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Como escribir un libro de texto

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3 abril 2007


Tenía traspapelado –o mas bien, en espera de lectura- un número de la revista Iglesia Viva- dedicado monográficamente a “Educación de la ciudadanía y religión cristiana”. Lo recupero ahora porque Rafael Díaz-Salazar, uno de nuestros grandes expertos en sociología de la religión, me ha pedido, precisamente para esa revista, un informe sobre la EpC. Aprovecho la ocasión para enterarme de lo que se había dicho, con una anticipación sorprendente, en esa revista en el año 2000, es decir, antes de que se hablara de esta asignatura. Victoria Camps considera que “la fe religiosa es perfectamente prescindible en la formación humana. No lo es, por el contrario, la cultura religiosa”. Como transmisión de saberes y no como formación de la persona. En cambio, la ética si tiene un papel en la formación. Se pregunta después si tiene sentido una formación “espiritual” fuera de la religión.

Gómez Llorente  sostiene que “el conocimiento del hecho religioso es un componente básico de la formación integral humana. Digo básico, no fundamental o fundante. Al decir componente básico quiero sólo decir que ese conocimiento es la base o condición previa para la comprensión correcta de otros conocimientos, y en definitiva para la mejor autocomprensión o conocimiento de nuestro propio modo de pensar y de ser, sea el que fuere”(20). “Es hora de reivindicar la importancia de la historia de las ideas y con ello el necesario conocimiento del hecho religioso”. Acaba proponiendo una renovación del laicismo. El objetivo nuclear y más valioso del laicismo fue liberar  la conciencia humana; hacer posible y real una moral autónoma. Los valores de la laicidad no son incompatibles con toda religiosidad sino con aquellas formas religiosas que impliquen su negación.

Xabier Etxeberria escribe sobre “Religión cristiana y virtudes públicas de la ciudadanía democrática”. La ciudadanía democrática tiene dos características: la afirmación de la individualidad y la distinción entre privado y público. La afirmación de la autonomía, de la individualidad, reduce toda la preocupación ética a la defensa de las libertades. La distinción entre privado y público es más difícil de hacer:

  1. No se separan ámbitos sino objetivos  y responsabilidades: lo público remite a la responsabilidad de todos en la promoción del bien común, de la convivencia justa, marcada por la imparcialidad y la reciprocidad, mientras que lo privado remite a la búsqueda en libertad de los propios fines  personales o grupales compartidos, que debe realizarse con todo en el respeto de los derechos de los demás. Lo público–político sirve para posibilitar y proteger la búsqueda de los intereses particulares.
  2. Ambos ámbitos son  diferentes: lo público es la vida político-social, que debe guiarse por normas jurídicas que regulen equitativamente el ejercicio de las libertades que se entrecruzan, mientras que lo privado es la esfera de la intimidad en la que ni los poderes públicos ni otras personas pueden o deben inmiscuirse. Esta distinción puede completarse con la diferencia entre ética civil y ética de máximos. Aquella rige la convivencia publica, esta los proyectos de vida y de autorrealizaciòn.
  3. La ética civil, la ética de los ciudadanos, debe ser una ética (1) que se fundamente únicamente en el acuerdo racional y respetuoso logrado por esas libertades; (2) que potencie al máximo el ejercicio de las mismas. Eso se concreta en los derechos humanos, que se pueden interpretar de modo mas o menos liberal, según tiendan o no a la igualación de todos los ciudadanos.

¿Pueden entrar la ética de mínimos y la ética de máximos en una relación creativa que dinamice la vida publica?
La noción de virtud ha quedado relegada a las éticas de máximos. Las de mínimos hablan de principios de justicia y de reglas para la libertad. No resultan compatibles para la ética civil porque suponen que hay algún bien universal  que las virtudes ayudan a lograr. Tienen una característica teológica, mientras que la ética civil es deontológica. Además, las virtudes tienen un componente cultural, que está en contradicción con la universalidad a que aspira la ética. El autor cree que hay unas virtudes que aunque enraizadas culturalmente pueden estar al servicio de nuestra común identidad ciudadana. La “educación en valores” tendría que llamarse al menos en parte “educación de las virtudes”. Las virtudes privadas hacen mejores ciudadanos. La distinción entre virtudes públicas y privadas no es nítida.
Estudia si las virtudes cristianas pueden conciliarse o ayudar a la implantación de una ética civil. Ve algunos problemas históricos: el cristianismo ha sido con frecuencia intolerante y ha insistido demasiado en una única virtud: la castidad. Un obstáculo mas serio lo ve en el concepto de autonomía, toda la religión bíblica se funda en la obediencia. “¿No remite este esquema a una radical heteroneomía? Si fuera así, si estricta y exclusivamente sólo puede decirse que las virtudes cristianas tienen su consistencia en Dios, no se las podría presentar como virtudes públicas, que por definición deben tener su consistencia en el ser humano en cuanto tal. Para resolver esta tensión hay varios caminos. El tradicional ha sido distinguir entre virtudes teologales infusas por Dios y virtudes cardinales, que pueden adquirirse y que orientan a la felicidad natural. Pero de algún modo el creyente siente que todas las virtudes son no sólo expresión de la voluntad de Dios, sino también dones suyos. (En Gal 5, 22-23 al citar ocho virtudes se las llama dones o frutos del espíritu). Es mas fecundo el camino seguido por Caffarena cuando trata de estructurar la aportación cristiana a la ética según el modelo kantiano (formal, categórico, autónomo), introduce la expresión “autonomía teónoma” del amor, (que ya se ve sugerida en Rom 2, 14-15): Quizá haya que concluir que no es correcto pensar que el bien y el mal moral se constituye como tales por un precepto divino. Cristianamente, según las expresiones del NT, las actitudes humanas son buenas en la medida en que son agápicas. ¿No debe decirse de una tal caracterización de lo ético que supone una fundamentación a la vez “autónoma” y “teónoma”? Autónoma porque emana de la misma constitución del mundo interpersonal humano. Teónoma, porque ese mundo se constituye así porque proviene de Dios; de esta radicación ultima en lo absoluto recibe la fuerza de la exigencia”.

La imagen de una ética civil pública y unas éticas de máximos privadas que caminan en paralelo desde orígenes diferentes es incorrecta. Esto supone que la tradición cristiana ha aportado y debe seguir aportando contenidos a la ética civil (aunque también haya aportado obstáculos). Ahora bien, no de cualquier manera:

  1. Lo que pasa a formar parte de la ética civil se asume desde la laicidad, es decir, poniendo entre paréntesis su fundamentación y enmarcada en una cosmovisión particular; esto es, no hay virtudes públicas cristianas sino virtudes públicas laicas que tienen raíces en la tradición cultural cristiana, que las ha alimentado y que puede seguir alimentándola.
  2.  La motivación y fundamentación específicamente cristianas de algunas virtudes públicas puede relacionarse con la ética civil sólo a modo de “solapamiento” –por usar el término de Rawls-, que asumido por el sector cristiano de la ciudadanía concluye en sus resultados con otros modos religiosos o laicos de justificación, dando mas solidez a esas virtudes,
  3.  La pretensión de aportar vitalidad y contenido  a las virtudes públicas desde las virtudes cristianas, la pretensión de universalidad pública de determinados aspectos de ellas, debe defenderse sólo por las vías de la argumentación racional en el debate social y del testimonio de vivencia de unas virtudes que realizadas se muestran planificadoras de la condición de ciudadano.

Hay el riesgo de que el cristianismo se diluya en una moral. Herman Cohen en 1915 lo consideraba el triunfo del cristianismo: “¿Qué mayor gloria para la religión que designar como meta propia su disolución en la ética?”. Desde la vivencia cristiana esto  es, evidentemente, una pérdida,  pero el remedio ante el riesgo no está en atrincherarse sino en cultivar intensamente una fe intensamente abierta.
Como contribución cristiana menciona el amor evangélico. “Puede pensarse que la justicia y el amor son dos órdenes distintos, el de lo debido y el de lo gratuito, y que el primero es el que se impone como condición básica de la ética de la ciudadanía”. Y en parte así es: no puede aducirse la caridad para ignorar la justicia. Pero puede aducirse el amor –y uso así un giro de Ricoeur- como “poética de la justicia”, como aquello que la complementa y que empuja a desarrollos cada vez mejores, más plenificantes de todos los ciudadanos. Esta complementación de la justicia la puede hacer el amor animando virtudes más específicas que nacen de él, como la compasión, la misericordia, y la mansedumbre y entrando ya en una virtud consagrada como virtud pública, la solidaridad.

En el numero hay una larga entrevista con el jesuita Alfonso Álvarez Bolado, en la que recuerda un texto de Pablo VI en la Octogessima Adveniens: “Hoy mas que nunca, la Palabra de Dios no podrá ser proclamada ni escuchada si no va acompañada de la potencia del espíritu santo, operante en la acción de los cristianos al servicio de sus hermanos, en los puntos donde se juegan estos su existencia o su porvenir”


jam @ 10:31


8 abril 2007


He aprovechado los lluviosos días de la Semana Santa para revisar el texto antes de que entre en prensas. En especial, las lecciones más comprometidas. Por ejemplo, las que tienen que ver con la familia. La primera versión del Decreto de mínimos del Ministerio incluía la siguiente pregunta: “Tipos de familia”. La jerarquía eclesiástica y las organizaciones conservadoras de defensa de la familia pusieron el grito en el cielo, diciendo que se estaba admitiendo la familia homosexual. Para que el lector conozca la artillería que se está utilizando, transcribo lo que aparece publicado en la web de Encuentro Católico. Es tan ridículo que quiero pensar que lo escriben fanáticos enemigos del cristianismo. He aquí una perla digna del “Celtiberia Show” del añorado Luis Carandell:

“Y así funciona la educación. Hemos desterrado a Dios de las aulas y no entendemos por qué los alumnos se convierten en delincuentes; hemos prostituido la asignatura y no llegamos a comprender la nula asistencia de los jóvenes a las parroquias. Donde no hay deber ni moral sólo encontraremos barbarie y absolutismo.
Seguiremos pensando que la crisis de la educación la determinan causas externas a la religión o a la educación religiosa, pero en el fondo, lo que sucede es que ni los propios católicos queremos despertarnos de nuestra dictadura del confort para dar testimonio verdadero y consecuente de nuestra fe. Preferimos la molicie y la inoperancia al esfuerzo.
Casos concretos de lo expuesto es que en la mayoría de colegios la religión es una anécdota, y Dios una palabra. Incluso el Grupo S.M., sacerdotes (pensábamos que católicos) marianistas, se permite el lujo de aconsejar sexualmente a los niños y jóvenes que sean inexpertos en la materia, con textos aberrantes y escandalosos, que conducen a pensar que se trate más de una editorial pornográfica que de una dedicada a la educación. ¿Cuál será el próximo libro que editen? ¿El de Educación para la ciudadanía o para la sexualidad?
Desde aquí mostramos nuestra más profunda repulsa y rechazo a esta iniciativa, llamando al boicot a los católicos para que no compren ningún producto de esta editorial por semejante escándalo”

Así anda el patio. Pero volvamos a la familia. Ante las presiones, el Ministerio retiró la formulación de la pregunta y la sustituyó por otra todavía más neutral: “La familia en el marco de la Constitución Española”. Esto es el mínimo que se debe saber, pero, precisamente porque la familia es una institución de trascendental importancia, en mi libro hablo mucho más de ella, de sus posibilidades, de sus problemas, de sus derechos, de sus deberes, de sus tipos. ¿Estoy hablando entonces de la familia homosexual? No. Esto merece una explicación porque, sometido a todo tipo de fuegos cruzados, los colectivos gays pueden criticarme que no lo haya hecho. Aquí está la explicación:
Lo que la ley española ha admitido es el “matrimonio homosexual”. Pero la institución matrimonial es diferente a la institución familiar. La familia en estricto sentido comienza con la llegada de los hijos. Me remito a George Peter Murdock, una autoridad reconocida. En las 250 sociedades que investigó encontró que la familia cumplía cuatro funciones: sexual, económica, reproductiva y educativa. La definición que dio de familia se ha hecho ya clásica: “Familia es un grupo social caracterizado por residencia comunitaria, cooperación económica y reproducción. Incluye adultos de ambos sexos, dos de los cuales, al menos, mantienen una relación sexual socialmente legitimada”. Distingue entre familia y matrimonio. El matrimonio trata de la regulación de las relaciones sexuales entre adultos, como define Murdock: “Matrimonio es un conjunto de costumbres sociales institucionalizadas  en torno a la relación  de una pareja de adultos sexualmente asociados” ( Murdock, G.P.: Social Structura, MacMillan, Nueva York, 1949, p.1). De hecho, una de las funciones principales de la institución matrimonial era la “legitimación de la progenie”, más que para legitimar la relación sexual.  Claude Levi-Strauss dice algo parecido : "Tras haber sostenido durante cincuenta años que la familia, tal y como la conocemos en las sociedades moderna, era la consecuencia reciente de una evolución lenta y prolongada, los antropólogos actuales se inclinan hacia la convicción contraria, es decir, hacia la idea de que la familia, constituida por una unión más o menos duradera y aprobada de un hombre, una mujer y los hijos (as) de ambos, es un fenómeno universal que se halla presente en todos y cada uno de los tipos de sociedad” (Polémica sobre el origen y la universalidad de la familia,  Anagrama,. Barcelona, 1974, p.9).

Hasta donde llego, el derecho español no define la familia. Creo que da por hecho que la institución “matrimonial” está orientada en la descendencia y por eso no se preocupa de distinguir entre “matrimonio” y “familia”. En este momento me parece importante hacerlo, porque se trata de dos relaciones intrínsecamente diferentes. El matrimonio es un contrato entre personas adultas que sólo afecta a ellos. La familia no es un contrato, y en esa relación hay que defender los derechos del matrimonio, pero también de los hijos. Por todas estas razones creo que un matrimonio, sin más, -sea heterosexual o homosexual- no forma una familia. Para ser más quisquilloso todavía: ¿Y un matrimonio de homosexuales que adopte un niño? Aquí sirve lo que la ley dice acerca de la adopción en general: es una ficción jurídica que trata de beneficiar al niño, obligándole a que se le trate como un hijo verdadero. En ese sentido, podría considerarse una familia en  beneficio del niño, pero como ficción jurídica. Sobre este tema ha publicado un interesante estudio la profesora Maria de la Válgoma: "La ficción jurídica o por qué el derecho miente tanto".

Durante los últimos años he estudiado este tema. La familia y la educación han sido dos de los temas que más me han preocupado. Entiendo que este es un tema que interesa a mucha gente. Dejo aquí, una conferencia titulada "La Familia: un modelo para armar" que di en el II Congreso sobre la familia en el año 2004, y un extenso artículo llamado "Familia y Educación" que se incluyó en el libro "La familia en el proceso educativo" editado por la Fundación Acción Familiar


jam @ 12:56


9 abril 2007


Varias personas, entre ellas el equipo editorial de SM, han leído atentamente el manuscrito. Su opinión es muy valiosa para mí, porque me permite comprobar si he expuesto las cosas con claridad,  o si  se me ha escapado algún gazapo. Recuerdo que cuando María de la Válgoma y yo escribimos "La lucha por la dignidad" coleccionamos a través de internet cerca de 130 constituciones. Una de ellas nos parecía preciosa.  The Constitution of Oceania. Comenzaba diciendo: “Nosotros, los fundadores de Oceanía, no creemos en la eficacia de la fuerza. Como el pacífico delfín, creemos que sólo debe ser usada en defensa propia. Rechazamos todo gobierno que imite a los tiburones, usando la fuerza y el engaño para aprovecharse de la riqueza y el trabajo de los ciudadanos. Oceanía es fundada en el principio de que solo la verdadera y apropiada function del gobierno es la de proteger a los ciudadanos de la fuerza y el engaño. Este gobierno tiene el deber de proporcionar esta protección".  Estábamos tan impresionados por esta constitución, que habíamos pensado dedicarla un comentario en nuestro libro. Afortunadamente, antes de hacerlo nos preguntábamos donde demonios estaba esa nación. No existe. Es un país ficticio inventado por una Asociación de Naciones Libres, que pretendía ponerla como ejemplo de lo que podía ser el mundo. Nos salvamos por los pelos y, desde entonces, procuro mirar con lupa toda la información que utilizo. Pues bien, uno de mis lectores me ha preguntado por qué había reducido las virtudes del “buen ciudadano” a tres: responsabilidad, justicia y solidaridad.
El tema de las virtudes me interesa mucho. Son hábitos que nos capacitan para realizar ciertas actividades excelentemente. Por ejemplo, un buen jugador de baloncesto debe tener agilidad, precisión, visión de la jugada, entendimiento con sus compañeros, etc. Los filósofos antiguos creían que el científico no era el que poseía un conjunto de conocimientos científicos, sino quien tenía el hábito de pensar acertadamente en un dominio científico. ¿Qué eso implicaba saber muchas cosas? Sin duda, pero la ciencia no se reducía a eso. Un buen juez, por ejemplo, no es el que se sabe a la perfección todo el código y toda la jurisprudencia, sino quien tiene el hábito de la justicia y la prudencia para aplicar en cada caso la ley oportuna y de la forma correcta.

La virtud no es un hábito mecánico, sino una capacidad creadora. Sólo quien la posee puede hacer progresar el campo de aplicación. El buen escritor inventa cosas nuevas, no se limita a repetir las anteriores. Por esta razón, el sabio Aristóteles, al preguntarse ¿qué es lo bueno?, respondía: “Lo que considera como tal un hombre bueno”.  Esto parece una “petición de principio”, porque previamente tendríamos que definir quién es bueno, es decir, tendríamos que hacer intervenir un principio objetivo. Las dos cosas son verdad. Una persona, un juez, un escritor, se hace “bueno” en lo suyo, aprendiendo de modelos objetivos, criticándolos, aguzando su juicio, poniendo a prueba su criterio, refinando su sensibilidad, adquiriendo pericia. Cuando hablamos de la “experiencia” como fuente de conocimiento, nos estamos refiriendo a este proceso. Tengo sobre la mesa dos libros muy interesantes: "The Philosophy of Expertise", de Evan Selinger y Robert P.Create (Columbia University Press, Nueva York, 2006) y "TheCambridge Handbook of expertise and Performance", editado por K.A.Eriscsson y otros (Cambridge University Press, Nueva York, 2006). Ambos tienen que responder a una pregunta inicial: ¿Quién es experto en algo? Los anglosajones describen una escala de pericia: novice, initiate,apprentice,journeyman, expert, master. Lo que caracteriza al experto es su juicio extraordinariamente acertado y fiable, reconocido como tal por sus colegas, su manera de resolver las cosas con una habilidad consumada y gran economía de esfuerzo, y que es capaz de lidiar con casos raros o especialmente difíciles. Todas estas destrezas las ha adquirido “through practice and education in a particular field”. Como decía también Aristóteles, el “experto en ética” no es el que sabe lo que es bueno, sino, además, el que hace lo bueno. Aparece aquí con claridad la doble tarea de la “educación para la ciudadanía”:

  1. El conocimiento de los valores objetivos, de las normas que los desarrollan y protegen, de su genealogía y fundamentación, de los comportamientos que exigen o recomiendan.
  2. La competencia subjetiva para comprenderlos, adaptarlos al caso concreto, reflexionar sobre ellos, y ponerlos en práctica. Estas son, específicamente, las “virtudes ciudadanas”.

La filosofía escolástica distinguió muy bien entre las “virtudes éticas, ciudadanas, laicas”, a las que llamo “cardinales” (palabra que no deriva de “carnal”, sino de “cardoinis”, pernio sobre el que gira una puerta), y las virtudes “teologales” que eran infundidas directamente por Dios. Las virtudes cardinales, herencia de la filosofía griega, son: prudencia, justicia, fortaleza y templanza. Las teologales: Fe, esperanza y caridad. Está claro que estas no pertenecen al contenido de la Educación para la ciudadanía. Hay otros repertorios de virtudes. Por ejemplo, Martin Seligman, que desde el campo de la psicología positiva encabeza un movimiento de recuperación de las virtudes, después de repasar las formulaciones de filósofos, maestros espirituales, o religiones de todo el mundo, encuentra universalmente las siguientes:

  • Sabiduría y conocimiento
  • Valentía (fortaleza)
  • Amor y humanidad
  • Justicia
  • Templanza
  • Espiritualidad y trascendencia.
     

En "Aprender a vivir"  mencioné 12 recursos necesarios para el buen carácter: (1) sentimiento de seguridad, (2) equilibrio afectivo, (3) sabiduría (4) fortaleza, (5)diligencia, (6) autonomía responsable, (7) creatividad, (8)alegría (9)sociabilidad, (10) compasión, (11)respeto, (12) sentido de la justicia. Thomas Lickona, uno de los más conocidos expertos en formación del carácter, las reduce a dos: responsabilidad y respeto.

Así las cosas, he preferido dar en el libro de texto una versión fundamental y simplificada, y reducir a tres las virtudes del buen ciudadano: responsabilidad (que implica conocimiento de lo que se hace y de las consecuencias, y las conductas adecuadas a los deberes propios), justicia (que implica el respeto a los demás) y solidaridad.  ¿No basta con la justicia? No. La solidaridad, el sentirse afectado por los problemas y el dolor de los demás, es más amplia que la justicia. Es la energía que va expandiendo los límites de la justicia. ¿Tengo algún deber de justicia con el emigrante que desembarca en las costas españolas? Lo ha hecho de forma ilegal, “no tenía derecho” a venir aquí, y es difícil que pueda argüir argumentos de justicia. Sin embargo,  más allá de la justicia me siento afectado por el sufrimiento de esas personas, implicado en su suerte. La justicia en sentido estricto no ayuda: da a cada uno lo que le corresponde. Las conductas de ayuda son otra cosa. Aumentan el radio de la acción justa. Hace años, Carol Gilligan opuso a la “ética de la justicia” la “ética del cuidado”. Ambas se complementan. La ética del cuidado amplía el campo de la justicia, de ahí que se reconozcan cada vez más derechos. Sin embargo, con frecuencia, cuando algo entra dentro del campo de la justicia se convierte sólo en fuente de reclamaciones, y se pierde el impulso original, que era la solidaridad. O dicho con otras palabras, la fraternidad, el amor, la caridad, o la compasión universal budista.

Al escribir "La lucha por la dignidad" Maria de la Válgoma y yo quedamos sorprendidos al comprobar que en todas las culturas la idea de “justicia” estaba relacionada con la idea de “compasión”, cosa que resulta contradictoria, puesto que si la justicia ha de ser imparcial y objetiva, no debe dejarse conmover por la piedad. Dura lex, sed lex. Sin embargo, los antiguos griegos afirmaban que la "epiekeía", la superación de la justicia estricta, y "oîktos", la consideración humanitaria, tenían que aplacar el rigor de la ley. El corifeo de "Los Heraclidas" dice que Atenas siempre quiere ayudar a los necesitados, en unión de la justicia. La justicia llegó a  ser entendida en Atenas como “ayuda al débil”. Por su parte, los juristas romanos inventaron el término de humanitas, y lo relacionaron con la compasión y con la dignidad humana. Como escribe Schultz, autor de un bellísimo libro sobre derecho romano, “Con la nueva palabra se quiere dar expresión al sentimiento de dignidad y de sublimidad que son propios de la persona humana y la sitúan por encima de todas las demás criaturas de este mundo. Este singular valor de la persona humana obliga al hombre a construir su propia personalidad, a educarse, pero también a respetar y favorecer el desarrollo de la personalidad ajena. Quien siente estos deberes y lo prueba con los hechos no sólo se llama hombre, sino que lo es, es humanus”.
 

Aunque, evidentemente, podría ampliarlas, mantendré el “triangulo virtuoso del buen ciudadano”: responsable, justo y solidario.


jam @ 11:30


10 abril 2007


He participado en unas Jornadas sobre “maltrato a mujeres” organizadas por la Central Sindical Independiente y de Funcionarios. Una vez más, todo el mundo está de acuerdo en que la educación tiene un importante papel que cumplir en la solución de este problema y, por supuesto,  la EpC. Esto parece tan evidente que a veces pienso que es una pérdida de tiempo intentar dar argumentos para justificarlo. Lo intentaré una vez más:

Tesis en contra de la EpC: el Estado no puede pretender educar la conciencia moral de los alumnos.

Silogismo que se sigue: enseñar que el maltrato a las mujeres está mal forma parte de la educación de la conciencia moral de los alumnos, luego el Estado no puede decir que en las escuelas se enseñe que maltratar a las mujeres es moralmente malo.
 
Esto no tiene ni pies ni cabeza.


jam @ 12:25


13 abril 2007


He dejado unos días el tema EpC y he vuelto a la placidez de los estudios neurológicos. La semana próxima comienzo un miniciclo de cuatro conferencias en la Fundación March de Madrid, sobre "El cerebro que aprende" . Estará dividido en dos partes:

  1. Cómo el cerebro determina la personalidad.
  2. Cómo la personalidad puede determinar el cerebro.

En efecto, estamos dotados de un mecanismo de doble acción. Nuestra fisiología determina nuestro temperamento y, a partir de él, una parte de nuestro carácter, que a su vez determina una parte de nuestra personalidad. En este proceso se van integrando elementos nuevos, que flexibilizan y contrarrestan el determinismo genético. El carácter es el resultado de un “temperamento que aprende”, y la personalidad es el resultado de “un carácter que elige”. Hay tres niveles en la personalidad de cada individuo: la personalidad recibida (temperamento), la personalidad aprendida (carácter), y la personalidad elegida.
 
Pues tengo que referirme a EpC, porque he incluido este esquema en la Unidad  7, y  porque me parece importante que en un momento de grandes decisiones, como es la adolescencia, tengan claro que tal vez no se puedan cambiar las cartas (genéticas) pero se puede aprender a jugar bien con ellas.

Al revisar los últimos progresos en neurología, por ejemplo, las 1383 páginas del mamotrético pero estupendo "The Cognitive Neurosciences", (MIT, 2004), dirigido por mi admirado Michael Gazzaniga, con quien participé en un curso en el Foro de Barcelona hace un par de años, encuentro que uno de los cambios más importante del último decenio es la aparición de una nueva ciencia: la neurociencia social. Rof Carballo lo repitió durante años: las relaciones sociales –lo que llamaba “la urdimbre afectiva”- influye en la configuración cerebral. Shore, más  recientemente, ha estudiado como alrededor de los 16 meses se están estableciendo las conexiones neuronales entre el lóbulo frontal (el centro de las decisiones) y el lóbulo límbico (sede de las emociones)

Lo que la neurociencia social dice es que la inteligencia individual no es una facultad autónoma, sino socialmente vinculada. Esta es la tesis primera de la EpC: somos seres socialmente vinculados, y debemos aprender a ajustar nuestra autonomía con nuestra vinculación.  Jean Piaget explicó hace medio siglo el desarrollo de la inteligencia como un proceso continuo:

  1. Equilibrio: estamos en una situación confortable, no conflictiva
  2. Desequilibrio: pero, aprace un problema, un conflicto, o una amenaza
  3. Reequilibración: volvemos a buscar y a encontrar el equilibrio, pero en un nivel superior.

Así explica el nacimiento del pensamiento, del razonamiento, de la ciencia. De manera análoga puede explicarse el progreso ético. Una situación aceptable queda rota por un conflicto, y la inteligencia humana se esfuerza en inventar instituciones, normas, legislaciones o sentimientos que ayuden a recuperar el equilibrio (así se va elaborando la ética). Lo único que tengo que añadir es que no es necesario que la situación, con sus problemas y sus conflictos, desequilibre nuestro estado, sino que el ser humano es esencialmente desequilibrante, anticipa cosas, proyecta novedades, no puede parar quieto. El ímpetu inventivo le hace oscilar entre dos extremos: la comodidad (equilibrio) que le  parece necesario, pero acaba aburriéndole y buscando la excitación. La excitación le llena de ansiedad y entonces busca el equilibrio. O sea, que si se descuida pasa la mitad de la vida aburrido y la otra mitad angustiado. También este asunto lo hemos tratado en EpC.

La Unidad 7 trata de psicología. En todos mis libros, por ejemplo en "Anatomia del miedo", distingo entre psicología y ética. La ética está más allá de la psicología, de la misma manera que lo está la matemática. Retomo así, de forma más concreta, una distinción que habían hecho ya Zubiri y Aranguren. Hay una “moral como estructura”, que es la propia índole del ser humano, que tiene que elegir un modo de vida; y una “moral como contenido” que es el modo concreto como se articula un modelo de personalidad, de conducta y de sociedad.

Está visto que, aunque este estudiando neurología, acabo en EpC. Voy a buscar un arúspice para que me diga lo que esto significa, si es que significa algo.


jam @ 13:02


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