la evaluación sentimental. Clarificarlas y cambiarlas es una solución posible. ¿ Cómo se adquieren las creencias? La matriz personal, junto con las experiencias de una persona, dan lugar a su conjunto de creencias. Al ser hábitos explicativos, las creencias serán de una u otra manera según como una persona explique las causas de sus éxitos, y sobre todo de sus fracasos. Las personas optimistas suelen atribuir sus éxitos a causas internas y permanentes y los fracasos a causas externas y ocasionales, los pesimistas al revés. Un buen uso de la inteligencia pasa por disponer de creencias inteligentes, que no absolutizan, no generalizan indebidamente, no seleccionan con arbitrariedad los hechos, sitúan correctamente el origen de la acción. Y ante las creencias irracionales, se pueden hacer tres cosas: 1) identificarlas, 2) hacer una crítica y 3) sustituir por una creencia racional. Hay dos usos imprescindibles de la inteligencia: el uso racional y el uso creador. La inteligencia racional se caracteriza porque emplea todas sus capacidades en buscar evidencias compartidas. Esta búsqueda es la base de la ciencia, la ética, la democracia y la convivencia. Las evidencias compartidas en muchos casos contradicen las experiencias privadas. Piaget y Furth han explicado que la motivación que hace al niño cambiar una lógica egocéntrica por una lógica intersubjetiva es el fuerte deseo de relacionarse con los demás, de vivir con otras personas. Las necesidades vitales imponen una adecuación a la realidad, una comunicación con otras personas y una cooperación en el plano práctico. Para todo ello es necesario que el sujeto configure en su conciencia un espacio objetivo, común, interpersonal, firme. A ese uso racional y social de la inteligencia se oponen los prejuicios, los dogmatismos y los fanatismos. La inteligencia creadora tiene un funcionamiento propio, y a pesar de lo que se cree – que está reservada a unos pocos- es un poderoso recurso que se puede educar en todos los niños, que son creadores por naturaleza. Como hábito, crear es algo que se puede aprender. Algunos de sus elementos característicos son: 1) perseverancia activa, 2) memoria creadora, 3) operaciones mentales flexibles y rápidas, 4) huida sistemática de la rutina, 5) seleccionar los resultados iniciales de la creación. Volviendo al problema de la violencia, ¿ qué creencias ha adquirido cada Julián posible? El 1 aprendió a creer que la violencia es el único modo de sobrevivir en un mundo hostil. El 2 aprendió a interpretar mejor la situación social y la modificó a su favor. El 3 mantuvo las creencias de su clase social, aceptó ser duro y frío. Y el 4 vivió como instrumento de una violencia convertida en sistema. Hay que señalar que en el comportamiento violento se ha descubierto un ingrediente determinante, que es la interpretación que los sujetos hacen de sus situaciones, adjudicándoles un carácter amenazante o agresivo con gran facilidad. También se ha encontrado un recurso bastante eficaz en el entrenamiento en habilidades de solución de conflictos.


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CAPITULO 9. El carácter: Los hábitos operativos

La inteligencia ejecutiva es la capacidad de iniciar, controlar y dirigir las operaciones de la inteligencia computacional. La adquisición de un hábito facilita el control de esas operaciones y el ajuste de su funcionamiento a nuestros proyectos personales. Los hábitos operativos inclinan a comportarse de una determinada manera. Los hábitos más interesantes son los de la autonomía y la liberación. El concepto de libertad es fácilmente identificable en un plano político: es la ausencia de coacciones ilegítimas. Pero en el plano psicológico, la libertad es un concepto más complejo. Hay tantos condicionamientos, la biología, la educación, las creencias, el entorno, la situación, que podríamos pensar que no somos libres, pero también podemos pensar que podemos liberarnos. Para vivir de acuerdo con la felicidad y la dignidad hay que liberarse de algunas coacciones y vincularse a ciertos principios. Como el resto de aspectos de la personalidad emergente, esta capacidad de liberarse y ser autónomo se constituye en un hábito, y conduce a la ética. Actualmente se atribuye una gran importancia en los textos de psicología evolutiva al desarrollo moral y a su influencia sobre el desarrollo emocional. Hay dos tipos de hábitos operativos: 1. Los hábitos del control de la propia conducta, los hábitos de la autonomía. 2. Los hábitos operativos morales: las virtudes y los vicios. Un aprendizaje que se produce al principio del desarrollo del niño, durante los dos primeros años, es el de la regulación emocional. Inicialmente los padres y el entorno aportan el equilibrio emocional al niño, que progresivamente va interiorizándolo. Por eso es importante la respuesta afectiva de los padres a los comportamientos del niño, porque le permite comprender sus consecuencias y hacer una transformación de las normas en el principio de su autonomía. En esta fase del desarrollo se adquieren capacidades muy importantes en el futuro, como es la elección de la conducta y el afrontamiento de las dificultades. Los hábitos de la autonomía son la prolongación de la autorregulación emocional. Una persona autónoma es la que: tiene recursos propios, elige sus propios fines, tiene un modo personal de seleccionar y asimilar información, puede ajustar la respuesta a su disponibilidad de energía, a sus fines y a la información de que disponga. La voluntad, importante para el desarrollo de la autonomía personal, se compone de cuatro hábitos que se aprenden, o no, en distintos momentos de desarrollo: 1. Inhibir el impulso: Impedir que los impulsos lleven directamente a la acción. 2. Deliberar: Buscar las consecuencias de la acción a la que nos vemos impulsados y evaluar su conveniencia para nuestros fines – y sus efectos en otros. 3. Decidir: Pasar del momento anterior a la acción a la misma acción, requiere un “salto”, es instantáneo y difícil de identificar, produce una solución del problema. 4. Ejecutar el proyecto: Es un proceso temporal en el que el comportamiento produce su propia dinámica, son importantes dos facultades: el retraso de las recompensas y soportar los esfuerzos. Son educables. La voluntad es por tanto un hábito fuerte y aprendido. Se mantiene sobre un núcleo duro: el hábito de obedecer a una norma propia que funciona además como criterio de evaluación. La educación juega un papel determinante en el desarrollo del hábito de la voluntad. Junto a la voluntad se encuentra otra noción, la de “deber”. El deber es una estructura psicológica que desarrolla una función importante en el ejercicio de la libertad. Su importancia está en su contenido: obedecer a la propia inteligencia es otorgar el control de la propia conducta a un nivel superior al de la acción, en el que exista la posibilidad de no entrar en contradicción con uno mismo. Esta es la función liberadora del deber: el equilibrio interno entre la acción y sus consecuencias. El deber como función psicológica necesita apoyarse en el habla interna, en donde es posible manejar las contradicciones. Y el habla interna surge de escuchar el habla de las personas en quienes se confía durante la infancia, la madre, el padre, los cuidadores, educadores, profesores. Finalmente, disponemos también de recursos morales, como parte de nuestros hábitos operativos. Entre ellos están las virtudes, que pese al significado pobre que han tenido en el pasado reciente, necesitan ser recuperados en su verdadero contenido: el orgullo, la nobleza, la creatividad, la rebeldía. Son recursos personales pero son una realidad cultural, por lo que pueden ser educados y se aprenden. Son importantes para la felicidad y la dignidad. Para concluir la descripción de la emergencia de la personalidad hay que tener en cuenta los momentos vitales en los que la vida se transforma, los puntos en los que tenemos la oportunidad de cambiar de rumbo. Respecto a la violencia, podríamos imaginarnos que Julián 1, pese a lo que cabía esperar, supo aprovechar sus oportunidades y en los momentos oportunos tomó buenas decisiones, que Julián 2, sin embargo, se perdió por el ansia de triunfo y terminó siendo alcohólico, que Julián 3 aprovechó las posibilidades que una cultura violenta le ofrecía a su agresividad, se hizo militar y murió en la guerra, y que Julián 4 aprendió la sumisión, la ideología de la fuerza y el odio, dirigió un campo de concentración nazi.


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CAPITULO 10. El buen carácter

El buen carácter sería aquel que dispusiese de muchos recursos íntimos. Se pueden seleccionar 12 recursos fundamentales que componen una primera aproximación al buen carácter. Son los siguientes: 1. La seguridad básica. La confianza que nace en el niño proviene del ambiente afectivo en el que se unen la calidez y el control. Es el inicio de la autoridad sobre la propia vida, el principio de la seguridad. Las experiencias vitales pueden ser complicadas, pero con estos elementos el carácter se mantiene y la persona sigue adelante. Los estilos de crianza son importantes para adquirir esta seguridad básica. 2. El equilibrio afectivo: el temple. El equilibrio significa elegir de entre todo lo posible aquello que nos beneficia ( la afectividad nos enseña qué nos conviene) y establecer un orden sentimental y saber juzgar lo valioso y lo deseable frente a lo que está vacío o es destructivo. La templanza es una capacidad relacionada con la fuerza y la serenidad del carácter. 3. La sabiduría. Es la apertura a la experiencia y a la realidad, sabiendo aceptar lo que es cada cosa. Construye las creencias, permite la reflexión y la crítica. Une los dos hábitos de la inteligencia en una racionalidad poética que al mismo tiempo inventa y justifica lo inventado. La sabiduría conduce a la acción. 4. La fortaleza. Se concreta en el valor, atreverse, y en la perseverancia. Es una decisión que lleva a sostener el esfuerzo por algo que consideramos bueno. La resistencia y la capacidad de recuperarse de las experiencias difíciles, y la paciencia, forman parte de este recurso. 5. La diligencia. Es la adecuación de la acción a los valores, al cuidado de lo valioso, surge del amor y enseña a que sea el objeto que se cuida – o la persona- el que marque el tiempo de la acción. La dificultad para comenzar las tareas es un gran problema educativo actual. 6. Autonomía responsable. Es el reconocimiento del yo al mismo tiempo individual y social, lo que conduce a la responsabilidad y a la libertad comprometida con lo que somos en conjunto. 7. La creatividad. Es la ampliación de la realidad a través del descubrimiento de nuevas posibilidades de conocimiento y lleva a la resolución de los problemas. Es un acto generoso porque hace posible que algo valioso pertenezca a la realidad, se comparta. Puede dar lugar a una pedagogía de la posibilidad, a un empeño por lo que podría ser. 8. La alegría. Es un sentimiento de plenitud, amplía la extensión de lo vital, conquista espacios para la persona. Es un recurso muy importante. 9. La sociabilidad. Es una característica esencialmente humana, que llega a su plenitud en la amistad, pero también en la construcción de sistemas más complejos de relaciones que permitan una convivencia enriquecedora. 10. La compasión. Es sentirse afectado por el dolor de los demás, produce sufrimiento pero también da lugar a estrategias de ayuda. Se trata del beneficio común y de la conciencia de que somos parte de un todo. 11. El respeto. Es el sentimiento adecuado ante lo valioso. Es el reconocimiento que los demás hacen de nuestra dignidad y viceversa. La aceptación de los principios exige la reciprocidad. 12. El sentido de la justicia. Es una necesidad para asegurarnos que el resto de recursos fundamentales estén al alcance del conjunto de la sociedad. Su expresión son los derechos y el sistema de reciprocidad y colaboración que sostienen.


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CAPITULO 11. La personalidad elegida

Lo que hacemos depende de nuestra personalidad recibida ( funciones cognitivas básicas, temperamento y sexo) y de nuestra personalidad aprendida ( el carácter, formado por hábitos cognitivos, afectivos y operativos), pero además hay una tercera etapa en el desarrollo de la personalidad, a la que se llega a partir de la idea de la libertad y de la capacidad del hombre de elegir sus modos de actuar y de ser, que es la personalidad elegida. Hay preguntas que parecen haber quedado sin responder en las teorías sobre la personalidad, son dos fundamentales: ¿ La acción humana deriva directamente de la personalidad? ¿ Cuál es la relación entre personalidad e identidad personal? La identidad es la comprensión que una persona tiene de sí misma, de los roles con los que se identifica, de los valores culturales o morales que acepta. La identidad tiene la facultad de influir en el carácter, aunque éste tenga un desarrollo evolutivamente anterior. Esto es precisamente lo que ocurre en la adolescencia: la posibilidad de elegir cómo se quiere ser. Por eso en la adolescencia hay una fuerte distinción entre el yo real y el yo ideal. La imaginación adolescente contiene tanto lo que se quiere llegar a ser, como lo que se teme llegar a ser. El adolescente cuenta con sus recursos personales y sociales disponibles para realizar una elección arriesgada. Tiene que decidir qué hacer con algo con lo que se encuentra por primera vez de manera consciente: su personalidad aprendida. Puede aceptarla (aceptarse) como es o intentar cambiarla (cambiarse). La acción entra en una relación compleja con la realidad experimentada y con la personalidad, en la que los tres elementos se determinan recíprocamente. Se ponen en juego la personalidad aprendida (carácter) junto con los proyectos que organizan la acción ( y la socializan) y con la experiencia de la realidad que se tiene a medida que la personalidad y la acción son afectadas por el contacto con la realidad. Es un tipo de acción compleja y que requiere la elección, al mismo tiempo que tiene una capacidad transformadora doble: del carácter y de la realidad. La importancia de los valores y de la educación en este proceso complejo que da lugar a la personalidad elegida y la desarrolla, es que ambos elementos son guías afectivas al mismo tiempo que intelectuales de la acción y llevan al descubrimiento de la identidad. Lo que se puede imaginar como valioso tiene la posibilidad de llegar a ser real mediante este proceso, y a la vez, de hacernos a nosotros mismos valiosos. En una dimensión más real y concreta, la personalidad elegida necesita vincularse a unos u otros proyectos, todo aquello que proyectamos hacer y para lo que establecemos unas condiciones que lo hagan posible, condiciones materiales y capacidades personales. Los proyectos requieren una estructura que los sostenga, y en todos los casos esa estructura tiene un componente social y uno personal, desde los proyectos más cotidianos y sencillos, a los más innovadores y complejos. El proyecto siempre tiene además que sostenerse a sí mismo en el intento de alcanzar unos valores, el objetivo, para impulsar la acción y revelar la identidad de quien lleva a cabo el proyecto, debe ser valioso. Los tres proyectos fundamentales que definen el progreso de la humanidad son la libertad, la felicidad y la dignidad. Lo que ha comenzado siendo una aspiración, se ha convertido en un proyecto concreto que acabará dando a luz los recursos necesarios para su realización. La psicología emergente que se ha propuesto en este libro debería completarse con una pedagogía de la posibilidad y la creación.